Ricardo Valenzuela
Hace meses llegaba a Los Ángeles donde un viejo amigo me recibía en el aeropuerto y aprovecharíamos el transitar hacia mi hotel para lo que ahora llamo, calentar los motores. Porque, California siempre había sido para mi algo especial. Al graduarme en el Tec de Monterrey, había vivido en San Francisco una buena temporada en la era de los hippies, pero, especialmente me ligaba el haber recibido un entrenamiento con el Bank of America durante dos años recorriendo todo el estado. Aquella había sido la época hermosa de California que tanto disfrutara, pero, me daría cuenta, ya no existía.
Al ir transitando veo una columna de humo que se desplazaba por la calle donde una masa de gente protestaba, e incitando a la violencia al blandir banderas de otros países. Y no era la escena de una batalla distante, sino en la avenida Alameda en el centro de Los Ángeles. Una desafiante multitud donde pude identificar las banderas de Mexico, El Salvador, Honduras y, sobre todo, varias de Palestina, confrontando una línea de oficiales de la ley locales y federales. Al ver mi extrañeza, mi amigo sonriendo me dice, que no te extrañe, esta misma escena se ha estado repitiendo por todo el estado y otros del país. Y prosigue, son grupos de activistas organizados y pagados enfrentando, no solo a la crema y nata de oficiales estadounidenses llamados para enforzar las leyes migratorias, sino, al mismo sistema americano de ley y orden que ha sido ejemplar, neutralizado ante colores extranjeros para fines políticos personales.
