Ricardo Valenzuela

A este punto de mi vida he identificado el gran problema de la humanidad, la superficialidad de ideas y sus confusiones. En mi caso, durante toda mi vida he sido un gran crítico, primero, del sistema político tan equivocado de mi pais y, segundo, de la sociedad tan “especial” que se ha formado durante los cinco siglos desde descubrimiento del continente y la independencia de Mexico, que yo nunca he aceptado. Y desde que debutara preguntándome porque, de inmediato se iniciaba el cimbrado de mi mente con una clara fotografía. Imágenes que me mostraban la herencia de un padre que, a sus 10 años, partiría hacia Europa en donde permanecería durante casi 15, recibiendo toda su educación en universidades de gran calibre del viejo continente.
Además, un hombre formado con un esquema de valores totalmente recibido de su hermano Gilberto, 20 años mayor, un gran adalid de la justicia, de la moralidad, integridad, los que, increíblemente, al aplicarlos siempre en aquel Mexico de las confusiones, a su hermano le valiera ser etiquetado como enemigo del estado, el haber sido perseguido y obligado al abandono de su pais ante la condena de Elias Calles. Pero, para dejar bien sentado lo que mi padre recibiera de su hermano, cito solo un párrafo de su mensaje al retirarse de la Suprema Corte de Justicia de México:
“Tengo para mí que el cumplimiento del deber, dentro de los cánones del honor, de la moral y de la ley, es y debe ser para siempre una religión en las almas puras. Devoto fiel de ese postulado, no he vacilado en actuar, en todas las situaciones de mi vida, de acuerdo solo con mi criterio, mis convicciones y mi conciencia, sin preocuparme de si, al proceder de esa manera, voy hacia el triunfo o hacia la derrota. El hombre no esta obligado a triunfar siempre, pero si esta obligado a ser leal, ante todo y, sobre todo, con sus convicciones valores y su conciencia.”
Al regresar de Europa mi padre a sus 25 años, cuando su hermano estaba desterrado, al penetrar el país por la aduana de Agua Prieta, ante la pregunta del jefe de quien era, uno de los oficiales le respondía, “es el hermanito de los traidores” (Federico, Arturo, Gilberto). Así era el recibimiento que este pais le daba presentando la realidad de una caricatura de lo que, durante todos sus años en Europa, habia soñado encontrar a su regreso en donde, hasta su hermano podría haber sido presidente, y sumarse a la tarea de construcción. Una realidad en la que ese apellido Valenzuela, era la maldición que le cerraría todas las puertas..
Obviamente, esa visión a mi padre le provocaría la primera gran desilusión de su vida fue algo que luego me trasmitiera porque, además, él había sido alumno de Hayek en el London School of Economics, uno de los grandes liberales verdaderos del siglo 20 a quien el mucho admiraría. Pero esa agresiva crítica que me trasmitía era acompañada de todos los elementos lógicos, razonados, legales y morales que no aceptaban ninguna discusión. La verdadera realidad de un país que había “renacido”, pero, aparentemente de la mano de la peor comadrona equivocada que lo privara del oxígeno esencial que requería el recién nacido. Ese oxigeno tan fundamental para adquirir la voluntad de poder.
Y, cuando uno de los muchos valientes admiradores de su hermano, el Gral Roman Yucupicio, se convirtiera en gobernador de Sonora, aparentemente surgia una luz en su camino cuando lo reclutara como jefe de su gabinete. Después, a temprana edad, todavía con los sueños de su hermano vigentes. Aquel sueño con el que don Gilberto advirtiera el peligro que entrañaba para la patria la posibilidad de la perpetuación en el poder una dictadura de bandoleros, afirmando que todavía eran vigentes las esperanzas de un pueblo digno y grande, había que insistir.
Con ese sueño todavía vivo mi padre sería un joven diputado lo que le valiera ser considerado como el gran prospecto político de Sonora. Sin embargo, ante la sorpresa de muchos, al fenecer su periodo legislativo, anunciaba su retirada de la política. En una ocasión que yo, todavía despistado, le preguntara porque había despreciado esa oportunidad, me respondería algo que marcaria mi vida: “En Europa yo me preparé en las mejores universidades para actuar en dos campos, el de la ley y el de la administración pública, pero, de inmediato me di cuenta de que, ambos, eran barriles rebosantes de gusanos. Y en ese espacio, no habia lugar para hombres íntegros y morales”.
Luego me hacia referencia a otro mensaje de su hermano: “Todavía existen en Mexico funcionarios públicos que sustentan la tesis de aquel Coronel revolucionario que se quejaba: De que me sirve ser Coronel si no he de cometer ningún abuso; Funcionarios públicos que consideran licito aprovechar su investidura para enriquecerse y enriquecer a sus amigos; funcionarios que consideran licito y plausible impedir que el pueblo manifieste libremente su voluntad soberana para nombrar sus mandatarios y burlar, en su caso, esa voluntad con engaños y fraudes. Autoridades que se niegan a cumplir su función trascendental de mantener el orden social en armonía con la libertad individual, castigando legalmente delitos que cometan, ya sean estudiantes, agitadores, millonarios o mendigos”.
Así, terminaba la carrera de un hombre originario del Valle de Tacupeto en Sonora, que listaba haber sido gobernador de Sonora a sus 25 años, secretario de Gobernación en los gobiernos de Adolfo De la Huerta, Alvaro Obregon y Plutarco Elias Calles, embajador de Mexico en Belgica, Inglaterra, miembro de la Suprema Corte de Justicia Internacional en Holanda y en la de Mexico, el autor intelectual del Plan de Agua Prieta que llevaría al poder a la Hegemonía Sonorense.
Mi padre siempre hablaba del famoso “último hombre” como el gran conformista que confunde la mediocridad con éxito. Ese hombre ha perdido la voluntad de poder, ese principio a través del cual se fundamentan los valores y ahora acepta el wokkismo, generales trans, la pedofilia. Hemos sido atrapados por el nihilismo de Nietzsche de “no hagan olas, que vamos bien” y el hombre pasa a ser miembro del conformismo, el gran mal de la humanidad. Ese conformismo porque no hay nada más, el de no te eches a la boca mas de lo que puedas masticar.
A mí me enseñaron la ruta hacia la voluntad de poder que formaría mi filosofía de vida, y es la que siempre he caminado. Y la mejor vacuna y antibiótico para los grandes males del nihilismo y sus portadores, ha sido mi la bendita soledad.
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