Ricardo Valenzuela

El haber acudido al paquete de información con los descubrimientos de Jacobo Grinberg hace unas semanas, al afirmar que me habían cimbrado, fue una pequeña explosión que ahora se ha convertido en otra de categoría atómica que, con el pasar de los dias dedicados a su lectura, me provoca una mezcla de sentimientos que, como una potente avalancha, ahora hasta mis sueños ha penetrado. En estos días me di cuenta de que ambos, en cierto momento, habíamos decidido investigar el infinito potencial del cerebro humano, pero, con la gran diferencia que él era un científico genio y yo un simple aficionado.
Y al avanzar en mi revisión con una claridad casi celestial, veo lo que Jacobo había logrado y entiendo su misteriosa desaparición. Porque, él no solo había señalado ese poder infinito que Jesús nos insistía, moraba en nuestro interior, veo que Jacobo había continuado lo que Jesús, por su prematura desaparición, dejaría incompleto y este hombre lo llevaría a niveles verdaderamente increíbles. Pues Jacobo, 2,000 años después, armado con los adelantos de la ciencia que él dominaba, mezclaba sus tareas con los poderes de chamanes que la gente superficial siempre los ha considerado solo brujerías.