CUBAZUELA, LA MALDICIÓN DE FIDEL CASTRO II

Ricardo Valenzuela 

White Wolf : 7 Things You May Not Know About Geronimo 

“Yo predigo un futuro de felicidad para los americanos, pero, solo si son capaces de prevenir que su gobierno desperdicie el fruto del trabajo de la gente bajo el pretexto de ayudarlos.” 

Thomas Jefferson 

No hay duda de que en estos momentos el mundo, ante la situación de Venezuela, está experimentando una de las clásicas reacciones humanas, que, siendo tan difíciles de entender, hay que iniciar con el popular dicho americano; when the cat is away, the mice go play. Traducido; “cuando el gato sale de la casa, los ratones hacen fiestas.” La frase marca el inicio de lo que sucede en sociedades cuando no hay la vigilancia de quienes deben asegurar que la gente se comporte respetando las reglas establecidas para su buena marcha. Pero, si esos responsables, como afirmaba Bastiat, se convierten en el mal que deben combatir, la sociedad está condenada a fracasar.

El mejor ejemplo de esa definición es Venezuela elevado a una potencia infinita. Un gobierno cuya principal tarea debería ser la protección de su gente, cuando se convierte en el peor de sus verdugos, la sociedad entera se corrompe y, al ignorar las reglas, su conducta se torna en esa fatal normalidad, fabricando un panorama que siempre apunta hacia su destrucción. Y, cuando ese panorama de anarquía permanece por mucho tiempo, al surgir una fuerza que, consciente del abandono de la eterna vigilancia para prevenirlo, como insistía Jefferson, decide actuar para remediarlo. 

Y, ante tal esfuerzo de reordenamiento, se presenta un fenómeno que describe esa sociedad que ha vivido en anarquía convertida en algo natural, explota en una rebelión con una fuerza incontenible contra el restablecimiento de ese orden sin el cual, la sociedad se convierte en una selva. Una región salvaje donde solo priva la ley del poderoso para aniquilar al débil. Pero, no ese poderoso que emerge a través de conductas nobles, respetando las reglas y compitiendo. Si no el que nace precisamente de esa anarquía que él mismo ha provocado, siempre con dedicatoria para su grupo en control y una sociedad sumisa donde nunca se logra el bienestar general ni la paz. 

Y el siguiente paso de esta escalera de perversidad, es algo similar al de los esclavos liberados en la guerra civil, cuando, horrorizados ante su libertad lejos de la dependencia de sus amos, violentamente se rebelaban para de nuevo ofrecerse como esclavos y regresar a su vergonzosa esclavitud. Es el famoso síndrome de Estocolmo. Una respuesta psicológica donde la víctima de un secuestro o abuso desarrolla un vínculo emocional positivo, e inclusive, lealtad hacia su captor o agresor, como un mecanismo de supervivencia para afrontar una situación de terror, mostrando sentimientos negativos hacia rescatadores. 

 Lo que estamos atestiguando es ese síndrome a nivel mundial, especialmente en la situación de Venezuela. Ese huracán sin pies ni cabeza y, sobre todo, totalmente ausente de lógica y razonamiento inteligente de las masas. Así vemos insólitas protestas contra el encarcelamiento de ese aspirante a un tercermundista Hitler, verdugo de los venezolanos, pidiendo sea liberado y regrese a su trono de opresión, saqueo y destrucción. Esas masas que prefieren la tranquilidad de su esclavitud que el riesgo de la libertad, pidiendo a gritos su Leviatán. Ese arte que llamamos comunidad de bienestar solicitado por el hombre artificial, en esas sociedades igualmente artificiales. 

Y esta nueva pandemia, no respeta ideologías, pues, los gritos surgen tanto de marxistas, como de los herederos hegelianos, de flautistas mágicos, de los herederos de Mussolini, como de los supuestos herederos de Adam Smith y, sobre todo, de esos grandes puristas talibertarios con sus recetas robóticas listos para la foto. Pero, especialmente, de los patéticos ignorantes que apurados acuden al internet y escogen alguna frase, para luego salir gritándola. Pero, todos bien definidos por Mark Twain al afirmar: “Nunca argumentes con un pendejo porque te llevará a su nivel, y allí te derrotará con su vasta experiencia. Pues, no hay evidencia que convenza a un idiota.” 

Y como afirmara John Adams con sabiduría; “Nosotros estudiamos política y guerra, para que nuestros hijos tuvieran la libertad y estudiaran matemáticas, filosofía, geografía, historia natural, arquitectura naval, navegación, comercio y agricultura. Para darles a sus hijos la libertad de estudiar pintura, poesía, música, arquitectura, estatuaria, tapicería y porcelana, y que fueran verdaderos artistas de su imaginación. Un sacrificio generacional para asegurar la prosperidad y la paz futura.” Sin embargo, omitía afirmar que ellos también habían estudiado a John Locke para darle vida a su constitución libertaria. 

Pareciera que las últimas generaciones se saltaran las primeras dos recomendaciones, y se dedicaran 100% a convertirse en artistas de las filosofías de Marx, Hegel, y de la lista de Isaiah Berlin, de los traidores de la libertad—Rousseau, Helvetius, Fichte y Saint Simon. Esos que formaran la organización secreta con residencia en Yale, Skull & Bones, abrazando efusivamente las ideas hegelianas que le dieran vida al apendejamiento de la sociedad a través del sistema de educación, para luego invadir la política, la ciencia y la economía. Con ello le darían sepultura al liberalismo clásico del siglo 19 en Inglaterra, de gobierno subordinado al individuo, para instalar la supremacía del estado. 

Así, el mundo ha llegado a un punto de inflexión donde se le presenta una encrucijada con dos caminos diferentes. Dos caminos que definiera con gran puntería Tocqueville al afirmar: “América es una nación rica y de gran prosperidad. Porque está habitada por guerreros libres y morales (primera ruta) pero, si algún día abandonan esa moralidad y su espíritu guerrero para defenderla (segunda ruta) de inmediato los abandonarán su libertad y su prosperidad.” 

Y, creo en son de burla, alguien me pregunta ¿Qué termómetro usas para medir la temperatura del mundo? Pues, como me aconsejaba el Churi, el viejo mayordomo de los ranchos de mi abuelo. Con la rienda bien jalada y las espuelas bien arrimadas, en menos de una legua ya conoces al caballo. Por eso, siempre me amogoto en los chirahuales para evitar debatir con los que no saben de caballos. Ni quien capó al apache de la partida de Gerónimo en Cuchuta, Sonora.      

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