Ricardo Valenzuela

El haber desempolvado el paquete conteniendo información de la impresionante obra autoría de Jacobo Grinberg, me ha llevado a campos completamente nuevos que me han cimbrado de forma especial. Y califico de especial porque es cuando me encontraba sumergido tratando de encontrar una liga con la religión que utilizaran para educarme, pero, siempre con ese tinte tiránico de una fe incuestionable que, a través del temor y culpa, me trataran de obligar a su aceptación. Algo que finalmente me alejara de la religión tradicional. Pero, al conocer los evangelios gnósticos, una tenue luz aparecía en medio de mi ruta.
Esa ruta donde descubriera a un Jesús diferente, un Jesús más cercano y, sobre todo, más concebible puesto que, al beber en manantiales diferentes, claramente ante mí surgía ese Jesús tecnológico y cuántico. Pero, aun habiendo llegado a ese punto, yo requería de más bases para lograr ese tinte final que le debía dar potencia a lo que se gestaba como mis nuevas creencias. Un tinte que de forma contundente me lo estaría dando este hombre al leer cómo afirmara que la mayoría del contenido de la biblia, antes de arribar a los evangelios gnósticos, era un instrumento para provocar un comportamiento especial de las neuronas cerebrales provocando una conexión de gran intencionalidad. Es decir, mensajes para un control de una potente intencionalidad de alguien ajeno a los verdaderos mensajes de Jesús.
Pues desde que nacemos nos han insistido que la biblia era la palabra de Dios, pero era la preparación de un campo fértil para una clara programación de sumisión y entrega total. Y un claro ejemplo era el Salmo 23 afirmando, “Por la fe andamos y el Señor es mi pastor, guía y protector que provee descanso, guía por sendas justas, consuela en la oscuridad, prometiendo su bondad y misericordia para siempre en casa.” Era contrario al mensaje de Jesús de una individualidad, invitando a encontrar nuestro reino celestial interior, pero, como nuestra responsabilidad. Y, lo más preocupante, esa biblia ordenada por Constantino en el concilio de Nicea también usaba su mensaje cuántico.
Jacobo afirmaba que el cerebro es un instrumento divino que, configurando las tendencias neuronales, nos podría llevar a la magnitud y del poder celestial o, al más miserable de los infiernos recetados. Pasaba luego a describir cómo la glándula pineal tiene la capacidad de producir una química, para lograr que todas las células del cerebro vibren en la misma frecuencia del universo para producir una paz cuántica. Pero, es responsabilidad individual. Y su sociedad con el corazón y el cerebro, poseedores de esas células de energía cuántica, nos puede llevar a ese cielo interior que Jesús tanto insistía. Un campo de conciencia cuántica que, lejos de lo que nos han dictado, existe durante toda la vida no se va extinguiendo con la edad.
Así, Jacobo reafirmaba lo que yo ya conocía: “El reino de los cielos está en nuestro interior y es una fuerza celestial tan poderosa que puede crear nuestra realidad.” Pero, es algo que el individuo debe encontrar, nunca entregando esa responsabilidad a iglesias, curas, gobiernos, sindicatos y, de esa forma, los pensamientos se pueden convertir en una fuerza infinita para lograr ese nivel de conciencia divina, y pueden ser reforzados con esas afirmaciones conscientes, con frases escritas a mano, pero siempre todo producto de esa atención cuántica, con la seguridad de lograr lo que pretendemos. Pero, en cierto punto, Jacobo penetraba campos prohibidos cuando, con la potencia de su campo electromagnético, lograra sanar enfermedades graves.
Y llegaba a un segmento de sus escritos que verdaderamente me cimbraría de forma personal. Él había estudiado la consciencia de quienes ha tenido que enfrentar esos sufrimientos que a muchos destruyen. Se dio cuenta de que sus cerebros se configuran de forma diferente para afirmar, que ese sufrimiento no ha sido en vano y el universo lo reconoce y lo compensa. Así llegaba a mi mente la frase de James Allen: “el sufrimiento tiene la función de purificar, quemar lo inútil y lo impuro.” El cerebro de quienes sufren se reorganiza diferente, logrando niveles de una integración de sus neuronas en una mágica evolución. El campo electromagnético de quienes sufren se expande para ampliar esa aura de centímetros que tenemos alrededor, para ubicar la de ellos hasta varios metros con iluminación especial. A las almas puras les abre puertas hacia lo que no conocían.
Y el universo no es ajeno al sufrimiento y responde. Su campo cuántico de información pura los abraza y ese sufrimiento provoca una relación especial reorganizando su estructura de neuronas cuánticas. Daba ejemplos de consciencias verdaderamente elevadas, con poderes especiales, que confesaban sus poderes, habían surgido en medio de grandes sufrimientos en sus vidas y les dieran una especial capacidad neurológica. A las almas puras el sufrimiento no las destruye, les configura su cerebro para que emerjan esos poderes que, en realidad, son manifestación de su reino interior ya encontrado. Con ello provocaba la furia de la industria farmacéutica mundial.
Y mientras a la mayoría los destruye, a estas almas puras les surte nuevas personalidades de tinte divino, cambia sus conductas con nueva fortaleza. El tiempo, de alguna forma, esa conciencia superior lo expande o lo contrae a su medida, les da poderes premonitorios. Se activan partes de sus cerebros de forma milagrosa que nadie ha llegado a conocer. El universo sabe de ese gran sufrimiento y lo compensa con una especial coherencia cuántica. Son quienes consideran el dolor es inevitable, pero el sufrir es opcional. Porque el sufrimiento es también ese gran colador que separa ganadores y perdedores.
Como Jesús hubiere surgido siendo el gran enemigo del Imperio Romano, Jacobo surgía igual al haber invadido el mismo campo de la liberación de los seres humanos, tan temido por los Arcontes, los demonios que identificaba Jesús. Esos herederos de la tradición del Concilio de Nicea y su receta para aprisionar a la humanidad a base de culpa, temor, promesa de un premio futuro. Y al no ser católico, la iglesia mexicana se sumaba a los Arcontes y misteriosamente desaparecía en 1994. Y, 30 años después, nadie saque que fue lo que lo desapareciera.
Pero dejaba herencia con sus instrucciones.
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