LA FALSA RIENDA DE LA VIDA Y DE PANCHO VILLA

Ricardo Valenzuela

 

 MI ABUELO CON UN CUÑADO DEL GRAL. OBREGÓN

En este primer día de un nuevo año, quiero iniciarlo con un bello recuerdo. Durante gran parte de mi niñez y adolescencia, tuve la fortuna de pasarlas al lado de un hombre extraordinario, mi abuelo materno, Manuel P Torres, pero aún mejor, siempre en su rancho, Las Calaveras, que era su comando de otros ranchos que formaban el gran ejemplo de la ganadería sonorense. Él, no solo me instalara mi gran amor por esa vida, un amor tan grande que provocara mis amigos me surtiera el sobrenombre “chero.” Para quienes no conocen su significado, es el peyorativo que, la gente educada de la ciudad, le dan al clásico vaquero salvaje, pero, para mí, era un orgullo que perdura hasta el día de hoy. 

Recibiría muchas lecciones de sabiduría de mi abuelo. Sin embargo, hay una que, al levantarme este día, como un recordatorio especial llegaba a mi mente. Desde los cinco años yo ya campeaba con los vaqueros que serían los grades maestros en mi ruta para convertirme en eso, vaquero, un oficio que tanto llegué a idolatrar, pero, difícil, duro y pesado. Cuando hubiera llegado a los 13 años, yo insistía en mi deseo de amansar mi primer potro sintiendo estaba preparado. Mi abuelo me respondía diciendo, era algo muy especial, porque, no era tarea de un solo día al montarlo y ocurriría el milagro ya consumado. En cambios no hay milagros, solo la necia falsa rienda.

Era un proceso que se extendía durante toda la vida del potro. Pues, amansar un potro era algo parecido a un sombrero que alguien quisiera cambiarle la horma. Lo mojabas y luego lo jaloneabas hasta que le dieras la nueva horma, pero, ese proceso no debía ser solo una vez, porque, si no seguías haciendo ese jaloneo, al día siguiente amanecería con el viejo molde. Lo debía repetir las veces que fuera necesario para que no siguiera arrendándose a la vieja figura. Y, cerraba, es como todo lo que quisieras cambiar en la vida, no es tarea de un día. Porque no hay magia y lo que quieras cambiar en la vida, como al sombrero, se tiene que repetir la tarea y nunca regrese al viejo modelo. 

Y ese recuerdo me invadía este día de un nuevo año. Me daba cuenta era claro que, el mensaje que recientemente había recibido de esa mente sabia, la de Jacobo Grinberg, tal vez era un reclamo de algo que, Jacobo, como mi abuelo, me señalaba el haber abandonado mi búsqueda de la forma de amansar un potro más salvaje del potro al que se refería mi abuelo, mi cerebro. Un intento iniciado hace más de 30 años y, al no haber visto esa magia instantánea, lo había abandonado al haber sido succionado por una sociedad superficial. Es decir, como una revelación celestial, había detectado el poder infinito del cerebro y, sobre todo, al hombre como el principal actor de nuestra humanidad. 

Ese hombre descrito por Jacobo, asegurando que, del potencial de una conciencia superior con la capacidad de generar milagros, no utilizamos ni un 5% y el resultado es de sociedades tan mediocres alrededor del mundo y, lo más grave, resignadas a su mediocridad. De inmediato pensaba en los verdaderos mensajes de Jesús que recién había conocido; “todo lo que ustedes han atestiguado que yo he podido hacer, siguiendo mi ejemplo, ustedes también lo pueden hacer, porque el reino del cielo está dentro de todos los seres humanos.” Y en este día del nuevo año, es un reclamo que en estos momentos me atormenta. 

Porque, hace más de 30 años, yo me había asomado a ese gran pozo de sabiduría claramente detectando ese poder del ser humano, había aprendido a meditar, medio entendía que, como lo comprueba la física cuántica, la mente puede construir la realidad, que el cerebro emite ondas electromagnéticas, que el corazón hace lo mismo, que la glándula pineal, como lo afirmara el gran Descartes, es el asiento del alma, que, también afirmara Einstein, es la conexión con Dios. Y como invitaba Tesla, debíamos pensar en vibraciones, frecuencias para sumarnos a la conciencia universal encontrando su frecuencia, pero, ignorando a mi abuelo, al no encontrar magia, lo había abandonado. 

Por supuesto, con quien lo comentara, de inmediato con sorna, afirmarían, el chero ya no toma, ahora fuma mariguana y, más grave, cree en extraterrestres. Fue cuando mi única respuesta surgiría con mi primera aproximación a Jesús, “padre, perdónalos porque no saben lo que hacen,” pero, yo le agregaría, no saben las pendejadas que piensan. Así, decepcionado, abandonaba mi jornada que provocaría algo muy especial, me ungía de tres cosas importantes, una certera visión de la realidad, la belleza de mi soledad, y la potencia de mi individualidad con una libertad desconocida. Lo que abonaba a mi necesidad de continuar mi búsqueda, a mi estilo compulsivo y agresivo. 

Y ante ese panorama, me llevaría a encontrar la pieza faltante de mi construcción, los evangelios gnósticos, para finalmente conocer a un Jesús cuántico, rebelde, individualista, con sus bellos mensajes, sin amenazas, sin órdenes arbitrarias y obligatorias a seguir, sin blandir la culpa. Un Jesús tecnológico que no lo desproveía de su condición celestial armado con los poderes aprendidos con otros seres de gran pureza. Un Jesús especial para un humilde ser humano que necesitaba más que la fe ciega que le habían tratado de instalar, pero que, en su primera incursión a este mundo, alguna intuición lo iluminara. 

Un Jesús que pasara las pruebas de poderosas mentes castigadas como Spinoza, Nietzsche, los modernos como Tesla, Einstein, con su física revolucionaria y cuántica que confesaría creer en el dios de Spinoza. Ahora entendía que me hubieran vetado de tantas organizaciones de esos supuestos amantes de la libertad, que, lejos de asumir la valiente rebeldía de Jesús, negocian sus ideas para que les toque parte de esa avalancha de negocios, dineros, reconocimientos, sintiendo que todo ese no los priva de su falsa identidad. 

Pero yo soy como mi abuelo que, ante Pancho Villa, cuando llegaba furioso a su rancho derrotado por Obregón en Hermosillo, ya en su tránsito hacia Chihuahua, le exigía que renegara de su amistad con Obregón so pena de fusilarlo. Pero mi abuelo sin titubear se negaba respondiéndole, “General, sí, soy amigo del Gral. Obregón, y también soy un hombre que cuando da las nalgas no las aprieta.” Eso le salvaría no solamente la vida, sino su honor, su dignidad y la admiración de Villa.   

Ahora renuevo mi jornada.       

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