Ricardo Valenzuela
Antes de que me enfrentaba a esa encrucijada de dos caminos tan diferentes, muy niño, cortesía de la compañera de mi abuelo, ya viudo, quien era gran admiradora de Pedro Infante, vi una de sus películas titulada, Ustedes los Ricos y Nosotros los Pobres, que me enviaría a un remolino de sentimientos, emociones y, sobre todo, grandes confusiones con ese mensaje de la cinta. Mi abuelo era rico, muy rico, pero era un hombre bueno que no cabía en el maligno molde de esa película. Era generoso, solidario, justo, de gran integridad. El era mi gran héroe y definitivamente no llenaba ese perfil.
Como estudiante del Tec de Monterrey, un amigo de Chihuahua con un perfil muy parecido al mío, de formación ranchera, seguido íbamos a un cine barato donde se exhibían esas películas mexicanas clásicas del campesino explotado por el cruel hacendado. En una ocasión, después de tres cintas revolucionarias con Tony Aguilar acompañadas de una botella de tequila que sin esfuerzo metíamos al cine. Al calor del tequila, dejábamos el lugar ambos listos para iniciar otra revolución contra hacendados explotadores. De repente mi amigo, abandonando tal estado, me dice: “Oiga chingón, su abuelo es el latifundista más grande de Sonora y el mío de Chihuahua, ¿qué chingados andamos haciendo de revolucionarios?”
Era solo una pista del torcido sistema de valores, un error del que ese hombre superior se ha enorgullecido como si fuera un privilegio de la humanidad. La ingenuidad de los viejos filósofos de su genealogía de la moral saltaba a la vista al determinar el origen del juicio de “bueno”. El hombre llamaba buenas las acciones altruistas desde el punto de vista de quienes las recibían, y la costumbre las certificaría buenas como si tuvieran su valor intrínseco. Pero, han sido los propios “buenos—aristócratas, los poderosos, los de espíritu elevado”—quienes ellos mismos se han calificado como buenos y sus acciones igual, totalmente contrarias a lo bajo, lo mezquino, vulgar, lo plebeyo del “malo”.
Fue a partir de esos anzuelos que se adjudicaron el derecho de crear sus propios valores, y acuñarles los nombres moldeando ese universo de una jerarquía interna. Ese pathos de la nobleza, el espíritu del cuerpo crónico y despótico, el instinto de una raza superior en contacto con una inferior, el verdadero origen de la antítesis entre lo bueno y lo malo. Por esto la palabra “bueno” ha permanecido muy lejos del significado altruista. Fue cuando decayeran los valores aristocráticos que la antítesis entre “egoísta” y “altruista” iniciaba a pesar más en la conciencia. Y así surgia el prejuicio sosteniendo que “moral”, “altruista”, “desinteresado” son conceptos equivalentes.
Pero se pensaba que ese “bueno” no se podría sostener con una contradicción psicológica interna, se suponía que la utilidad de la conducta altruista fue el motivo de su elevación y su falso origen sería olvidado. Sucedería lo contrario. Esa utilidad se ha experimentado sin detenerse, por ello recibía un nuevo énfasis día tras día, lejos de desvanecerse de la conciencia, debería grabarse en ella profundamente. Cuando mas coherente resultara la teoría opuesta, no la verdadera, representada por Herbert Spencer equipando el concepto de bueno a útil, adecuado a un fin, en los juicios de bueno y malo la humanidad solo resumía y sancionaba sus experiencias ancestrales acerca de lo útil-adecuado y lo dañino-inadecuado, para permanecer inamovible.
Fue cuando Nietzsche me mostraba el verdadero significado etimológico de los términos. Vi claro que todos apuntan a la misma evolución de una idea. Aristócrata, noble, significado del bueno como de “alma aristocrática”, de espíritu elevado, alma privilegiada, siempre paralelo al desarrollo de lo vulgar, el plebeyo, lo bajo, convirtiéndose en lo malo. La prueba mas elocuente de esto es la palabra alemana, schlecht, originalmente sin connotación negativa, solo se designaba al hombre plebeyo en contraste con el aristócrata. En la época más tardía, fue cuando este sentido evolucionaba hasta lo que es hoy día, dependiente del estado.
En la nobleza griega, representada por el poeta Teognis, había una palabra acuñada para este fin que significaba “el que es” “quien es el verdadero,” “el verídico”. La palabra se convirtió en el lema y el grito del partido de la nobleza excluyendo al mentiroso, al vulgar, el cobarde, al ladrón inmoral. En el latín malus, era el hombre vulgar que se distinguía por su tez oscura y el cabello negro, es decir, los habitantes anteriores a los romanos en Italia, cuyo color de piel era el rasgo más visible frente a los dominadores de tez muy blanca, la raza aria conquistadora, el gaélico surtía a la historia la analogía de lo que significa herencia.
En latín el significado de bonus era guerrero, pero Nietzsche ampliaría el concepto del antiguo duonus como el hombre de la discordia, de la diferencia, de separación del rebaño. Era lo que en la antigua Roma significaba “el bueno.” No existe excepción a esta regla; la superioridad política siempre termina en la superioridad psicológica y, cuando la casta elevada coincide con la casta sacerdotal, de acuerdo con ciertas tendencias, se atribuye el privilegio especial a la función sacerdotal. Pero, siempre ha existido una contaminación enfermiza en las clases sacerdotales. La sociedad ha sufrido mucho por los efectos de las curas sacerdotales. Nietzsche los calificaba de venenosos y siniestros.
Hay una poderosa fuerza opuesta a la ecuación aristocrática, que se han atrevido a proponer la ecuación contraria, y sostenerla con la fiereza del odio más profundo, odio nacido de la debilidad: solo los desdichados son buenos, los pobres, los débiles, los humildes son los buenos. Los que sufren, los necesitados, enfermos, los repugnantes son los benditos, piadosos, solo para ellos hay salvación. Y los aristócratas, los poderosos, codiciosos, los impíos serán los malditos y por siempre los condenados. Esta fuerza ha sido la responsable de esta transvaloración y su declaración de guerra que representan los esclavos en el terreno de la moral, y están a punto de triunfar.
El error mas grande de la humanidad ha sido la demente idea de la igualdad forzada de los seres todos los humanos. La elevación del hombre solo se ha logrado en la libertad y fuerza espiritual.
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