Ricardo Valenzuela
Hace algunos años, al iniciar mi búsqueda de ese “algo” que me había acompañado durante gran parte de mi vida, una exploración que no me proporcionara esa elusiva conexión hacia alguna forma de vida diferente, más trascendental. Una vida fuera de lo cotidiano, fuera de lo que tal vez gran parte de los seres humanos buscan, como lo afirmaba el gran Diógenes, “el satisfacer necesidades crecientes en lugar de tener menos necesidades,” fue que me llevara a encontrar los famosos evangelios gnósticos. Y, al abordarlos, de inmediato algo me cautivaría.
En el evangelio de Tomás, en las primeras palabras encontraba el inicio de una celestial aclaración. Jesús no había venido a construir alguna iglesia, alguna religión, institución, él había venido solo para recordarnos algo que ya sabíamos y habíamos olvidado, y como lo afirmara RW Emerson, “somos dioses derrumbados.” No era una declaración para condenarnos, sino para recordarnos y reafirmar el poder que ya teníamos para rehabilitarnos, pero, esa era la gran responsabilidad de cada uno de nosotros, no de alguna iglesia, ni gobierno, pues era una ruta que el individuo debía caminar.
Mi siguiente paso sería saber acerca de la etiqueta que se les había dado a estos evangelios perdidos durante 1.700 años. El gnosticismo (del griego gnosis, “conocimiento interior”) no era alguna religión única y monopólica, sino una corriente espiritual que sostenía que la salvación proviene del conocimiento directo y personal de lo divino, no de la fe ciega ni de la obediencia externa. Ese sería el primer campanazo que había alertado a las religiones organizadas que, desde el Concilio de Nicea, habían establecido lo contrario al formar el monopolio de un solo cristianismo habiendo muchos.
Este evangelio de Tomás destaca la importancia de descubrir la chispa divina dentro de cada ser humano, una esencia inherente y natural que conecta al individuo con lo divino. A diferencia de los evangelios canónicos, donde la fe y las prácticas religiosas son determinantes, el Evangelio de Tomás subraya el autoconocimiento como vía hacia la iluminación. Es decir, el verdadero camino hacia la verdad era abandonando la ignorancia para, a través de adquirir sabiduría, establecer esa conexión divina.
El evangelio de Tomás acerca del reino de Dios presentaba una perspectiva única y profunda. En lugar de un reino físico o futuro, este evangelio sugería que ya se encontraba tanto dentro como fuera del individuo. Esta dualidad refleja una comprensión espiritual más interna y personal, donde el acceso al Reino es posible a través de un despertar interno y la conciencia espiritual. Es decir, buscar verdades internas para reconocer su propia divinidad como camino hacia el Reino. Un mensaje enfocándose en el descubrimiento personal para alcanzar lo divino.
Pero ¿Cuál es la historia de estos evangelios? Un par de siglos después del Concilio de Nicea, Nataniel, un místico dedicado a reproducir los textos originales, recibía un viejo manuscrito de parte de un sacerdote iniciando con la frase: “El reino de Dios está sobre toda la tierra y los hombres no se dan cuenta.” Desde esos momentos su vida cambiaria para siempre. A través del viejo sacerdote conocería a Miriam, una sabia mujer que le abriría los ojos en lo que describía Noche del Descubrimiento.
Nataniel, al escuchar a Miriam decir: Jesús no había venido a enseñar algo, sino a recordarnos que en nuestro interior ya teníamos esa divinidad afirmando. “Aquellos que creen morirán primero y después resucitarán están equivocados. Si no resucitan mientras están vivos, al morir, no recibirán nada.” Entendió que Resurrección era un estado de conciencia que se alcanza en vida. Era despertar del engaño del mundo material con la chispa divina dentro de uno mismo. No se trataba de un cuerpo físico que vuelve a la vida, sino de una transformación espiritual siguiendo el ejemplo de Jesús.
Y cuando afirmaba: “El Reino está dentro de vosotros y fuera de vosotros. Cuando os conozcáis a vosotros mismos, entonces seréis conocidos, y sabréis que sois hijos del Padre viviente. Pero si no os conocéis a vosotros mismos, estaréis en la pobreza y seréis la pobreza misma.” Hablaba de abandonar la ignorancia y, con la sabiduría que deberíamos adquirir, poder llegar a la divinidad interna que ya poseíamos. La idea de que el Reino no es un lugar físico, sino un estado de conciencia encaja con la noción de que somos una extensión y parte de una realidad mayor.
Para mí, en lo personal, esta afirmación de Jesús es la más importante de todas y, aunque difícil de interpretar, es la pieza que debe unir todo lo demás. “Yo soy el camino, yo soy la verdad y luz que está sobre todos. Yo soy el Todo. El Todo ha salido de mí y el Todo ha llegado a mí. Partid un leño, y allí estoy yo. Levantad una piedra, y me encontraréis allí.” Quien llegue realmente entender ese significado del Todo y del Yo Soy, tendrá en sus manos un gran tesoro. Aquí Jesús se identifica con la totalidad de la existencia, pues la divinidad nunca ha estado separada de la materia, son parte de Todo.
No hay duda de que los evangelios gnósticos nos presentan un Jesús muy diferente, pero, es el Jesús con el que yo me he podido identificar, ese Jesús cercano, accesible, democrático, asertivo, revolucionario y liberador. Pero la iglesia lo capturó para domesticarlo, pulirlo y cincelarlo a su medida. Lo aprisionó en una rara estructura eclesiástica, doctrinal y teológica, dejándonos con este otro muy diferente al de los gnósticos. Sin embargo, el Evangelio de Tomás se ha convertido en instrumento de gran valor en mi búsqueda de ese Jesús especial y a mi semejanza de chero.
La doctrina tradicional siempre ha enfatizado la obediencia a los mandamientos y la gracia divina como medio para alcanzar la vida eterna, mientras que los gnósticos aseguran que la salvación es un proceso interno y personal, donde el individuo debe esforzarse por descubrir la verdad por sí mismo. Para los gnósticos, la salvación no se obtiene cargando una cruz, sino adquiriendo sabiduría para la comprensión de nuestra verdadera naturaleza espiritual de potencia ilimitada. Jesús no nos entregó un manual de instrucciones, ni lista de mandamientos, tampoco pedía diezmos ni vendía protección, él lo decía todo solo al afirmar, síganme.
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