Ricardo Valenzuela
Hace algunos años, después de haber dedicado casi un 100% de mi esfuerzo al estudio de las diferentes áreas de la economía como inquietud profesional, decidí que era hora de complementar ese capital intelectual que había construido a través del tiempo. Así iniciaba lecturas de filosofía, historia, biografías, física cuántica, etcétera, hasta que, a un punto de mi ruta, sentí tener un vacío en la vida y me surgía el interés por el mundo de la espiritualidad. Y debo decirlo claramente, la formación religiosa que había recibido desde mi niñez, no me había seducido ni complacido
Ese proceso me ha llevado a lo que siento que fue el inicio de un importante cambio de vida, algo que me llevaría a entender su trascendencia y sus pilares filosóficos. Esa novedosa ruta me llevó a conocer a un Jesús de Nazaret, completamente diferente al que me habían mostrado durante gran parte de mi vida, al que, por más que me insistieran, nunca lograrían convencerme hasta que me empujaran a considerar todo un engaño que, aun con fieras amenazas de infiernos, nunca lo puede aceptar.
Con Schopenhauer, Nietzsche, Spinoza, Voltaire, pude tener claro lo que describían como la Moral de los Esclavos, a lo que muchos expertos le asignan el pecado de la destrucción del Imperio Romano cuando, a través de lo que Nietzsche llamaría transfiguración de valores, la herramienta histórica para la sumisión de las sociedades. Nunca imaginaron que hombres como Marx, Gramsci, Hegel, un grupo que incluiría Helvétius, Fichte, Comte, Saint-Simon les darían a sus ideas la profundidad para que Isaiah Berlin los declarara traidores a la libertad. Era la fe de Pascal semejante a un suicidio de la razón, el sacrificio de la libertad, del orgullo, una esclavitud de sí mismo, una automutilación.
Pude conocer los evangelios perdidos y en ellos un Jesús totalmente diferente al que me habían descrito, un Jesús con sabiduría terrenal, el gran maestro de la física cuántica. Fue cuando sentí que se iluminaba el área oscura de mi cerebro y, con mi personalidad compulsiva, cada día me avanzaba potente por esas avenidas desconocidas. Los mensajes de Jesus eran semejantes a los del budismo, de las religiones hindúes, las de la Egipto, la de las de los monjes tibetanos. Y cuando me regalaran el libro de un ruso que vivió entre los monjes del Tíbet, y le mostraran evidencias del joven judío que viviera entre ellos hacía casi 2,000 años que llamaban Issa, quedaba ya convencido.
Años después, al club de sabios inquietos iniciado por Spinoza se les sumaban dos de los más grandes, Albert Einstein y Carl Jung. El primero físico laureado con el premio nobel quien, al referirse a Dios afirmaba, "yo creo en el dios de Spinoza", y dormía con el libro de Spinoza bajo su almohada. El segundo era médico psiquiatra a quien, sus inquietudes espirituales lo llevarían a Etiopía en donde su iglesia cristiana, de casi 2,000 años de antigüedad, había logrado salvar su Biblia de los ataques iniciados en Nicea, que describía al mismo Jesús de los evangelios gnósticos
Ellos serían los pioneros de una nueva versión de la religión en general. Jung conjuntaría sus experiencias para darle vida a su psicología espiritual, novedoso concepto de consciencia, inconsciente e individuación. Fue también pionero al afirmar que la conciencia no residía en el cerebro, el cerebro era la maquinaria para manifestarse, pues la conciencia era una fuerza universal. La fuerza interior de la que hablaba Jesús era ese poder para conectar con la conciencia universal que, como insistía Spinoza, era la conciencia de Dios.
Es decir, la conciencia no es algo que traemos desde el nacimiento, es una fuerza exterior universal, la sabia matemática que coordina el movimiento del universo y, como lo afirmaba Spinoza, Dios es todo, es donde debemos arribar y se nos entregue la porción que tiene para cada uno. El científico mexicano Jacobo Grinberg, penetró ese mundo en donde pudo ver la física cuántica operada por una chamana de una tribu en el sur del país, y fue testigo de cirugías que esta mujer llevaba a cabo siendo una analfabeta. Y todos ellos coincidían en un mensaje; Dios no está en el cielo castigando y premiando, Dios mora dentro de nosotros y yo lo creo.
Dios no reside en algún gran templo para que vayamos a pedirle, nunca ha solicitado que lo adoremos, no quiere que suframos como nos dicen es el precio del cielo, ni que nos sintamos incapaces, no necesita de intermediarios pues está disponible y espera que lo busquemos, pues la relación debe ser personal no grupos de oración. Nadie necesita comprar su perdón con indulgencias. Esos eran los mensajes de Jesús, por lo que a sus verdaderos discípulos los declararon herejes y los han perseguido durante 18 siglos. Son herederos de los que se ocultaban de los romanos en las catacumbas. Ahora estos se esconden de la iglesia que los ha perseguido.
En los siglos que han transcurrido desde la aparición de Jesús, han surgido infinidad de imitadores que, inclusive, han tenido peligrosas influencias sobre las sociedades. Esos farsantes han evitado se conozca a lo que yo considero son verdaderas conexiones con poderes especiales. Uno de ellos fue un hombre llamado Edgar Cayce quien fuera conocido como el profeta durmiente, tenía una habilidad para tocar temas tan diversos como, espiritualidad, acontecimientos futuros, medicina, al permanecer en un estado hipnótico.
Fue un hombre respetado, admirado que, en el transcurso de su vida, nunca cobraba por las milagrosas sanaciones que lograba, acumularía unas 15,000 lecturas—como llamaba sus profecías—de las cuales se le asigna haber acertado el 97% de sus afirmaciones, lo que le valdría un acercamiento con el presidente Truman. Falleció en 1945, después de haber vaticinado las dos guerras mundiales, la gran depresión de 1929, la caída del comunismo en Rusia. Sin embargo, poco antes de morir, haría su última lectura donde predecía un cambio que cimbraría al mundo y establecía fechas del evento 2026 y 2027.
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