¿DIA DEL JUICIO O TERCERA GUERRA MUNDIAL?

 

Ricardo Valenzuela

File:Paloma Cordero Nancy Reagan Mexico City 1985 earthquake.jpg -  Wikimedia Commons 

JOHN GAVIN Y NANCY REAGAN EN EL TERREMOTO DEL DF 

En estos momentos el mundo entero, cortesía de la aprehensión del criminal carnicero Nicolás Maduro, está enfrentando una realidad verdaderamente aterradora, pero, no solo por lo representa esa sociedad de las tiranías, vistiendo máscaras de marxismo, con el crimen organizado y su principal rama de negocios, el narcotráfico. Es un problema tan grave que, con ese mismo manto diabólico, también ya se ha cubierto a Mexico sin que la gente entienda el mortal peligro. Es tan grave que, con categoría de advertencia, siento la obligación de hablar de algo que he callado por mucho tiempo. 

A finales de los años 70, como director general de Banpacífico, llegaba a Guadalajara, donde se había establecido la matriz de nuestra operación. Por designios de algún destino, un par de meses después me encontraba en el privado de un elegante restaurante y tenía frente a mí a Miguel Félix Gallardo, el jefe de la Confederación integrada por los diferentes grupos de narcotraficantes operando en todo el país. Me encontraba con él a petición del gerente de una sucursal del banco donde él acababa de abrir sus cuentas. Días antes había cuestionado al gerente acerca de esa persona haciendo grandes depósitos.

Después me enteraría de que Félix Gallardo era quien había presionado al gerente para lograr la cita, que sería el inicio de un plan que él tenía en mente. Lo curioso del primer resultado de ese encuentro, fue que Félix Gallardo y yo nos habíamos caído bien e iniciamos una conexión interesante. El gerente, quien había vivido en Culiacán, me informaba, se trataba de “un pequeño gomero de aquella ciudad y solo quería hacer depósitos en el banco.” En aquellos días el narcotráfico no tenía la dimensión del presente, y la goma de Sinaloa era herencia de la Segunda Guerra Mundial que se usaba para fabricar morfina para los soldados heridos. 

Al final de la comida, ya en la etapa de los brandis, de repente me sorprendió al cambiar su actitud sobria por asertividad al decirme. Mira Ricardo, yo conozco todos los planes del grupo de ustedes, y pasaba a enlistarlos con impresionante precisión y estimaciones del capital necesario. Tu primo Arcadio no me conoce, pero yo si lo conozco a él, por favor dale un mensaje de mi parte. Si ustedes están de acuerdo, yo estoy dispuesto a financiar todos esos proyectos. Abandonaba el lugar pensativo e inquieto pensando, este es un juego desconocido pero real. Pero, pensaba que a este juego le faltaban piezas. 

Semanas después, en un vuelo de Hermosillo a la ciudad de México, mi compañero de asiento era Salomón Faz, un agricultor de Caborca y líder del grupo consentido de López Portillo que había bautizado como los Búfalos. En medio del vuelo, presumiendo de sus contactos en el gobierno, toma un pequeño veliz debajo de su asiento y, al abrirlo, me impresiona ver una montaña de billetes de $100 dólares y le pregunto ¿Qué es este dineral? Con una gran sonrisa me responde, es un regalito para el secretario de Defensa de parte de Rafael Caro Quintero, el representante de Guadalajara, formando el Cartel de Caborca. $3 millones Dlls. 

En los siguientes tres años fui testigo de como se desarrollaba esa Federación en Guadalajara y, sobre todo, la actitud incluyente de tal actividad de los miembros del consejo del banco que, cuando se les aclararan esos grandes depósitos que yo calificaba “dinero sucio.” Uno de los más prominentes afirmaba; no hay problema, aquí les pegamos una limpiadita y le damos mejor uso. Sentí que estaba atestiguando la aparición de las piezas que faltaban. Por gracia de alguien más, tal vez la de mi padre, mi relación con Félix Gallardo se mantendría solamente como buena amistad, nunca negocios. 

En aquellos días, tomaba un entrenamiento con Bank of America que involucraba pasar una semana al mes en Los Angeles. En una ocasión, uno de los funcionarios me invitó a una cena en el rancho de Ronald Reagan, buen amigo de su padre. En ese evento, además de Reagan, conocería a John Gavin exactor que en la administración de Reagan fuera embajador en México. Se facilitó mi relación con él, pues tenía raíces en Sonora, su madre era originaria de Obregón, miembro de la familia Pablos. Años después descubriría que teníamos la misma raíz de Francisco Xavier de Valenzuela, un militar español llegando a Álamos el siglo 17. 

Felix Gallardo seducía al grupo empresarial sonorense en Guadalajara en el cual, por esa divina protección y, sobre todo, porque no me interesaba, no se me incluiría. Pero, se incluían empresarios tapatíos como los hermanos Cordero y, aparentemente, ante la tranquilidad de la ruta que navegaban, esa sociedad cada día se hacía más obvia. En una ocasión en que cabalgaba motos con Félix Gallardo, con prudencia se lo señalaba. Y su respuesta me cimbraría; “todos los grandes empresarios de Sinaloa me deben hasta sus almas, incluyendo los chinos Ley.” 

La relación de negocios avanzaba sin molestias, pero, a mí, me preocupaba. Me di cuenta de que a la ecuación se agregaba el producto del narco mayor de Colombia. En una ocasión, ante un problema de flujo, se autorizó un préstamo a Félix Gallardo de varios millones que prendía mi alarma personal. Y cuando me enviaran la autorización para que la firmara, rotundamente me negué argumentando, es una locura. Y lo describía, en el récord del banco aparecerá ese dinero viajando de Guadalajara hacia Panamá, luego, semanas después, la ruta será la misma de regreso con el dinero duplicado. Yo no seré parte de esto.  

Y ante la explosión histérica del quién agresivamente me exigía firmar el documento de algo que yo no había autorizado, fue cuando explotaba la bomba y YO presentaba mi renuncia, a mí no me despidieron. Algo que sería la más grande ofensa para un hombre que yo siempre lo describía como a Hitler, un genio cegado por esa soberbia que se convertía en odio. Locura con un deseo incontrolable de venganza. Alguien que, rebosante de odio sin base, durante los siguientes diez años trataría de destruirme y se destruiría el mismo. 

Esa noche sorpresivamente aparecía Félix Gallardo en mi casa, furioso por lo que había sucedido. Fue la ocasión en que me diera brillante perspectiva del futuro del mundo bajo el narcotráfico. Pero la presentaba después que rechazara su oferta de trabajo, otra para comprar mi casa al doble de lo que valía, y el ofrecimiento de un préstamo y yo fijara la cantidad y condiciones. Pero, en esa reunión surgiría algo muy interesante. El panorama del narcotráfico que me daba coincidía 100% con el que me había descrito John Gavin en California, y era algo horroroso que Gavin describía como “la verdadera tercera guerra mundial.” Poco después, John Gavin llegaba a México como embajador con la tarea de evaluar lo que podría ser la caída final del país.

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