Ricardo Valenzuela
Una de las historias más increíbles, tristes y al mismo tiempo significativas de aquel siglo 18, sin duda fue la relación del filosofo del negativismo, Arthur Schopenhauer, con su madre que tuviera facciones casi de una cinta de horror. Y la cinta se habia iniciado cuando Joana, su madre, contrajera matrimonio con un hombre rico mucho mayor que ella que necesitaba un heredero. Una mujer cuyo matrimonio fuera producto de un acuerdo, fría, calculadora, con pretensiones de grandeza. El matrimonio produciría un hijo al que su madre odiara desde su nacimiento.
Y la historia es importante porque claramente muestra la gran influencia que las madres tienen en la formación de los hijos varones que, equivocadamente, pensamos debe ser facultad de los padres y las madres observadoras. Este caso nos debe demostrar cómo la conducta de una madre, especialmente al fallecer el padre, diera rienda suelta a sus odios para, de esa mente de un verdadero genio, cincelara un hombre portador de una tormenta interior que lo acompañara hasta su muerte. Pero, aun en medio de su gran sufrimiento, produjera obras inmortales.
Y la combinación de un padre autócrata dictando el futuro de su hijo, y una madre a la que estorbaba, serian los cimientos de un filosofo calificado por muchos como el más negativo, asertivo y crudo, lleno de resentimientos, pero, reconocido como portador de una inteligencia superior. Un joven que abandonaría ese espacio que debía compartir con su madre quien, al fallecer su esposo, ya a cargo de su fortuna, prácticamente lo expulsara de donde era su derecho habitar y, utilizando la herencia de su padre, hacerlo sufrir, a quien él describía como una mujer acomplejada tratando de lucir algo que nunca sería.
Y partiría cargando un cuadro y una cruz que se convertiría en la fuente de su filosofía descrita con una de sus frases: “el hombre es un animal carnívoro que, a través de la sociedad, han tratado de convertirlo en herbívoro”. Sin embargo, ese dolor también sería el material con el que enfrentaba a una sociedad cobarde que, como la casa del alcohólico donde había un enorme elefante en la sala que todos fingían no ver, hasta que invadiera el resto del espacio para destruir la casa. Una situación más real de lo pretendido por la sociedad que, ante lo doloroso, se decidía ignorar.
Y al ir avanzando por la vida, capturaba ese segmento de la sociedad que permanecía oculto con su sufrimiento y, entre los valientes que atraía, surgia un joven filosofo que lo establecía como su héroe, Nietzsche, quien, sin disculparse, afirmaba haber sido su inspiración para una de sus obras; Mas allá del Bien y del Mal, en donde acusaba a la psicología de estar atrapada en prejuicios y sus temores morales, pues no se atrevía a descender a las profundidades. Esa fue la inspiración que él concebía como la fuerza para el desarrollo de la voluntad de poder. Porque la violencia de los prejuicios morales penetraba el mundo espiritual resultando en algo verdaderamente fatal.
Schopenhauer hablaba del martirio del filósofo, su sacrificio por la verdad que debía ser obligación para sacar a la luz lo que en él había de agitador, guerrero y de actor. Algo que siempre se ha ignorado, y vemos la amenaza del filósofo que ellos han etiquetado como peligroso que los enfrentaba, y pasan a describirlo como el gran vociferador fascista. Esos parias de la sociedad que no marchan con el rebaño y son perseguidos como Spinoza y Giordano Bruno, obligados a modificar sus mensajes o ejecutados. Es lo que ha construido las sociedades actuales, el conformismo y su eterna mediocridad al no aspirar a nada más de lo que se tiene.
Porque, quien, en su trato con la sociedad, no brilla de vez en cuando con todos los colores de la miseria, con los verdes y los grises del dolor, de cansancio, soledad, de pesadumbre, ciertamente no es un hombre superior. Porque si no asume toda esa carga y ese dolor, si los evita y permanece tranquilo y orgullosamente oculto en su fortaleza falsa, no está hecho para el conocimiento que lo puede liberar. Y llegará ese día de su fatal entrega al sufrimiento siempre descendiendo a lo que Shaw describía como desesperación constante y silenciosa. La sociedad actual.
La independencia es cosa de muy pocos; es la prerrogativa de los escasos fuertes. Y quien la intenta, incluso sintiendo es su derecho, pero sin esa seguridad, esa luz y fuerza interior, estará demostrando que no solo tiene esa fortaleza, sino su audacia y temeridad. Finalmente penetra en ese laberinto donde se multiplican los peligros que ello trae consigo, pero no recula, aunque se sienta solitario y perdido ante quienes lo amenazan y no se compadecerán por él. Pero el premio de la libertad es muy grande y debería darnos las fuerzas para mantener la lucha.
Para esos hombres de profundidad, llegará el momento que su vergüenza del pasado le indique la ruta del destino y lo instruya en sus decisiones más importantes en esos caminos a los que muy pocos llegan, cuya existencia nadie debe conocer, porque ese peligro persistirá y nada debe enfrentarte con tantos francotiradores ocultos. Y jamás debe pensar en arrendarse. Porque quienes perdieran la fe, como lo hicieran como Schopenhauer y Nietzsche, su larga y admirable avanzada no les permitiría ver el destino al ser atrapados por sus sentimientos derrotistas.
No se dieron cuenta de que había que terminar su tarea y se confundieron con las máscaras. Los mismos que hoy día se dicen ser espíritus libres, pero no tienen lo más alto, lo más grande que no es solo gritar. Los que deben sacar la espada y combatir. Ese concepto es estrecho, aprisionado, encadenado, actuado. Son los falsamente autollamados espíritus libres: esclavos elocuentes gritando sus modernas ideas. Son superficiales, quieren el pasto verde que tiene el rebaño enviado a sus oficinas, se aferran a la comodidad con el mismo script ya vacío y sus fotos en diarios.
Son muy pocos los llegan al campo de batalla con el valor de los héroes y la sonrisa de los conquistadores, porque esa peligrosidad que han enfrentado en su larga lucha en todo tipo de batallas tuvo que crecer para, dese su primera voluntad, surgiera la enormidad, ese poder desarrollado en el combate cuerpo a cuerpo. La voluntad de vivir se convirtió en voluntad de poder. Fue lo que les faltó a Schopenhauer y a Nitzsche que murieran en la soledad sin siquiera conocer la magnitud de sus aportaciones.
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