Ricardo Valenzuela
A finales de los años 80, cuando recién llegaba a mi cita con mis 40s, pero con un impresionante currículo—blanco y rojo—que me llevara a ser presidente de un banco a mis 30 años, pero, como seguido sucede cuando se encuentran juventud y grandes éxitos, salía de un programa de rehabilitación para mi adicción al alcohol y a la dolce vita global, con una clara idea en mente. Debía de explorar el potencial infinito del cerebro humano con sus 100 billones de neuronas, de las cuales, inexplicablemente, usábamos menos de un 10%. Y, con mi personalidad compulsiva, buscaría por todos lados.
En un viaje que hice a la ciudad de México, un buen amigo que mostraba la misma inquietud me llevaría a conocer uno de esos raros e incomprendidos científicos llamado, Jacobo Grinberg, quien ya se empezaba a formar esa reputación. El conocerlo, creo podría calificar como una de las más grandes experiencias de mi vida, pues, este hombre me abría las puertas a una región en la cual, mi insipiente conocimiento del tema me decía que no había atravesado ni la primera capa de un todo que claramente tenía una dimensión de proporciones increíbles.