Ricardo Valenzuela

A finales de los años 60, siendo estudiantes en el Tec. de Monterrey, dos amigos y yo alegremente nos dirigíamos a nuestra tierra a pasar las vacaciones de Navidad siguiendo en auto la ruta tradicional de siempre. De Monterrey a Laredo, Texas, para luego tomar la carretera que, a través de Texas, Nuevo México y Arizona, bordeaba la línea divisoria entre los dos países hasta llegar a Nogales y penetrar Sonora. Una jornada de 24 horas sin detenernos.
El primer día del viaje anochecía cuando llegamos a un pueblo de Texas. Allí decidíamos hacer una escala para cenar y escogimos un restaurant que nos pareció agradable. Tomamos una mesa y fue cuando nos dimos cuenta de un gran letrero que rezaba: “No se admite negros ni mexicanos”. Pero lejos de sentirnos ofendidos o temerosos nos provocaba una risa incontrolable. Mis dos compañeros, curiosamente, ambos cargaban el sobrenombre de “chino”. Uno de ellos riendo me dice: “No hay problema, tu pareces gringo y no dice nada de los chinos”. Ordenamos y luego de consumir la cena nos retiramos sin incidentes.
