Ricardo Valenzuela

El haber detenido la escritura de mi historia en aquellos años 90, me ha redituado de diferentes formas. En estos 30 años, no solo el mundo ha cambiado de forma difícil de explicar y de entender, yo mismo he cambiado y, sobre todo, en este periodo de tiempo, he vivido otro cambio mucho más importante. Ha cambiado totalmente mi forma de analizar y entender un mundo en el que, a partir de la aparición de Jesus de Nazaret, se iniciaría el enfrentamiento de poderosas fuerzas que se han disputado y continúan disputándose el control total de la humanidad en diferentes etapas de la historia, modificando sus estrategias para lograrlo.
En ese proceso me di cuenta de algo verdaderamente amenazador. La gente alrededor del mundo había estado ya totalmente dominada por las fuerzas que se habían disputado ese jugoso premio, pero hacía tiempo que habían logrado someterla y, con pasos silenciosos, estaban por ejecutar la consagración de su intención centenaria. Sin persecuciones, guerras, ni fieras inquisiciones, la gente era ya víctima sin darse cuenta.
En las culturas ancestrales, era muy común el tener a su servicio eunucos. Los eunucos eran esclavos que se castraban y no fueran amenazantes en una corte real donde debian vigilar el harem del gobernante. Se les castraba desde muy jóvenes para restarles la vitalidad y nunca tuvieran esa agresiva atracción por las mujeres, y con ello les expropiaban características del hombre con testosterona como rebeldía, agresividad, la violencia. Es decir, iniciaban siendo hombres completos, hasta convertirlos en robots totalmente entregado a servir a su amo, llegando a los extremos ser juguetes sexuales para los más depravados.

