Ricardo Valenzuela
“La gran tragedia que abate al individuo pobre, es la pobreza de sus aspiraciones. Para otros individuos, demagogia es el instrumento de su ambición.”
Adam Smith
Carl Jung fue el famoso psiquiatra que afirmaba la belleza de la soledad reside en la introspección, el autoconocimiento y el florecimiento del alma, para transformarla de ese vacío a un espacio sagrado para reconectar con uno mismo, encontrar claridad y cultivar ese amor celestial, un refugio para escuchar nuestra propia voz y redescubrir su esencia única donde soledad no es falta de compañía, sino la presencia plena de uno mismo. Con ello iniciaba una larga defensa de lo que algunos califican de locura, de extravíos, la temida soledad.
Y curiosamente lo hacía cuando Schopenhauer afirmaba. “El hombre era un animal carnívoro que, a través de la sociedad, han intentado convertirlo en herbívoro.” Es decir, desde el nacimiento de la sociedad buscando protección contra agresiones bárbaras, se iniciaría un abusivo proceso en contra de su libertad, de parte de fuerzas que siempre han tratado, con diferentes disfraces, lograr su control total. Pero, ambos identificaban la más potente respuesta que surgiría, no con la organización de su defensa, sino en la potencia del individuo solitario.
Pero, en ese campo de perpetua batalla, sería Jung quien iniciara una larga defensa de ese incomprendido y agredido fenómeno que se le colgara etiqueta de locura, el individuo que decidía vivir en soledad. Ese hombre que se apartaba de las masas porque, lejos de la generalidad, a él le molestaban y las despreciaba. Y de nuevo surgiría Schopenhauer para darle la razón; “Los grandes hombres son como las águilas reales, siempre construyen sus nidos en las grandes alturas de la soledad.” Pero no lo liberaban de que la gente los etiquetara de locos.
Sin embargo, Jung lo defendía pues, para él, eran muy hombres lejanos de la locura que los etiquetaran. Eran esos hombres que habían evolucionado y se convertían en graves atentados. Porque eran hombres que habían adquirido la capacidad de vivir sin lo que la mayoría requería, la aprobación de esa sociedad que ellos consideraban superficial, para convertirse en arquitectos de su propio destino. Hombres que rechazaban los patrones colectivos que aprisionaban a la mayoría. Ese hombre que había construido su propio sistema y no lo limitaban los acuerdos sociales. Eso le surtía la libertad para trascender con sus propios valores.
Ese hombre solitario que no aceptaría marchar al ritmo de las masas, demostrando que se puede vivir lejos de esa colectividad. Jung lo había vivido como experiencia personal, pues, en su soledad, produciría la grandiosidad de sus ideas que cimbrarían al mundo. Ideas transformadoras, no solo en psiquiatría, sino también en filosofía, epistemología, política, metafísica, ética y moralidad, para fundar la psicología analítica.
Afirmaba que el hombre solitario, lejos de lo que se pensaba, no era un extraviado, era solamente alguien que lograba romper las cadenas que a todos habían aprisionado. Alguien que encontrara la capacidad para ver lo otros jamás verían. Y, en esa soledad, había desarrollado algo que el 99% de la gente desconoce, su propio YO. Ese hombre que, como Jesús lo decretara, su soledad lo había llevado finalmente a conectar con esa divinidad lograda solo en su individualidad. El reino celestial en nuestro interior.
Jung agresivamente criticaba la socialización forzada de la gente. Porque todos temen a la soledad y prefieren el cobijo falso de la colectividad. Por eso él había logrado su inmunización del pensamiento colectivo que solo exige esa superficialidad, pero a él su novedosa vacuna lo liberaría de ese mal, esa dependencia del grupo que controla sus conductas para ser aprobado. En soledad había logrado su desconexión natural del ruido de las masas. El poder para autorregularse, su coherencia interna y no le importaría el ser excluido y mucho menos ser criticado.
Solamente la soledad le había proporcionado el valor para llevar a cabo ese viaje a su interior, que aconsejaban a los atrevidos ir armados hasta los dientes. Solo así enfrentaría sus propias sombras que todo mundo ha camuflajeado para ignorarlas. El hombre, en su soledad no puede escapar de sí mismo, pasa a purificar su alma para así buscar ese reino interior, pero ya listo, no como un misticismo, sino con una elevada conciencia cuántica que se había olvidado. Y al haberse atrevido lo transformaría y encontraba su verdadero potencial interior ignorado.
Solo en soledad se puede ver una humanidad tan superficial en donde todos fingen un papel. Una humanidad vacía que nos está llevando al verdadero apocalipsis. Una sociedad que ha decidido aceptar la mediocridad porque nunca ha logrado su soberanía moral, espiritual, mental y vale más el malo conocido que atreverse a ser celestial sin garantía. El solitario con esa soberanía es el que adquiere ese poder señalado por Jesús, no esos que sus logros son aparecer en los diarios, en alguna pantomima, pero, con aprobación de la colectividad, la foto tan demandada y muchos lights en las redes.
El hombre solitario y soberano sabe que la soledad le habría entregado tanto, por eso su integridad intelectual, moral, profesional, tiene un valor superior a su exclusión o su crítica, porque no le interesa ser parte de una sociedad de fantasía, que todos esos aplausos falsos y programados, que esas medallas de latón. Sus valores son más importantes que las ganancias artificiales de Wall Street, que las fotos en revistas changarreras. Porque él había aprendido a colar esa arena y, solo después de eliminar la basura, el colado mostraría el oro de su conciencia elevada.
Ese hombre solitario que al escuchar este mensaje actuó y cambiaría su vida. “La humanidad explota con pasiones incontroladas, se agita con un dolor insoportable, es arrastrada por la ansiedad y la ignorancia. Solo ese hombre solitario y purificado, cuyos pensamientos están impregnados de sabiduría, puede lograr que los vientos y las tempestades del alma le obedezcan.”
“El mundo se estremece ante los embates de una fiera tempestad. En el océano de la vida, las islas donde reside el reino celestial te sonríen, las soleadas playas de tu ideal te esperan. Mantén firme la mano sobre el timón de tu pensamiento purificado. En la nave de tu alma mora el capitán que debe comandarla; está dormido; despiértalo. Autocontrol es fortaleza; pensamiento purificado es fuerza indomable; serenidad es poder.”
Tal vez por eso Sócrates afirmaba: “quien no quiera vivir en soledad, debe ser un Dios.”
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