Ricardo Valenzuela
Hace muchos años, casi por accidente tuve mi primer contacto con la historia de Arthur Schopenhauer, cuando, espulgando la biblioteca de mi padre, me encontraría cara a cara con ese filósofo que, al leer la primera página del libro que lo describiera, casi con pánico lo regresaría a su lugar sin entender que me había provocado esa extraña reacción. Pero, había algo que siempre me inquietaba y, años después, tendría otro encuentro más formal para identificar esa inquietud que no entendía.
Así conocería a uno de los seres humanos que más explosiones filosóficas, sociales, políticas había sido capaz de causar con sus obras y conductas en esa la que le tocara vivir. Un filósofo que se llegara a etiquetar desde un genio incomprendido, el pensador de asertividad molesta, hasta el gran promotor del pesimismo y negación de la felicidad, pero, sobre todo, el filósofo que no solo le diera justificación positiva a la soledad, sino que lo acompañara con argumentos, para algunos irrebatibles, para otras locuras insostenibles, porque era lo que él hubiera practicado toda su vida y mostraba sus resultados y recetas.




