Ricardo Valenzuela
En el largo y penoso camino que la humanidad tuvo que transitar para abandonar el control de la monolítica iglesia y sus pesadas cadenas, tan potentes como los mandamientos que se le instalaran hace tantos siglos y, sobre todo, la amenaza ante el incumplimiento de sus reglas, se iniciaba un periodo que su etiqueta lo describiría con claridad, renacimiento. Una nueva era donde la gente se atrevería a mirar hacia otros lugares que desde el inicio de la historia, no le fuera permitido, hacia la liberación.
Y en ese entorno surgía René Descartes, un filósofo matemático considerado padre de la geometría analítica y la filosofía moderna, así como uno de los protagonistas con luz propia en el umbral de la revolución científica. Un hombre de cuna noble que, dirigido por su padre, recibiría una educación superior hasta terminar recibiendo el título de abogado. Sin embargo, su inquieta mente constantemente lo dirigía a mantener una serie de dudas sin resolver. En sus inquietudes identificaba la filosofía como un edificio que se había construido con cimientos arenosos donde nada se comprobaba.
