UN NUEVO CICLO PARA MEDITAR Y DECIDIR

Ricardo Valenzuela

Síndrome de la mujer maltratada 

Siempre que llegamos a la Navidad anunciando un nuevo año que ya está en el umbral, es una buena oportunidad para llevar a cabo una profunda meditación revisando, no solo lo que el año ya a punto de fenecer, nos ha surtido en los diferentes aspectos de nuestras vidas, sino también, atrevernos, con un nuevo lente, a evaluar la situación del mundo en que vivimos. Y uso la palabra atrevernos, porque si lo hacemos con honestidad, abandonando esa visión tradicional para asumir un estado de vacío, se nos develará un panorama verdaderamente horripilante que, sin lugar a duda, nos impediría esperarlo con optimismo. 

Los seres humanos operamos a base de vibraciones que, positivas o negativas, se transforman en conductas que producen resultados en nuestras vidas. Algo de lo que no estamos conscientes y la mayoría de los seres humanos operan en ese fatal piloto automático, pues, desde el inicio de la civilización, nos han estado programando para operar con vibraciones negativas apuntando siempre al fracaso, combinando esa programación con técnicas muy efectivas para expropiar nuestro infinito potencial. Algo que organizaciones como el Illuminati, manejan a la perfección en donde la más obvia ha sido la calcificación de la glándula pineal que Descartes describía como el asiento de Dios.

Con eso nos han provocado ignorar lo que nos dice la física cuántica, los pensamientos pueden construir realidades—lo que esas fuerzas oscuras siempre han tratado de evitar. Y así ha surgido esa infame sociedad de las iglesias, gobiernos, las grandes corporaciones, para mantener nuestras vibraciones con las que el gran poder ha expropiado nuestros poderes hasta dejarlos inservibles. Y esas sociedades desarmadas, dócilmente permiten que surjan realidades fellinescas como la que está de moda, la de Venezuela ya en el umbral del infierno, la de México que se encamina hacia lo mismo en manos de rufianes de la misma banda. Y pregunto ¿Cómo es posible que Maduro y Cia se hayan robado $700,000 millones de dólares y todavía permanezcan? 

Esa estructura diabólica que se ha construido durante tantos siglos y no ha permitido que el ser humano logre su plenitud porque, con esa eterna programación, nos han castrado, no solo para neutralizar ese poder latente, sino alga más dramático, aceptar la explotación que la humanidad ha sufrido sintiendo esa es la realidad y no se puede modificar. Esa programación similar a la conducta de los esclavos liberados en la guerra civil de EU, que, al lograr su libertad desconocida, ante el horror de su dependencia, se ofrecían de nuevo como esclavos con los amos que los habían explotado. Esclavitud mental, espiritual, que todavía existe en todo el mundo disfrazada de esa democracia. 

Si se llevara a cabo un concurso para etiquetar a la humanidad actual como un todo, la más honesta, certera y descriptiva, sería de mediocridad en la forma más avanzada. Porque como sabiamente la describiera Thoreau; “la mayoría de la gente camina por la vida, siempre sufriendo una silenciosa desesperación.” Por eso los grandes “capitalistas” siempre han financiado el comunismo, su mejor vehículo para esclavizar a la gente. Ellos ya controlaban los gobiernos, pues, los habían comprado, pero las masas eran más difíciles de dominar. La esclavitud del comunismo le serviría a la medida de sus requerimientos. Esos son los modernos arcontes de la biblia. El mundo entonces se convirtió en un burdel global donde ya no hay límites para sus pecados.    

Así se provocaba ese cáncer conocido como “disonancia conductiva,” en donde la gente programada, aun en esclavitud de tantos siglos, se resiste ante cualquier cambio de programación. Algo similar al síndrome de la mujer abusada que, cuando alguien tratara de rescatarla, furiosa, argumentaba, “él es mi viejo y tiene todo el derecho de abusarme.” Y al buscar alguna solución, finalmente entendimos que solo en el silencio de una meditación profunda que nos lleve a una conciencia elevada se puede encontrar, no para aprender, sino para desaprender, tampoco para construir lo nuevo, sino para demoler los muros de esa vieja prisión. 

Ese estado tan especial de vacío que los filósofos siempre han descrito. Ese estado que provoca al cerebro operar de forma diferente, desconectado de lo que ha sido lo tradicional, para identificar las cadenas invisibles, pero muy reales, solo así podríamos claramente sentir no era posible mantener esa situación y algo se debía hacer. Un estado que algunas veces lo hemos conocido en esas ocasiones especiales, pero, sin darnos cuenta, porque en este mundo nos ha mantenido distantes de la verdadera naturaleza. Y no vemos que, como lo afirmara el gran Tesla, todo opera a base de vibraciones y energía y debemos encontrarla. 

Y si llegamos a encontrar y entender ese misterio, nos daremos cuenta de que es un poder que siempre hemos tenido en nuestro interior, pero, durante siglos, ha estado bloqueado para basar nuestras vidas solo en lo exterior. Y no deberíamos pedir a Dios en medio de una ciega ignorancia, sino lograr que nuestra vibración se ubique en su misma frecuencia. Pues nuestras vibraciones tradicionales siempre han sido de miedo al futuro, envidia, culpa, todo eso que provoca que nos sintamos inútiles, cuando deberíamos vibrar en la frecuencia divina de potencia, seguridad, compasión, esperanza real. 

Porque, si encontramos nuestra potencia interior, dejaremos de vivir en esa oculta esclavitud y tomar las riendas para darle la bienvenida a los problemas como ese valiente observador. Pues esa frecuencia divina nos ha estado esperando para unirnos a ella. Pero esa actitud de guerrero armado para soluciones, solo la podemos encontrar en la soledad y ese silencio que nos señale la puerta hacia esa vibración divina. Porque Dios no es ese viejito barbudo que siempre nos han descrito. Dios es esa celestial energía y vibración que coordina el universo e, inclusive, nos puede llevar a cambiar hasta las ideas que consideramos como éxito. 

Porque ese poder que el mismo Jesús identificaba como el reino de los cielos en nuestro interior, es un poder desconocido que lo podemos encontrar al lograr esa frecuencia cuántica, el vínculo a esos lugares de grandeza. Y como afirmaba Jesús, es algo que ya tenemos, pero lo hemos olvidado y hace mucho dejamos de buscarlo. Y hay herramientas poderosas que podemos utilizar, pero, es nuestra responsabilidad, no de iglesias ni sindicatos, él ya nos dio las herramientas y nos espera.  

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