YO PECADOR ME CONFIESO ANTE NIETZSCHE

Ricardo Valenzuela

 No existe traidor que no sea cobarde..

En los próximos días estaré celebrando uno de los acontecimientos más importantes de mi vida, algo que nunca imaginé podría ser posible en el horizonte de aquellos días lejanos. Pero a pesar de tantas apuestas en mi contra, lo he logrado. Estaré celebrando el aniversario #37 de mi sobriedad. Un camino con infinidad de postas increíbles y experiencias diferentes, de reparación de daños, de pago de facturas, de recuperación de mis tesoros, mis hijas y, sobre todo, la inclusión en mi vida de una gran amiga como ha sido la soledad. 

Y hace unos meses, sucedió el milagro que me diera las armas para enfrentar un problema pendiente. Fue algo tan milagroso que lo describiré en varias notas, tal vez pecando de franqueza que pueda ofender, pero, este soy yo 

En la historia de mi vida anterior a esta fecha de celebración, tuve una experiencia que me afectaría profundamente y me produciría una gran pérdida, importante en el ámbito material, que fue muy grande, pero más grande fue para mi esquema al juzgar la naturaleza humana. La traición de uno de los amigos más cercanos a través de toda mi vida, lo que me llevaría hacia el negro panorama de sentimientos negativos. La traición y el robo de parte de mi fortuna por un tipejo llamado Luis Coppel, el sapo. Un golpe moral que no supe cómo soportar y tuve que cargar esa pena por muchos años y frenar mis instintos.

 Finalmente, decidí buscar la ayuda adecuada lejos de ese mandato moral falso de presentar la otra mejilla. Y ese cargamento moral lo presenté ante un hombre extraordinario, omito su identidad solicitada por él, pero es reconocido a nivel mundial, una muestra más de esa grandeza que nunca encontré en ese falso amigo. Bajo su dirección, lo primero que debería hacer era conocer profundamente, no quién era yo, sino quién era ese traidor y, sobre todo, sus motivos, que me develaba algo realmente diabólico. Porque, su traición y estafa no eran producto de su enfermiza ambición ni de su inmoralidad. Era algo peor. 

Tuve ante mí un cuadro que me presentaba a un hombre impulsado, primero por una envidia enfermiza que mutaría hacia un odio todavía peor que su envidia o ambición. Un fenómeno que nació de un vacío espiritual de quien se suponía que era mi gran amigo. Una combinación difícil de entender que provocaba mi existencia para ese discapacitado fuera una gran molestia. La envidia de mi realidad que provocara su odio, mi realidad que amenazaba la suya, amenazaba su supervivencia psíquica que llegara a ser odio adictivo. Una actitud vigorizada en la cual, de alguna forma, lo llevaría a su visión de ese doloroso, “esto soy yo,” y este otro tiene lo que yo no tengo, y le explotaría en la cara. 

Un odio silencioso que involucraba una larga historia, un odio que no sería explosivo, oscuro, ni oculto, que a cierto punto le pediría sabotear a ese odiado enemigo, yo. El odio de una mente enferma porque le gustaría ser su odiado y, ante lo imposible, le surgía el enfermizo deseo para que yo dejara de ser lo que soy. Un odio regresivo y frustrante porque no mejoraba su vida, pero ese odio le provocaba que sus complejos ocultos emergieran con fuerza. Y cuando yo sintiera sus velados ataques, al inicio no tan letales, no los entendería sabiendo que yo nunca había hecho nada para que me odiara. 

Nunca entendería que yo representaba todo lo que él odiaba, mi libertad, el ser presidente de un banco en un grupo en el cual él era un simple oficinista. El que, en aquella era de mi vida equivocada, yo fuera novio de una muchacha que era la más popular de la realeza de Monterrey, yo era amante de la bella vicepresidenta de un banco americano, de una Miss Jalisco, de dos Miss Sonora, una Miss Nuevo León.  Y ya en Tucson, adonde llegáramos, cantidad de bellas mujeres me enviaran notas con sus teléfonos, en los aeropuertos sucedía lo mismo. Hasta que un día no lo aguantara y lo confesara con melancolía, “a todos nos das envidia”. 

Es decir, admiraba y envidiaba mis pecados no mis virtudes. 

Pero su odio sin fricción seguía creciendo y mi desordenada libertad abonaba a su odio, pero siempre odio silencioso. Era tal ese fenómeno que un buen día aparecía en el bar que tanto frecuentábamos, vistiendo sombrero texano y botas vaqueras, que era lo que a mí me distinguía en toda la ciudad. Un vaquero de 1.65 figura patética que provocara burlas de los asistentes. Pero, había algo provocando que yo fuera letal. Él había llegado a Tucson con una mano por delante y otra por atrás, pero yo arribaba con un capital importante que le provocaba un verdadero sufrimiento, y yo jamás me daría cuenta de lo que su inmoral mente cocinaba. 

Y ese odio silencioso, ese sentimiento que nunca expresaba de frente, crecía y se multiplicaba. Y lo que yo representaba era esa hoguera que no se apagaba y lo cubriría esa sombra fatal. Y ese odio mutaba, no buscando justicia ni igualdad, su mutación se convertía en un deseo enfermizo de aniquilar a ese enemigo, pues su envidia era ya una adicción de faquir. En mi proceso ya con la ayuda de este gran profesional, llegaba a cierto punto que me afirmara: “Lo que le estabas presentando a ese sapo, sin darte cuenta, era un calvario para una mente enferma de tantos sentimientos negativos”. Uno de esos conflictos ocultos en los que esos hombres revelan lo peor y son capaces de cualquier cosa”. 

Continuaba, “el no darte cuenta, la diabólica sombra del criminal iniciaría la agresiva emergencia del infierno en su interior, esa sombra que, ante alguien que tiene un poco de luz, pero, sobre todo, cuando siente que su enemigo no se da cuenta, que no le puede provocar de alguna forma que sufra, arrecia sus ataques silenciosos y llega a un punto en el que, el problema ya no era tanto tu brillo, sino la negrura de su sombra que los lleva a cometer acciones tan reprobables como, a través de su mujer, afectar a tu familia. Y ese odio tomaría rutas igualmente negras y, en la profundidad donde ya reside ese volcán, decidiría ya descaradamente destruir a quien provoca ese odio”. 

“Es cuando a su odio le agregaría nuevos ingredientes. Ya no se basaría en tu atracción, sino en la repulsión que él provoca, el recordatorio de lo que tú representabas se expandiría y le haría recordar la era en que vivían en Monterrey, tus conductas desordenadas, pero no criminales, que te harían popular y hasta admirado con la regla de muchachos jóvenes. Y él pasaría inadvertido. Tu rebeldía y autenticidad para no ser parte de la manada, ese camino que él nunca podría tomar. Así atacaba, no para dominarte, te quería destruir, porque esa siempre ha sido la moral oculta de su sombra nebulosa, y se convertía en negra. Esa sombra que, ante cierta resistencia, ataca a tracción”. 

“Uno de esos demonios que no atacan de frente porque no pueden exponer su identidad, así se esconden en las sombras como los criminales”.                

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