Ricardo Valenzuela
Antes de que me enfrentaba a esa encrucijada de dos caminos tan diferentes, muy niño, cortesía de la compañera de mi abuelo, ya viudo, quien era gran admiradora de Pedro Infante, vi una de sus películas titulada, Ustedes los Ricos y Nosotros los Pobres, que me enviaría a un remolino de sentimientos, emociones y, sobre todo, grandes confusiones con ese mensaje de la cinta. Mi abuelo era rico, muy rico, pero era un hombre bueno que no cabía en el maligno molde de esa película. Era generoso, solidario, justo, de gran integridad. El era mi gran héroe y definitivamente no llenaba ese perfil.
Como estudiante del Tec de Monterrey, un amigo de Chihuahua con un perfil muy parecido al mío, de formación ranchera, seguido íbamos a un cine barato donde se exhibían esas películas mexicanas clásicas del campesino explotado por el cruel hacendado. En una ocasión, después de tres cintas revolucionarias con Tony Aguilar acompañadas de una botella de tequila que sin esfuerzo metíamos al cine. Al calor del tequila, dejábamos el lugar ambos listos para iniciar otra revolución contra hacendados explotadores. De repente mi amigo, abandonando tal estado, me dice: “Oiga chingón, su abuelo es el latifundista más grande de Sonora y el mío de Chihuahua, ¿qué chingados andamos haciendo de revolucionarios?”


