Ricardo Valenzuela

Durante buena parte mi vida me he sentido diferente al haber marchado siempre en contra de la afirmación de Thoreau. “La mayoría de la gente camina por la vida sufriendo siempre una silenciosa desesperación.” Porque de la mano del viejo Pedro Daniel, desde muy temprana edad decidí no ser parte de esa multitud de gente que sienten nacieron con un destino definido y nada lo podría cambiar. Y aun sin tener claro que quería de la vida, si tenía muy claro lo que no quería. No quería lo considerado tradicional. Estas son reglas que seguir, estas son las escuelas que debes asistir, este es el modelo que debes de seguir toda la vida.
Y si por gracia de alguna fuerza desconocida me llegara una de esas bendiciones que representan esos sueños tan valiosos e inusuales en la vida, esos premios tan escasos, debía defenderlo contra todo. Aunque en esa defensa tuviera que hacer a un lado lo que para mí era invaluable e inviolable, las enseñanzas del viejo Pedro Daniel y su filosofía del monte—dignidad, libertad, lealtad a quien la mereciera, ética y moral ante mi concepción de lo justo y lo correcto—en lo que pareciera una traición conmigo mismo solo para mantener ese premio que “me cayera del cielo.” Algo que nunca aceptaría.
Y llegaría ese momento cuando, al no estar de acuerdo con una serie de situaciones inaceptables decidí, no solo defender mi dignidad, mi integridad ante la fuerza injusta, la moralidad de lo que para mi no lo era, sino abandonar ese tesoro en donde se me quisiera condicionar aceptando lo que no era aceptable, porque los valores que me acompañaban no eran los mismos que impulsaban a la gente en los niveles en que me desenvolvía. Y ante la encrucijada que la vida me mostraba, bajar la cabeza consintiendo lo que se me exigía para mantener el tesoro, sin dudarlo me rebelaba ante quien nadie se había atrevido. Y mi dignidad, se consideraría arrogancia no permitida y me dictaban sentencia destructiva.
Sin saberlo o de forma inconsciente, yo siempre me identificaba fuera del rebaño formado por los zombis de Nietzsche que se rigen con la moral de los esclavos. Ese panorama tan parecido al de Thoreau que para el filósofo alemán eran muertos en vida, esa muerte emocional en sus vidas, esos que hoy día operan con piloto automático impulsados por la media, Hollywood, las redes sociales y, siendo la generalidad, parecen normales. Y, al leer a Nitzsche, me di cuenta me podía formar entre los que llamaba soberanos con su alergia al rebaño, legisladores de ellos mismos.
Y yo me había atrevido a rebelarme sabiendo que, al defender mis principios, mis valores, propósitos, me enfrentaría a esa fuerza que, al ritmo de su crecimiento, también crecía su soberbia y su enfermizo deseo de venganza y destrucción contra quien cometía el pecado de no arrodillarse y, sobre todo, le tiraba con el tesoro con instrucciones precisas de cómo utilizarlo, y así surgiría ese odio incomprensible de una mente confundida que entonces la única solución era el destruirme, aun cuando yo había abandonado lo que pareciera intención de un moderno vasallaje avalado por una corriente especial de la iglesia católica, bendiciendo sus agresiones contra mi persona.
Y ante la histeria de lo que parecía un señor invadido de rabia por el abandono de su esclavo, pero no cualquier esclavo, uno que no llenaba el perfil de sumisión, todo lo contrario. Un esclavo soberano que tenía sus propios valores, que nunca fuera cubierto por el nihilismo que atrapaba al mundo de aceptar la mediocridad. Que vivía con intensidad y ante fracasos surgía con más fuerza, el sufrimiento lo fortalecería. Amante de la soledad, pues, era su laboratorio para crear y construir. No le importaba que lo criticaran por ser diferente. Y al sufrir ataques de gran calado, decidí penetrar la mente de mi odiador.
Para eso tuve que acudir a la psicología del hombre religioso. Porque la religión reside en sentimientos de poder. Un sentimiento de miedo y temor de sí mismo. Todas las transformaciones son efectos, y los efectos creaciones de la voluntad, todos los efectos tienen un autor, solo es causa cuando se conoce la intención y dedicatoria. Los estados de poder dan al hombre la impresión de nunca ser la causa, de no ser responsable de ellos, suceden sin haberlos deseado, entonces, no somos los autores, la voluntad no es libre, una transformación operada en nosotros sin que hubiéramos querido o evitado necesita una voluntad ajena.
Entonces, el hombre nunca reclama autoría de los grandes y asombrosos momentos, los ha concebido como contratista, como maquilador. La religión es el surgimiento de la duda sobre la unidad de la persona; la gran alteración de su valor cuando todo lo grande y fuerte del hombre era sobrehumano, extraño y foráneo para él, el hombre se hacía pequeño, se colocaba ambos aspectos en dos esferas diferentes, una débil y otra fuerte. A la primera se le llamó hombre, a la segunda Dios. La religión había rebajado el concepto de hombre despojándolo de su voluntad, de su celestial interior, ese hombre es el esclavo. Y tiene un poder que domestica a las bestias más feroces
Así han surgido los cristianos que no practican las acciones que Jesús prescribiera para ellos, van a misa y salen a joder. Aprendí mucho de esta experiencia con aroma de incienso. Y veo que resulta inevitable la guerra de hombres superiores contra las masas, porque si el mundo sigue en poder de los que no aportan, estamos todos condenados. Por todas partes la mediocridad en sociedad con el narco avanza para hacerse dueña. Todo lo que reblandece, suaviza, valoriza al “pueblo” o a lo LGTB obra a favor del sufragio universal, del dominio de los hombres inferiores. Y se pierde tiempo con economías enfermas como la de Europa. Se necesita alentar a los fuertes, educación para que surjan los líderes y paralizar a los vampiros que ya invaden el congreso.
Se requiere a los verdaderos hombres fuertes en el escenario mundial, esos que son tan combatidos. Porque en los últimos siglos han sido los más agredidos mientras que los débiles son los favorecidos. Y ante tal incoherencia, los verdaderos, los justos, los independientes, individualistas creadores, se deben de cubrir con tintes de maldad para protegerse. Antes los criminales eran los que se ocultaban, ahora se apoderaron de todos los gobiernos del mundo donde son votados y admirados. Con gran urgencia se requiere un mundo con voluntad de poder.
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