Ricardo Valenzuela
Durante el siglo IV de nuestra era, se celebraba el Concilio de Nicea en donde naciera la iglesia cristiana a la medida del emperador Constantino. Allí se habían enfrentado dos corrientes del cristianismo y la que fuera favorecida, se convertía en base de la nueva iglesia católica. La corriente perdedora durante los siglos siguientes sería perseguida hasta que, según sus verdugos, había sido totalmente destruida. En esa misma convocatoria, se definirían las herramientas de la iglesia para su control pretoriano de la humanidad, el mandato del emperador.
Sin embargo, muy pocos conocen otra convocatoria similar que tuviera, tal vez, una importancia superior a la que le había dado vida en el siglo IV. El Concilio de Trento en el siglo XVI. Y afirmo su gran importancia porque, ante el desgajamiento de la iglesia, cortesia de hombres como Lutero, Calvin en la Europa continental y, sobre todo, Enrique VIII, del imperio británico, la iglesia había perdido su hegemonía en gran parte de Europa y algo debían hacer. Después de los 18 años de la duración del concilio, finalmente emergía, no una reforma inteligente, sino nuevas formas de control más tirantico y verdaderamente cruel.
Y mostrando su miopía, la iglesia fortalecida ratificaba el concepto de rebaño para arreciar sus controles y así emergía la Sagrada Inquisición con sus temidos tribunales. Porque sabía que la debilidad de la bestia de su rebaño abonaba a esa moral semejante a la que surge de la debilidad del decadente, se comprenden y se unen. En la bestia del rebaño los rasgos enfermizos estaban ausentes, un valor inapreciable, pero como el rebaño era inepto, necesitaba un pastor y la iglesia refaccionada con nuevas armas lo surtía con una legión de sacerdotes por el mundo. Un par de siglos después, se tendrían que enfrentar a dos demonios que la cimbrarían, Nietzsche, Schopenhowar.
Pasaba a consolidar y fortificar la estructura de los valores aplicados durante mil años, lo que incluía, como consecuencia, ese odio provocado contra los privilegiados. Era ya una rebelión de los furiosos, los fracasados, contra los bellos, orgullosos, triunfadores, felices. Pero con sus programas de vacunas no encontraban mérito del triunfador, sentían ese peligro era infinito, se justificaba temblar y sufrir ese malestar, la naturaleza era mala, lo recto era enemigo de la naturaleza. Contra la razón, lo contranatural era superior. Así, los sacerdotes explotarían ese estado de ánimo para fácilmente atraer a los sufridos. Dios amaría mas al pecador que al justo. El paganismo utilizando la culpa para destruir la armonía de las almas.
Surgía con más fuerza el odio de los mediocres contra los triunfadores, los independientes, los que navegan sin miedos hasta las inexploradas lejanías de los mares. Se reforzaba con especial potencia odio al egoísmo que, según ellos, el único valor que contenía era solo al joder a otros, no había moral en ese deseo diabólico de ganar, de sobresalir. Pasaban a fortalecer el falso concepto de la afirmación todos somos iguales. El ataque contra la competencia, el deseo de mejorar y distinguirse. Odio contra los grandes en general, agresión contra los exitosos, los sectarios, los espíritus libres, los seguros y escépticos. Contra la filosofía, el instrumento e instinto de investigar, de buscar la verdad, la verdadera esencia de la moral.
Y pasaban a complementar sus condenas estableciendo lo que se debía admirar y emular. Lo apacible, lo justo, sobrio, modesto, respetuoso, delicado, casto, honesto, fiel, creyente, recto, confiado, resignado, piadoso, servicial, sencillo, dulce, generoso, obediente, desinteresado, sin envidia. Pero era muy importante distinguir hasta qué punto esas cualidades siempre han sido condicionadas y utilizadas solamente como medios ajenos para poder ejecutar una voluntad y lograr un determinado fin, frecuentemente, un mal fin. O tal vez consecuencia de una pasión dominante, o expresión de una necesidad u obligación.
Es decir, no se les considera buenas conductas por sí mismas, sino conforme a la medida de la sociedad-rebaño, solo son estrategias fingidas y utilizadas para logar ciertos fines, algo “necesario” para sobrevivir, avanzar, consecuencia del verdadero sentido de rebaño del individuo que se encuentra al servicio de un instinto que, seguido, es diferente a la condición de una verdadera y admirable virtud. Porque en sus relaciones con otros, el rebaño siempre es fingido, egoísta, despiadado, rencoroso, inmoral, acomplejado y tirantico. En ese hombre “bueno” es en el cual se puede provocar antagonismo, y así pueda poseer las cualidades opuestas a los del rebaño.
Ese semihombre del rebaño es gran fenómeno cincelado, alérgico a la jerarquía, programado apunta siempre a favor de la igualdad porque siente solo no puede distinguirse. Ante ese hombre fuerte, independiente, aislado y solitario, autónomo, emocionalmente libre, le provoca envidia que fácilmente se torna en odio, hostilidad, injusticia, se siente menos pues no tiene la medida, indiscreto, impertinente, desconsiderado, falso, cobarde, despiadado, traicionero siempre ávido de venganza esperando la oportunidad.
Los sentimientos nobles que inspiran al hombre justo hacia el bien, benevolencia, justicia-en oposición a la tensión, al temor que se ha inoculado-son sus sentimientos de seguridad e igualdad personal merecida por logros no favores. El animal del rebaño magnifica, por consiguiente, la naturaleza de ese descerebrado rebaño, y siempre se siente a gusto siendo parte. Este juicio de bienestar se disfraza con bellas palabras falsas; así nace esa moral. Pero en el rebaño nada se puede considerar veraz. Solo los hombres grandes han creado un orden jerárquico más que una moral individualista. En el rebaño suele dominar ese sentido colectivista que lo distingue.
Y así llegamos a este siglo confundidos y, emanado desde Europa, el concepto individual se ha corrompido cuando lo describen en plurales. Y desgraciadamente todavía miramos hacia Europa buscando alternativas. Ese individuo con orgullo y dignidad, que opera en soledad sin espectadores, en Europa ya no existe, todos lo que los europeos obtienen es únicamente por medio de las masas. El individuo es la forma sencilla e inconsciente de la voluntad de poder por la libertad, tiene una urgencia para evitar cualquier dependencia o preponderancia de la sociedad, estado, iglesia, sindicato-el gran enemigo de la colectividad. Ese hombre que ha superado la moral tradicional, las debilidades humanas y las influencias de la sociedad religiosa, crea sus propios valores y se construye a si mismo.
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