Ricardo Valenzuela
En esta deprimente era en la cual, durante tantos años, el mundo ha sufrido la ausencia de verdaderos líderes políticos y nos han condenado entregando el poder a una línea de elementos que, si hubieran formado parte de los ejércitos del Gral. Patton, ya los hubiera fusilado, no por ineptos, sino por inmorales. Así, las multitudes descerebradas de la gran “democracia tercermundista,” nos ha castigado con esa cantinflesca idea del líder con los Chávez, Maduros, el Peje, Lulas, y en el primer mundo los Obama, Biden, Sánchez, Zapateros etcétera.
Y ante situaciones tan graves, dan ganas de seguir el ejemplo de Diógenes quien caminaba de día portando una lámpara encendida y, cuando alguien le preguntaba ¿Por qué? Siempre respondía, “ando en busca de un hombre moral.” El mismo Diógenes quien, al estar tirado en la calle asoleándose, se paró frente a el Alejandro el Magno quien quería conocerlo. Le dice, “soy Alejandro, dime que quieres y te lo daré.” Diógenes le responde, hasta a un lado, pues, me estás tapando el sol.”
En mi búsqueda de ese líder ideal, creo haberlo encontrado en la figura de Marco Aurelio, emperador romano en el segundo siglo del nacimiento de Cristo. Fue el último de los etiquetados Cinco Grandes Emperadores, el gran representante de la filosofía estoica. Un hombre que pudo combinar el poder político con integridad moral, que, al paso de los siglos, fuera descrito como un poderoso Emperador filosofo, sabio, justo, y con una gran habilidad de liderazgo. Y en una era de grandes confrontaciones, también hubiera surgido como un gran líder militar ganador de batallas, una increíble combinación.
Siendo miembro de la clase alta de Roma, recibiría la mejor educación de la era en derecho, retorica, literatura, matemáticas y filosofía. Y habiendo mostrado desde niño su gran inteligencia y curiosidad, el emperador Adriano lo tomaba bajo su tutela para enviarlo a la mejor academia del Imperio. Uno de sus maestros, el gran Cornelio, además de la retórica—facilidad para comunicarse ante la gente—le despertaba un interés especial en la filosofía, una rama que le diera vida Zenón de Citio fundador de la escuela estoica en Atenas. Una filosofía que enfatizaba la virtud, la lógica y el autocontrol como caminos hacia la felicidad, gran influencia en el pensamiento ético romano posterior.
Era el arte de vivir con integridad moral y serenidad, acompañada de una técnica diaria de reflexión profunda. La atención de Adriano por Marco Aurelio habría crecido tanto que cariñosamente lo apodaría, verissimus. Un término que se traduce como honesto. Así Adriano, al morir su hijo adoptivo, Lucio Elio César, decidió nombrar heredero a Antonino Pío con la condición de que adoptara a Marco Aurelio, y a su nieto Lucio Ceionio Cómodo, como herederos y los primeros en la línea sucesoria. Una rara forma imperial con dos cabezas.
Marco Aurelio consolidaba sus ideas leyendo a Epicteto con su filosofía estoica más pura. Sus ideas se basaban en la libertad interior y la dicotomía del control, afirmando que la felicidad surge de aceptar lo externo y enfocarse únicamente en nuestras acciones y pensamientos (cuántica) Ello provocaba su despertar espiritual cabalgando sobre su estoicismo, la fórmula que provocaba ese desarrollo que lo hiciera grande. Así, Marco Aurelio se forjaba como el gran filósofo que presenta la historia y se iniciaba su formación política y militar. Marco Aurelio llegaba al poder al final de la época dorada del Imperio.
Sin embargo, la bonanza de Roma que ya duraba varios siglos enfrentaría amenazas nunca atestiguadas. Una serie de invasiones en oriente y occidente que haría surgir al gran filósofo como el gran comandante militar, especialmente al enfrentar a los bárbaros germánicos en el norte. Y, cuando los hubiera derrotado a sangre y fuego, se debía de enfrentar a la rebelión de uno de sus generales, Cayo Avidio Casio, quien se proclamaría emperador romano tras recibir falsas noticias que Marco Aurelio había muerto, y tomaba control del oriente imperial. Y con esa serenidad de su filosofía resolvería el problema.
Y, algo que pareciera imposible, la guerra había mantenido a Marco Aurelio 14 años fuera de Roma sufriendo los arrebatos sangrientos de las batallas, estaba agotado, sufría enfermedades, pero, lo increíble, en esos años de guerra, en la soledad de su frio campamento, se consolidaba el gran filósofo estadista y guerrero que llegaría ser. Durante esos años escribía y escribía hasta terminar esa belleza de sus Meditaciones—una biblia para el buen líder. Y no puedo dejar de compartir solo una gota de su sabiduría la que más adelante ampliaré.
Así hablaba el arco Aurelio hace 2,000 años:
“Aprendí de mi abuelo bondad y ecuanimidad. De la buena fama y memoria legadas por quien me engendró, circunspección y el carácter viril. De mi madre, piedad, liberalidad, la abstención no solo de ejecutar acción mala, sino también de pensarla; además, la simplicidad en el vivir y el alejamiento del sistema de vida que siguen los ricos. Me convenía ser hombre recto, o que fuera enderezado.”
“Debo a los dioses el haber tenido buenos abuelos, buenos padres, buena hermana; buenos maestros, buenos familiares, parientes y amigos todos buenos; el no haber faltado en nada a mi deber con ninguno de ellos, aun cuando, debido a mi carácter, hubiera podido hacerlo; es, pues, un beneficio de los dioses el no haberse producido un concurso de circunstancias capaz de hacerme hoy avergonzar; no haber sido educado largo tiempo en casa de la concubina de mi abuelo.”
“El haber conservado sin mancillar la flor de mi juventud; no haber usado una prematura virilidad; más aún, haber traspasado el tiempo oportuno; haberme supeditado a un príncipe, mi padre, que debía destruir en mí vanidad y hacerme comprender que se puede vivir en la corte sin tener una guardia personal. De vestidos lujosos, de lámparas, de estatuas y otras cosas parejas y de tal pompa; y que, por el contrario, cabe muy bien ceñirse a la condición de un simple particular, sin proceder por ello indigna o negligentemente con relación a los deberes que impone la soberanía del Imperio.”
“Haberme cabido en suerte un hermano capaz de incitarme al cuidado de mí mismo y que, al mismo tiempo, me encantaba con su trato y su cariño; haber tenido hijos, ni ineptos ni contrahechos; no haber avanzado demasiado en la retórica, en la poesía y en los otros estudios que acaso me habrían absorbido, si yo hubiese observado que adelantaba en ellos; haberme anticipado a los deseos de mis maestros, colocándolos en el grado de dignidad que me parecía deseaban, sin abandonarme a la esperanza de poder más tarde, dada su joven edad.”
No hay comentarios:
Publicar un comentario