Ricardo Valenzuela

Sapo, ladrón y traicionero:
Estoy seguro te dará mucho gusto recibir este comunicado por varios motivos. Pero antes quiero sentar esta plataforma para transitar. Debo decirte que me tomó años convencerme de lo que diferentes voces me habían advertido durante mucho tiempo. El que tú me odiabas de forma enfermiza y, más increíble, que tu odio fuera provocado por envidia sin tener yo la menor idea, pues sería una sorpresa cuando me describieran el origen de ese odio con una sola frase; “porque tú tienes todo lo que él no tiene,” corta frase que me reveló una realidad desconocida.
Ahora, teniendo claro que siempre me has odiado, estoy seguro te dará mucho gusto enterarte que, con todo lo que me robaste, la consecuencia más dolorosa de un gran ramillete, tú me la señalaste como amenaza y la más grande sería enfrentar a mis hijas y enterarlas te demandaría. Pues mi abogado, después de entregarle las evidencias de tu robo que me tomara años conseguirlas, en el primer encuentro con mis hijas, al oponerse al juicio en tu contra, tuve que detener el proceso que causara la molestia de mi abogado, pero, siendo buen amigo, aceptaba.
Pero, hace unas semanas, el mismo abogado quien seguía pendiente pues tu crimen le parecía increíble y el caso sería fácil, por su iniciativa, había continuado atando cabos sueltos y se había dado cuenta que el delito que tu habías cometido, no era un simple robo, sino uno de los peores fraudes que hubiera conocido, un delito más grave. Y, calificado como fraude, me aseguraba que, en un periodo corto de tiempo, podría provocar que tu fueras a la cárcel y, sobre todo, siendo una de sus especialidades las leyes migratorias, no tenía duda de que, con el dictamen de fraude de una corte, era, como lo definía, a new ball game.
Así, de inmediato él podría reportarte ante las autoridades migratorias, ya consultadas, pues ante la ausencia de algo que cortes migratorias consideran vital, la categoría moral de quienes emigran al país, de la cual, obviamente tú careces, también podría lograr al mismo tiempo que se te cancelara cualquier tipo de condición migratoria que pudieras tener, y jamás podrías penetrar de nuevo a los EU. Lo que de inmediato me pareció un justo castigo para un criminal de tú calaña.
Y, motivado por esa información, antes de iniciar ese proceso, de nuevo debía presentar la alternativa a mis hijas quienes, desde el inicio se habían opuesto por lo que tú, con esa mente criminal, ya habías considerado y me lo exponías en la única comunicación que me habías dirigido en 40 años, no para pagarme lo que me robaste, sino como lo describías temblando de miedo, el gran dolor que “yo” les podría causar a tus hijos. Después de enfrentamientos y situaciones complicadas, dos de mis hijas finalmente aceptaran que siguiera adelante.
Pero, una de ellas, no solo continuara rechazando mi plan, sino que, habiendo la posibilidad de que fueras a cárcel, su rechazo era cada vez más firme y nunca negociable. Y, ante tal situación, ya molesto al estar tratando de convencerla con las evidencias irrebatibles a la vista, me interrumpe bruscamente diciéndome; “papa, mis hermanas y yo sabemos que ese señor es un ladrón y una mierda (palabras textuales) pero no sus hijos. Y ellos siempre han sido como hermanos para nosotras y este proceso puede afectar sus vidas.” ¡Yo me quedaba con la boca abierta!
Mi hija en esos momentos me daría la gran lección de mi vida. Una muchacha joven, viuda y con tres hijos protegía a un ladrón inmoral como tú. Esa hija a la cual tú le habías robado ese fondo que yo mantenía lejos de tus garras para ella. Una muchacha que me mostraba esa grandeza humana protegiendo a un criminal como tú, a un ladrón inmoral y lo defendía con una gran fuerza espiritual de la que tu jamás hubieras conocido ni en diccionarios. Una muchacha que ha demostrado su carácter y gran fortaleza ante la adversidad, su calidad humana, sin haber perdido su verdadera riqueza interior ante la adversidad.
Una muchacha que, ante una de las más grandes tragedias que la vida a veces nos presenta, mostraba valores tan escasos como lo sagrado de la amistad, su compasión, su generosidad, su capacidad para perdonar a quien atentara contra el bienestar de ella y la de sus hijos. Y, en esos momentos defendía lo que para mí era indefendible, la inmunidad de un ladrón como tú, pero no lo hacía en ignorancia ni porque lo mandara la iglesia, ella ya te calificaba como lo que eres, una gran mierda, y eso es la mejor muestra de sus virtudes que me hacen sentir un orgullo muy especial. Y todavía me ha pedido no seguir con mis poemas para ti, sapo ladrón.
Mi hija estaba defendiendo a un ladrón cínico y desvergonzado que, a pesar de sus horribles pecados y de haber robado el dinero para su educación, el de sus hijos, cargado de cinismo pasea su enanismo por la vida sin un mínimo de arrepentimiento. La estatura moral de mi hija, comparada con tu enanes física y espiritual, me había desarmado en medio del gran orgullo que me provocaba esa alma pura en acción.
Y, sapo ladrón ¿sabes una cosa? El rechazo de mi hija para no avalar mis acciones y con su fuerza moral detenerme, lejos de molestarme me ha provocado una de las satisfacciones más grandes de mi vida. Porque, en su conducta cincelada de virtudes pienso que algo de su configuración, tal vez lleve una porción de su padre, pues, con su conducta salomónica se habían alterado los papeles cuando la hija le habría dado una gran lección a su padre. Porque, ella ha neutralizado los sentimientos desbocados de un hombre casi cegado por la ira impulsado al salvajismo.
Y, lo más importante de esta lección, si el casi medio millón de dólares que me robaste (de lo que me di cuenta) es el precio de la iluminación con la que mi hija me ha cubierto, bien pagado, no es nada comparado con el dolor y la vergüenza que tus hijos podrían haber sufrido o sufrirán, si algún día llegan a conocer la realidad de quien es su padre, pero no seré yo quien los enfrente a esa pesadilla, pues ya están protegidos con el aval de mi hija, además, como mi hija lo manifestara, ellos, por alguna gracia del cielo, distan mucho de haberse contagiado con la miseria moral de su padre.
Y, sapo, no te odio como tú lo piensas, yo no tengo un alma tan negra como la tuya, esa alma pestilente que te facilita envidiar, odiar, robar y traicionar. Yo no tengo que salir corriendo como los perros asustados con pedradas como tú lo has hecho las dos veces que nos hemos encontrado. Yo nunca te he odiado, yo te rechazo y te desprecio profundamente, porque, para los que te conocemos bien, eso es lo único que tú siempre has provocado, al mismo tiempo que debes de cargar esa cruz de tu enanismo, tus envidias, odios y complejos.
Yo no te odio, te compadezco porque tú no tienes la ventaja de esos psicópatas que, en su inconciencia, destruyen todo lo que tocan y van por la vida con la ceguera de un cerebro mentiroso que los protege de sí mismos. Tu destruyes lo que tocas con el gran problema de estar consciente, nunca congruente, y es algo que nunca has podido apagar, pero eso te obliga a fingir lo que no eres, tu escondes tu ineptitud y una falta total de sentido común con el truco de tus numeritos.
Todo ello, complementado con tus complejos, envidias, odios tu inmerecida soberbia y, sobre todo, tu capacidad conspiratoria tan cobarde y traicionera, eso es que ha provocado que tu vida sea un horrible calvario interno y solo puedes sobresalir cortando caminos, siempre traicionando y estafando. No te odio, te desprecio profundamente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario