Ricardo Valenzuela
Cuando rescaté el paquete de información conteniendo las ideas de Jacobo que había permanecido empolvado por tanto tiempo, no tenía la menor sospecha de lo que me esperaba, pues, lejos de la superficial impresión que yo me había formado al conocerlo aquellos años lejanos, solo un científico investigando el cerebro humano, yo había mostrado mi miopía. Al avanzar en su revisión, claramente aparecía no solo ese científico radiando genialidad, sino también un místico de una nueva espiritualidad similar a la increíble habilidad de Joe Chamaco, aquel profesional del billar jugando en varias bandas con una maestría casi celestial.
Me daba cuenta de que, mi viejo sueño de conocer mejor el gran potencial del cerebro, en realidad era respuesta a lo que Jacobo llamaría como ese proceso de un despertar, no para iniciar una nueva construcción, sino para remover el polvo de lo que había estado cubriendo la realidad de quien verdaderamente soy. No un explorador en busca de lo desconocido, sino para recordar lo que ya sabía, pero, que ya tenía y había olvidado. Algo que, de inmediato, ligara con el verdadero mensaje de Jesús, porque él no había venido a construir una religión, sino a despertarnos para encontrar la chispa divina ya incrustada en nuestro interior.
