Ricardo Valenzuela
Una de las grandes confusiones en mi niñez, era atestiguar, sin comprender, cómo el gobierno mexicano despojaba a mi abuelo materno, Manuel P Torres, del patrimonio que había construido durante tantos años de trabajo cuando, habiendo iniciado como un simple arriero, llegara a construir una operación ganadera admirada por muchos, pero, para políticos corruptos y demagogos, era el ejemplo, no del éxito de un emprendedor solitario, sino del odiado latifundista enemigo de la revolución. Pero nunca entendería que, sin haber hecho algo mal, lo agredieran para despojarlo.
Pero, me esperaba un largo camino para ver la realidad que, ya en mi adultez, claramente interpretaba como una y las peores condenas de la humanidad. Y ya como un economista graduado, darme cuenta era algo cobijado por lo que el gran Nitzsche bautizara como la Moral de los Esclavos. Y el paso de los años me lo confirmarían paso a paso. Así, en estos momentos, viendo destrozos de Venezuela y Cuba, me doy cuenta del avance de ese destructor virus, no solo permitido, sino promovido por fuerzas diabólicas fuera de control. Y, en esta etapa avanzada de mi vida, sentí la necesidad de profundizar en busca de sus causas.