Ricardo Valenzuela

Trump llegaba a la presidencia de EU el 2017 ante la sorpresa mundial, sobre todo, al haber derrotado a Hillary Clinton, candidata de la fuerza política más grande y corrupta que el país habría conocido desde su nacimiento. Y algo que surgía para la confusión, fue que Trump no era político, que tal vez eso fuera una bendición. Era el clásico emprendedor que debía construir proyectos que contuvieran los elementos que les dieran valor, y convertir ese valor en creación de riqueza frente a un juez estricto e infalible, el mercado.
Y habiendo desarrollado ese oficio durante toda su vida, tenía claro que, en ese campo de batalla, el mercado, acudía un elemento verdaderamente destructivo, los gobiernos que, como los definiera Paine, “en su mejor versión son un mal necesario, pero, en la peor, una fuerza destructiva”. Porque en su trayectoria los gobiernos han invadido actividades que, de acuerdo con el mandato constitucional, no les correspondían, lo que los ubicaría en el trono de ese poder ilegítimo arrebatado a la sociedad. Y, para controlar los terrenos conquistados, necesitaban flujos gigantescos de dinero.
















