Ricardo Valenzuela
En medio del rugido mundial que iniciara el descubrimiento del nuevo continente bautizado como America. El rugido de una humanidad harta del contenido de la historia en los primeros 15 siglos de la era cristiana, una era cincelada con guerras, invasiones, revoluciones, luchas políticas y religiosas y, sobre todo, una iglesia católica cada vez más poderosa y tiránica de la mano con esa Sagrada Inquisición. Un rugido que mostraba la posibilidad que en Europa no existía, la oportunidad en un nuevo continente donde no existía el vasallaje ni el feudalismo.
Un enorme continente cuajado de riquezas naturales inexplotadas, selvas infinitas totalmente vírgenes, de planicies con ricos pastos que parecían no tener fin, frondosos bosques mas grandes que la mayoría de paises de Europa, montañas más grandes que los pirineos, desiertos igualmente infinitos, caudalosos ríos de la magnitud del rio Nilo y hasta superiores. Un continente abarcando los dos polos, el Norte y el Sur. Y todavía no tenían idea de los grandes monumentos que contenían oro y plata, los mágicos elementos más demandados del mundo.
Un rugido que llevaría a un ambicioso militar, Heran Cortés, a vivir la aventura de su vida y pasar a la historia. Pero, cinco años antes del descubrimiento del continente, el Gran Teocali de Tenochtitlán era consagrado con torrentes de sangre. Gobernaba Ahuitzotl, octavo líder del imperio y tío de Moctezuma. Cuatro filas de inocentes, formadas desde los puntos cardinales, mansamente caminaban hasta el lugar de su sacrificio, y luego ascender las escalinatas del Gran Teocali para, sin entender por qué, debian entregar sus vidas al dios Huitzilopochtli.
Ixtlilxóchitl afirmaría que en el Gran Teocali y en otros trece menores los sacrificados habían sido ochenta mil, aunque otras estimaciones fijan la cifra en veinte mil. Esa macabra tarea duraría cuatro dias, desde la salida hasta la desaparición del sol. Sin embargo, parecía que Huitzilopochtli lo intuyera, y la orgia de sangre era como festejaba su cercano fin. En 1517 Francisco Hernandez de Cordova descubría las tierras de Anáhuac al tocar Cabo Catoche y, ante enfrentamientos con nativos, regresaba a Cuba. La siguiente expedición recorrería parte de Yucatán llegando hasta la isla de los sacrificios, y también regresaba a Cuba.
La tercera expedición zarpaba audazmente de Punta de San Antón, Cuba, encabezada por Hernan Cortés, a quien el gobernador Diego de Velazques se disponía a revelar del mando por los celos que le provocaba. Después de navegar 70 dias, dejando atrás un gobierno que ya lo consideraba proscrito, y enfrentando un futuro incierto en esas tierras desconocidas, Cortés atracaba al atardecer en abril de 1519 en lo que hoy es San Juan de Ulúa. Y, desde ese momento, para él no habría más objetivo que avanzar o perecer. Y procedía a desmantelar sus naves ante la sorpresa de soldados y marinos que lo acompañaban.
Adelante estaban las selvas de tierras desconocidas, llenas de peligros y pobladas por indígenas, y atrás quedaba el mar como infranqueable barrera hacia el pasado. De esa forma Cortés revelaba su temple de gran capitán y conjuraba la primera crisis de su atrevida empresa. Después de breves combates con los tlaxcaltecas, los indígenas acudían a la diplomacia invitando a los españoles a sus dominios, al mismo tiempo que promovían a los otomíes para que, a través de la ruta, atacaran para medir la fuerza de Cortés. Y derrotándolos, los tlaxcaltecas decidían era mejor tenerlo como aliado no enemigo.
Mientras tanto el emperador Moctezuma con horror se enteraba del arribo de esos hombres blancos y recordaba las ominosas predicciones de Quetzalcóatl. Moctezuma no era cobarde ni traidor; descendía de una probada estirpe y lo había demostrado en combate, pero, sabiamente, creía era inútil oponerse a lo que parecía, y en realidad era, la fuerza indubitable del Destino anunciado por aquel profeta blanco. Por eso su indecisión ante el intruso, sus intentos de congraciarse con él y su floja esperanza de inducirlo a que abandonara su intención. Pero, todavía quiso poner a prueba esa fuerza y alentó a los cholultecas para que le prepararan una emboscada.
Pero, Cortés se dio cuenta y con decisión atacaría provocando grandes bajas y se adueñaba del campo. Fray Bartolome de las Casas, censuraba su acción como un acto incompasivo sin piedad. Pero para Cortés la piedad no debía ser el sentimiento que moviera la guerra ni caracterizar a los guerreros en acción. La guerra para él era un trance del hombre de armas, era la encrucijada de matar o morir y, solo después del triunfo, habría lugar para piedad y compasión. Pasando entre los dos volcanes vigilantes, tras escalar casi cuatro mil metros, su expedición penetró el valle de la Gran Tenochtitlan y se iniciaba otra historia de Mexico.
Después de combatir a los Aztecas, a la muerte de Cuitláhuac y Cuahutemoc en el trono de emperador, finalmente en 1521 caería el imperio azteca. Había sido una lucha entre dos valerosos líderes y entre dos razas. Cuahutemoc y Cortés serían esos dos símbolos, una lucha con hierro y sangre en la región que todavía no encuentra su destino. Pero tampoco su identidad, aunque se haya promovido la identificación del ciudadano con el mestizaje, algo que realmente nunca se lograría. Cortés emergía como jefe de lo que habia sido el imperio Azteca. Una rápida pacificación de tres millones de indios que iniciaban una larga paz.
La historia de Cortés en Mexico, no solo se ha falsificado para crear el verdugo de nuestros pobres indígenas. Un balance honesto de la conquista arrojaría un saldo mucho más lo positivo. Se ejecutaron grandes construcciones, se colonizaron tierras, se fundaron ciudades, villas, se abrieron caminos y comunicaciones que dieran sentido de unidad, se trazaron los causes para la vida política, industrial, comercial y cultural. Él fue el verdadero fundador del nuevo pais en el que su religión, la autocracia de la corona española, e, inclusive, su geografía, construirían grandes barreras.
Marcharía por los siglos de la colonia, la independencia de 1920, la revolucion de 1910. Una metamorfosis que nunca se detendría hasta que emergiera el cuasimodo destructivo que todavía cabalga por toda la geografía nacional. Nuestro personaje llegaría al Valle de Tacupeto en Sonora.
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