Ricardo Valenzuela
Durante mi último año de la preparatoria en mi ciudad natal de Hermosillo, Sonora, a mis 16 años, me enfrentaba a un dilema. Por desconocido motivo me sedujera la ciencia económica en una charla de orientación para decidir nuestros estudios profesionales, al comentarle a mi padre decidía estudiar esa materia en el Tec. De Monterrey. Mi padre casi espantado me diría. Un título de economía de la única universidad “conservadora” del país, te cerrarán todas las puertas de este México mercantilista. Pero, con mi conocida terquedad, decidía no abandonar mi idea y me graduaba en dos campos, economía y negocios.
Y cuando en mi último semestre, por la gracia de Dios tuviera la fortuna de, en un mágico evento de mi vida, conocer a ese gran hombre Don Eugenio Garza Sada, al campo de mis ideas económicas le caía una semilla que iniciaba su germinación. Pero, más importante, esa cosecha se convertía en el fruto de la verdadera libertad económica y, una paradoja, aportaría a mis nuevos cimientos mi padre quien, en los años 30, había sido alumno de Hayek en el London School of Economics y, precisamente, al conocer la economía libre, fuera quien me alertara del sistema mexicano como su gran enemigo.






