TORRE DE BABEL DE IDEOLOGIA

Ricardo Valenzuela

 

Durante mi último año de la preparatoria en mi ciudad natal de Hermosillo, Sonora, a mis 16 años, me enfrentaba a un dilema. Por desconocido motivo me sedujera la ciencia económica en una charla de orientación para decidir nuestros estudios profesionales, al comentarle a mi padre decidía estudiar esa materia en el Tec. De Monterrey. Mi padre casi espantado me diría. Un título de economía de la única universidad “conservadora” del país, te cerrarán todas las puertas de este México mercantilista. Pero, con mi conocida terquedad, decidía no abandonar mi idea y me graduaba en dos campos, economía y negocios. 

Y cuando en mi último semestre, por la gracia de Dios tuviera la fortuna de, en un mágico evento de mi vida, conocer a ese gran hombre Don Eugenio Garza Sada, al campo de mis ideas económicas le caía una semilla que iniciaba su germinación. Pero, más importante, esa cosecha se convertía en el fruto de la verdadera libertad económica y, una paradoja, aportaría a mis nuevos cimientos mi padre quien, en los años 30, había sido alumno de Hayek en el London School of Economics y, precisamente, al conocer la economía libre, fuera quien me alertara del sistema mexicano como su gran enemigo.

 Y en medio de este hostil desierto donde esa economía libre era solo recuerdos, con más fuerza me atrapaba el deseo de profundizar mi conocimiento de ya más de 30 años. Esta cruzada me ha surtido infinidad de experiencias y consecuencias. Pero, una de las más importantes, fue entender la eterna frustración de mi padre al alertarme de lo que a él le había sucedido. Porque con estas ideas probadas y comprobadas, ya habían dejado de existir de la forma en que se me habían develado impregnadas de lógica, la razón y la verdad. Porque no solo hablo de un sistema económico, sino un conjunto de factores que deben acudir. 

Y fue cuando la advertencia de mi padre se hacía realidad y, por primera vez, entendía su eterna frustración. Él había partido a Europa a los 12 años y regresaba a sus 24 con título de abogado, especialización en administración pública y economía, a un México que él no conocía, que nunca llegaría a entender y mucho menos aceptar. Es la misma confusión que a mí me asalta en estos momentos, pero ante un panorama global porque, cuando se me devengara el México de confusiones, de valores deformados que no se conciliaban. Ahora veo ese panorama en EU. 

Y ante panorama tan amenazante, seguido, viene a mi mente la figura de uno de los grandes economistas de libertad, Hans Sennholz, un hombre que dedicara su carrera a estudiar el fenómeno que él llamaría el “principio de asignación.” Un principio básico en una sociedad cambiante donde ya no se honra, sino que se viola constantemente y lo vemos en la vieja definición de economía: “La asignación de recursos escasos para satisfacer necesidades crecientes.” Así vemos en la economía de EU casi un 90% de los recursos se asignan a partidas como pago de intereses, defensa y “servicios sociales.” Pero, ese no es el problema principal, sino los zopilotes del congreso pidiendo cada día más cavando el hoyo más profundo. 

Y los maestros del gran defensor de la economía real, Sennholz, vio que lo que había sobrevivido intacto en el sistema de Mises era muy poco. Rothbard regresaría a los principios aristotélicos de los derechos naturales. Lachmann y Kirzner habían situado el impredecible kantiano en el corazón de la reconstrucción empresarial de Mises, y los cristianos reconstructores habían sustituido la biblia por la Critique de Kant. Solo Hayek defendía la vieja fe kantiana, pero abandonaría o ignoraría mucho del legado de Mises. Y en el proceso el socialismo ya cubría al mundo. 

Aun así, Sennholz defendía el ataque de Mises a la planeación económica del socialismo, su teoría monetaria, su teoría de los ciclos del comercio, su defensa del libre comercio, su teoría de precios y emprendimiento, su hostilidad hacia el uso del poder estatal para redistribuir la riqueza. Pero surgían diferencias. Sennholz insistía en que el diablo fundamental en este infierno era la coercitiva y venenosa redistribución de riqueza. Era inmoral. Porque esa coerción siempre provoca ineficiencias económicas que también son inmorales. Y actos inmorales siempre tienen consecuencias devastadoras.  

El anarquista FA Harper siempre defendiendo su posición en términos de la inmoralidad de cada acción del Estado. En una ocasión le preguntaba a Mises si aceptaría la legitimidad del socialismo si demostraba ser más eficiente que el mercado. Mises tajante le respondía, “pero no es.” Harper lo presionaba y de nuevo le hacía la pregunta, y Mises respondía igual, “pero no es.” Así Harper concluía que Mises no estaba dispuesto a introducir cualquier cuestión de moralidad en sus ideas del mercado libre. Lo único que le importaba era la eficiencia económica, la habilidad de un sistema económico que permita al hombre actuar sin restricciones en el uso de sus activos. 

Mises afirmaba muy claro que pensaba lo que debía ser primordial en economía era: “la razón humana autónoma.” “Debemos hacer a un lado genuinos dogmas como creación, encarnación, porque no tienen conexión directa con los problemas de relaciones inter humanas. Pero muchos temas permanecen en relación con lo que muchas, probablemente todas, las iglesias cristianas no están preparadas para ceder al razonamiento secular, y a una evaluación desde el punto de vista de utilidad social. Porque Mises conocía bien la historia del concilio de Nicea. La gran intervención histórica de los mercados que, durante los últimos siglos, han sido la gran presa que se disputan tantos aspirantes a esas conquistas monopólicas. 

Así hemos llegado a este mundo de economías falsas donde los liderazgos de los países se pueden comprar y, si el dinero les falla, se recurre a otros medios para neutralizar esos eventos no planeados. Y aquel concepto de asignación de factores que fueran inteligentes, productivos, y hasta morales para sostener gobiernos frugales, pero siempre efectivos. Ahora, como lo vemos en Venezuela, las asignaciones viajaban a cuentas persónales de los rufianes, las de USAID a las cuentas de Soros, de Hillary Clinton, todo cubierto con ese velo de una inmoralidad que, por su descaro, es imposible de creer. Y, es cuando recuerdo a mi padre y pienso, tal vez de este infierno me quiso proteger.

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