Ricardo Valenzuela
Al estar escribiendo una nota anterior con la cual trataba de darle sentido y cara a la forma en que Trump, durante los últimos diez años, habÃa sufrido los ataques de niveles que solo se podrÃan evaluar acudiendo a la historia de crueldad de la sagrada Inquisición en aquella era de Torquemada, irrumpÃa la noticia de un nuevo atentado contra su vida. Y, sin poderlo evitar, debÃa hacer de nuevo la comparación de cómo, el asesinato de Kennedy, le abrirÃa la compuerta al inicio de todas las calamidades que ahora sufrimos contra las cuales y, sobre todo, las futuras, ha estado luchando Trump ante la ceguera de tanta gente.
Y este desafortunado evento, ante lo que pretendÃa lograr al inicio de esa nota, me ha dado una motivación más grande para llegar a ese destino. ¿Cuál es la verdadera motivación de eliminar a otro presidente? Tal vez porque es un mandatario diferente a los que han transitado durante 70 años. Y, consecuencia de esta primera pregunta ¿Qué ha sucedido con el carácter de la sociedad civil que lo ha estado permitiendo? Porque es un hecho que aquella sociedad que impresionara a Tocqueville a inicios del siglo 19 y como el mismo la definiera, buena, libre y moral, también predijera, que, si algún dÃa se perdiera esa moralidad, se iniciarÃa de inmediato la pérdida de su grandeza, de su prosperidad y de su libertad.
Las experiencias de la historia ponen de manifiesto que las sociedades fuertes se diezman recÃprocamente; mediante la guerra, las aspiraciones ilegitimas del poder, las aventuras fracasadas, las grandes pasiones sin freno, la disipación, perturbaciones intelectuales y asà su existencia se torna costosa. Las invade el nihilismo, chocan entre sÃ, ese nihilismo se convierte en retardo y somnolencia y se apagan. Los fuertes se hacen débiles, menos voluntariosos, mas absurdos que el término medio de los débiles. Se inoculan con el llamado idealismo que no permite al mediocre ser mediocre, ni a la mujer ser mujer. Que los han convencido de que la virtud no es deseable, es solo una noble locura, ese gran sueño de los insensatos.
Asà nace la adaptación, el aplanamiento, la poquedad total, la modestia del instinto, esa gran satisfacción y aceptación del empequeñecimiento del hombre, la inmovilidad de la sociedad. Todo apuntando a la administración colectiva de todo, asà la sociedad aceptará como su alto significado servir a esa colectividad. Surgirá luego el hombre sintético, aglutinador, justificador, mediocre, flotando en la mecanización de la humanidad como su destino. Todo ha sido consecuencia de los viejos mandatos de la iglesia para injuriar a los grandes virtuosos cuyo dominio de si mismos sea el gran contraste con el vicio y desenfreno. Esos que nunca habÃan necesitado sus bendiciones bien cobradas.
Los EU actuales llenan casi todas las caracterÃsticas de esa sociedad en decadencia. A medida que la lucha de clases avanzaba, se identificaba claramente los titiriteros tras bambalinas, los herederos de las pasiones del emperador Constantino. Y como Constantino suprimió a los rebeldes de Nicea. Ahora la lucha de ellos es contra el hombre solitario, independiente, que ha sobrevivido. Porque ese hombre libre, al que nunca han podido reclutar, es peligroso para titiriteros, para el rebaño y, sobre todo, para esos socios inescrupulosos de los titiriteros. Estos socios que solo deben ser unas aceitadas máquinas útiles para acumular dinero mal habido, nada más. AsÃ, aseguran que otras virtudes no lo atraigan, es lo que aprendieron en universidades y con eso los han neutralizado. Los Tucker Carlson y demás traidores.
Pero la lucha contra los hombres grandes, fuertes, indomables se justifica por razones fundamentales, económicas y polÃticas. Esos hombres son peligrosos, son casos especiales, raras excepciones, cataclismos poderosos que pueden poner en peligro lo que lentamente ellos han fundado, formado y construido. Porque ellos conocen sus interiores, muchas veces idealistas y, sobre todo, son morales. Se debe descargar contra ellos el más potente de los explosivos, no solo para que no hagan daño, sino prevenir su estallido que podrÃa ser destructor de todo. Los que alcancen niveles de peligro superior, deben ser de alguna manera controlados, vigilados, encarcelados o asesinados.
Esos hombres que, al tratar de reclutarlos, meditaron sobre la oferta para elevar sus esplendores aprovechando su potencial tan excepcional, declinó al darse cuenta de que deberÃa situarse siempre al margen de la moralidad, en contra de la naturaleza humana, asumir una moralidad que ha sido establecida con un objetivo contrario. Paralizar y destruir todo desarrollo del verdadero resplandor en donde se produjera. Porque, todo desarrollo esplendoroso consume tal cantidad de hombres a su servicio, que, ante tal panorama, muy seguido puede producir lo opuesto. El surgimiento de los débiles, mediocres, inmorales, para tomar partido de los que glorifica la vida moral y, en su cobardÃa, abandonan su moral. Esos que cambian de ideas como sus calcetines.
Las cosas deseables para esos mediocres son las que combatimos gentes de naturaleza distinta. El ideal comprendido como algo a lo que nada debe ser adherido, nada destructivo, nada que produzca injusticia y dolor, de lo malo. Nuestro modo de ver la vida es lo opuesto, lo que mejorÃa la del hombre en terreno libre mejore también su reverso, que el hombre mas alto, si su concepto se acepta como lÃcito, deba ser el que represente plenamente el carácter contradictorio de la vida. Porque los hombres comunes pueden representar una parte pequeña, un escaso ángulo de este carácter de la naturaleza, y perecen pronto cuando crece la tensión de los contrastes, la condición preliminar de la grandeza.
Los interminables ataques al hombre solitario en EU que representa Trump, siempre proviniendo de sus grandes enemigos, los ataques en su contra de los instintos del rebaño enarbolando sus mentes programadas, de los valores tradicionales con los que lo juzga esa plebe construida artificialmente, la plebe espiritual y mental, sus instrumentos de defensa siempre amenazados. Solo unos cuantos se han salvado de la fuerza del empequeñecimiento de la mayorÃa, porque esos titiriteres “superiores” en realidad son los más pequeños que en su cobardÃa tratan de eliminar al más grande de todos, el de grandeza moral y espiritual, lo que ellos no conocen ni en diccionarios.
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