Ricardo Valenzuela

Un cinco de mayo, al inicio del siglo 20, nacía un niño en un pueblo de la sierra de Sonora llamado Sahuaripa, un pueblo muy especial y particular. Este niño vería la primera luz en una familia que llenaba la etiqueta clásica de esa región de la sierra alta integrada por el Valle de Tacupeto, Bacanora, Sahuaripa, una zona a donde solo los españoles más intrépidos llegarían en el siglo 17 para, a pesar de los peligros de ese lugar aislado de la civilización, iniciar sus asentamientos. Ese había sido el destino del Capitan Diego de Valenzuela quien arribaría al Valle de Tacupeto alrededor de 1670.
Identificando a su padre, el también Capitan Lucas de Valenzuela, quien habia nacido en España y se instalara en Alamos vía el punto clave del Virreinato, San Miguel de Culiacán, podríamos afirmar ellos fueron las semillas que le dieran vida a nuestra familia Valenzuela y, por supuesto, del niño que estaba naciendo aquel 5 de mayo y sería el penúltimo de una tropa que, en diferentes versiones, se afirma serían más de una docena.
Ese niño que, el mismo año de su nacimiento, perdería a su padre en esos avatares de la revolución mexicana que se iniciaba. Esa tragedia dejaba viuda a su madre con muchas bocas que debía alimentar. Y, ante tal evento, los tres primeros miembros que arribaran a la familia, Federico, Arturo, Gilberto, tomarían la responsabilidad del fallecido padre. De forma especial Federico quien, mostrando una nata habilidad para los negocios, asumía totalmente la responsabilidad de tal manera que, a su hermano Gilberto, le permitiera continuar sus estudios y graduarse como abogado y le daba herramientas para un futuro brillante.
Ese niño sería bautizado como Ricardo y, como era natural, al haber perdido a su padre sin haber tenido tan solo la oportunidad de conocerlo había abierto una profunda grieta que, de alguna forma, debió ser llenada por sus hermanos mayores que eran hombres verdaderamente ejemplares. De su hermano Gilberto había aprendido el gran tesoro que representaba una buena educación, pero, siempre acompañada de los valores con los cuales ellos, sus tres hermanos, habían sido cincelados y ello lo establecería como objetivo supremo de su vida.
Al terminar la ultima etapa de la revolucion en 1920, su hermano Gilberto ya reconocido como un brillante abogado que fuera el autor intelectual del Plan de Agua Prieta que condujera a Obregon a la presidencia. Lo nombraba secretario de Gobernación y debía residir en la ciudad de Mexico. Al iniciar esa aventura, se llevaba con el a mi padre a los 10 años y continuar sus estudios en esa ciudad. Su hermano Gilberto ocupaba una casa adjunta al castillo de Chapultepec, donde residía y trabajaba el presidente, así mi padre conoció al presidente Obregón y a su amigo Alvaro Obregón Jr, con quien paseaba en ponis por todo el bosque vigilados por la guardia yaqui del presidente.
Pero, ante la innegociable virtud y la moralidad de su hermano Gilberto y, sobre todo, su sagrado compromiso con el respeto de la ley, en un pais destruido por la revolucion al igual que su sistema judicial, en su frustración le pediría al presidente lo enviara a una embajada en Europa, todavía el centro mundial de la cultura, de la filosofía, derecho internacional, de la política de altura inspirada por Voltaire, en donde podría, además, continuar su desarrollo como abogado internacional en Lobaina.
Así, mi padre a sus escasos 11 años, partía con su hermano a Europa contagiado por el mismo sueño de adquirir el capital intelectual, proseguir sus estudios en el Ateneo Real de Bruselas, un instituto elite fundado por Napoleon, en su vía hacia la universidad que podría ser la de Bruselas, Lobaina e, inclusive la Sorbona en Paris. O tal vez el London School of Economics and Political Science. ¿Y por qué no? su hermano le decía Mexico cambiaría y habría lugar para la buena política, para servidores públicos honestos, se valoraría la moral y el capital intelectual.
En 1924 se elegía presidente a otro sonorense, Calles, un hombre con el cual su hermano Gilberto, desde que se conocieran en Sonora, habían mantenido una relación odio-amor en la cual, en una ocasión, Calles siendo gobernador habia tratado de matarlo al no aceptar una orden para que retirara una demanda por asesinato al jefe de sus guardaespaldas, por lo que tuvo que intervenir mi abuela para que Gilberto abandonara el Estado.
Como presidente electo, haría una jira por Europa y, aconsejado por Obregón, le pedía a su hermano Gilberto que lo acompañara en toda su trayectoria. Mi padre acompañaría a su hermano y la describía como la gran experiencia de su vida. Recibían a Calles en el puerto de Hamburgo en un evento que mi padre recordaría toda su vida. Cuando su hermano se lo presentara, Calles le ponía su mano en la cabeza y le decía; “estudia mucho mijito que Mexico necesita talento como el tuyo”. Los acompañaría en sus visitas a Alemania, Austria, Holanda y, en especial, en Francia, donde Calles, ante el prefecto de Paris, en un emotivo acto, cerraba la herida de aquella guerra entre los dos paises.
Las platicas entre Calles y su hermano, que pudo escuchar durante todo el viaje, las describía como las lecciones más grandes de sabiduria política, filosófica, económica, legislativa que, en ese momento de su vida, lo hicieran pensar que Calles era un hombre del calibre de Marco Aurelio y, estaba seguro de que, en los 4 años de su presidencia, aseguraría con visión, legalidad, y en paz, un futuro para Mexico que lo elevaría a las alturas de la grandeza que nunca había conocido. Su hermano regresaba a Mexico para de nuevo ocupar la secretaria de gobernación, y consciente de que Calles conocía bien a su hermano, lo hiciera reforzar su idea del calibre de estadista de Calles y el futuro del pais y el suyo que, ante la vista de un chamaco, se tornaba cada vez más brillante.
Pero, se habia equivocado de la forma más dolorosa y el futuro ya no lucia tan brillante, más bien, empezaba a lucir tenebroso. Su hermano chocaba con el mismo Calles que había conocido en Sonora. Pero, increíblemente, a pesar del enfrentamiento, su hermano llegaba a Londres como embajador. Y, en medio de su decepción, surgia algo que lo animaba, iniciaba los trámites para, después de graduarse como abogado, acudir al LSE en donde, al conocer el gran Hayak, el discípulo de Mises, se le abriría la puerta de un mundo nuevo.
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