Ricardo Valenzuela
Uno de mis profesores de economía en el Tec de Monterrey, a diario nos repetía y dibujaba un interesante esquema. Nos afirmaba que la economía era como una de esas redes que se utilizan en los circos para proteger a los trapecistas de posibles caídas. Y, cuando alguien mueve uno de sus hilos, la red entera se mueve, pero, sobre todo, aquella fuerza que movía el primer hilo, en el movimiento de la red siempre multiplicaba su potencia.
La prosperidad que identificara los primeros 18 siglos de la era cristiana representada por tenebrosos números, indicando había permanecido estática. Sin embargo, en el siglo 19 esos factores explotarían creando, en esos cien años, más riqueza y prosperidad que en los 1,800 anteriores. Y solo un ejemplo. El ingreso per cápita en Inglaterra, durante los últimos mil años permanencia estático equivalente a unos $1,000 anuales. Pero, a finales del siglo 19, ese número se ubicaría en unos $8,000 dólares anuales. Un comportamiento admirable aún en el siglo que Marx publicara su Manifiesto Comunismo.
Y la explicación era algo, a la vez, sencillo y complicado. El siglo 19 fue el de la revolución industrial que le diera una nueva fisonomía al mundo occidental. Pero ese fenómeno había sido posible por el surgimiento de hombres como Adam Smith, John Locke, Richard Cobbden y John Bright, John Stuart Mill, Herbert Spencer en Inglaterra, Frédéric Bastiat, Benjamin Constant en Francia, Carl Menger en Austria y muchos otros que le dieran vida al concepto del “liberalismo original” y con él a la economía libre. Una corriente que nacía como protesta contra monarcas y aristócratas que vivían de la labor de la gente.


