Ricardo Valenzuela
Hay veces en la vida que, como el poderoso rayo de una tormenta en la media noche nos hace despertar de un profundo sueño, saltar de la cama, no provocado por lo que se pudiera ligar a cierto peligro, sino por algo más especial y darnos cuenta de que, aun ante lo que parecen esas infernales conductas de la naturaleza, nos presenta la oportunidad para que, con una visión especial, podamos apreciar la belleza que nos ofrece, nos invada una calma desconocida y nos impulsa a salir para que la lluvia nos acaricie el rostro.
Hace unos días tuve una experiencia como esa que necesité meditar para realmente apreciarla. Yo aceptaba, casi a regañadientes, participar en una reunión cibernética organizada por un amigo respetado y admirado y, después de establecer la conexión, casi como un culto secreto, sin presentación o identificación de los que asistíamos, el anfitrión hace la presentación del primer expositor.
Esta charla estaría a cargo de un hombre llamado, John Davis, un individuo que a primera vista no impresionaría. Un tipo totalmente calvo que yo adivinaba con algunas libras de exceso, de barba muy poblada casi con apariencia de Santa Claus. De inmediato se identificaba como católico en rehabilitación. Al ir avanzando su charla, yo me di cuenta de que era un verdadero experto en religión. Lo que este hombre exponía, no solo me impactaba, provocaba que el nivel de mi atención explotara como pocas veces. Con gran respeto hablaba de otras religiones e inclusive, con admiración por el hinduismo y particularmente del famoso Yogananda.

