Algunos políticos mexicanos incluso podrían estar reclamando la construcción de un muro fronterizo para impedir la entrada de todos esos californianos en busca de empleo.
¿Quién fue ese distinguido visitante que ofreció tan sabios consejos a los mexicanos en enero y febrero de 1942? No fue otro que Ludwig von Mises. Su obra cumbre, *La acción humana* (*Human Action*), irrumpió en el escenario mundial hace exactamente 70 años —esta misma semana de 1949—; es decir, siete años después de su primera visita a México. Sin embargo, ya en 1942, Mises contaba con más de dos prolíficas décadas de trayectoria a sus espaldas como un pensador perspicaz y de renombre internacional.
A mi juicio, Mises:
sigue siendo no solo el economista preeminente de la Escuela Austríaca, sino también una figura colosal dentro de la propia ciencia económica. Resulta un trágico descuido el hecho de que nunca se le concediera el Premio Nobel, un galardón que, en cambio, ha sido otorgado con frecuencia a individuos de menor perspicacia y trascendencia. Si tan solo el mundo hubiera sabido apreciar la brillantez y la exhaustividad con las que Mises desmanteló el socialismo hace casi un siglo, se habrían podido evitar millones de muertes prematuras e incalculables sufrimientos en las décadas subsiguientes. Cincuenta premios Nobel resultarían insuficientes para honrar debidamente a este hombre; pero, al fin y al cabo, el mundo en el que vivimos dista mucho de ser justo. Si todo sale según lo planeado,
Mises obtendrá el documental que se merece cuando *Mises the Movie* se estrene a finales de 2020. (Usted puede apoyar el proyecto mediante una contribución económica). Mientras me preparaba para una entrevista con los realizadores de la película la semana pasada, releí el libro de 1976 *My Life with Ludwig von Mises* (Mi vida con Ludwig von Mises), escrito por la esposa del gran economista, Margit. Un breve capítulo titulado «Dos meses en México» captó mi atención de una manera que no lo hizo cuando lo leí por primera vez hace más de 40 años; probablemente esto se deba a mi interés más reciente en América Latina y a mi participación en la emocionante nueva iniciativa: FEE en Español.
A medida que la embestida de Hitler engullía una nación tras otra durante el verano de 1940, Ludwig y Margit von Mises abandonaron Europa. Tenían sobradas razones para huir, dada la hostilidad de los nazis hacia la talla mundial de Ludwig como defensor de las ideas del liberalismo clásico, sus demoledoras críticas al socialismo y, por supuesto, su origen judío.
La historia de Montes de Oca
Durante el invierno siguiente, en Nueva York, la pareja se reunió con un caballero de la Ciudad de México a quien llegaron a profesar un inmenso afecto. Su nombre era el señor Luis Montes de Oca, un destacado funcionario bancario y exsecretario de Hacienda (entre 1927 y 1932) bajo el mandato de tres presidentes de la República. Margit escribió sobre él con admiración:
Aunque era de baja estatura, era un gran hombre y se comportaba como tal. Poseía un conocimiento exhaustivo de la política, la economía y los asuntos mundiales; hablaba cuatro idiomas con fluidez, era un lector voraz y conocía todo cuanto Lu había escrito jamás. De inmediato nos invitó a Lu y a mí a viajar a México para ofrecer una serie de conferencias en la universidad, las cuales él mismo patrocinaría.
En su libro de 2016, *The Origins of Neoliberalism in Mexico: The Austrian School* (Los orígenes del neoliberalismo en México: La Escuela Austríaca), María Eugenia Romero Sotelo cita a destacados mexicanos que conocieron personalmente a Montes de Oca, describiéndolo como «un enemigo de las intervenciones oficiales destinadas a influir en la economía nacional» y como «un hombre de extraordinaria cultura». Se oponía firmemente a los déficits presupuestarios del gobierno, consciente de que estos lastran al país con gastos y deudas de dudosa justificación.
Defendió con valentía la libertad y el capitalismo, y Mises era su héroe por haber hecho lo mismo. Montes de Oca creía que, en sus propias palabras, «la consecuencia inevitable» de la planificación centralizada e intervencionista era «la creación de condiciones perturbadoras que no resuelven el problema que se pretendía remediar, sino que, por el contrario, plantean otros que complican y empeoran la situación».
Fue una época maravillosa, en la que Lu impartió numerosas conferencias tanto en el ámbito universitario como en el público.
A juzgar por la descripción de Margit, Montes de Oca fue el anfitrión perfecto. La vida en los Estados Unidos durante el primer año, aproximadamente, tras la llegada de ella y de Lu a Nueva York, resultó difícil. El ánimo de Lu estaba por los suelos; no solo había perdido gran parte de sus bienes personales, sino también su Austria. La situación económica era precaria. Además del alemán, su segundo idioma era el francés, no el inglés.
Sin embargo —comenzando con una recepción en el aeropuerto de la Ciudad de México que «casi parecía digna de la realeza»—, los casi dos meses que la pareja pasó en México marcaron un punto de inflexión. Fue una época maravillosa, en la que Lu impartió numerosas conferencias tanto en el ámbito universitario como en el público.

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