Ricardo Valenzuela
Todo aquello que sofoca la individualidad, cualquier nombre que se le dé, es despotismo.
John Stuart Mill
Sigo cosechando enemigos, pero mantengo mi apoyo al presidente Trump porque lo que está logrando, no solo es admirable, es histórico, y en su repertorio hay algo que, con su frase, Make America Great Again, ha declarado una guerra contra enemigos que, con armas silenciosas, han atacado y casi destruido el activo que había cimentado el país. Ese elemento que elevaría a esta nación a su grandeza, el concepto único del ciudadano portado por sus individuos que siempre lo había distinguido ante todos los países del mundo. El ciudadano libre y ejemplar
En Europa lo destruyeron con su Unión invadiéndola con gente que son la antítesis del concepto. Y otro de los agredidos admiradores de Trump, Victor Davis Hanson, lo ha expresado con una inteligencia que moja la pólvora de los odiadores del presidente, esos socios de los que asesinaron al ciudadano. Hansen es un hombre de un gran calibre intelectual, de esa sabiduría tan escasa. Y, lo ha demostrado con la publicación de un libro sobre el tema que pone sobre aviso a los enemigos de Trump, obra que actúa como la kriptonita para Superman.
Hoy día solo la mitad de la población del mundo, son ciudadanos de gobiernos totalmente consensuales gozando protección constitucional de sus libertades. Y todos son residentes de occidente o, por lo menos, residentes de naciones donde, supuestamente, han sido occidentalizados. Por eso millones de gente del norte de África arriesgan sus vidas cruzando el mediterráneo para llegar a Europa, millones más surgen desde México y América Latina para cruzar la frontera de EUA. A ese éxodo se le identifica como la aventura desesperada buscando mejorar sus vidas, seguridad, o la oportunidad de ser ciudadano para dejar de ser siervos sin la ciudadanía que les negaran en casa.
En el mundo de las verdaderas democracias, concepto muy superior al derecho de votar, solo el 20% han existido por medio siglo. Pero, lamentablemente, en estos momentos el número de “verdaderas democracias” ha estado disminuyendo pues, irónicamente, tanta gente está arribando a lo que está ya desapareciendo y así abonan a esa destrucción. Es probable que ese deprimente hecho sea un llamado de atención, pues no es fácil para la gente gobernarse ellos mismos, mucho menos proteger y ejercitar esa libertad heredada de Dios. Ciudadanía, después de todo, no es un derecho; es algo que requiere un gran esfuerzo. Así, cierta gente de las repúblicas ha decidido buscar derechos sin asumir responsabilidades, y no les importa saber cómo y por qué o de donde heredaron esos privilegios.
Aun así, para los agraciados residentes globales de estados constitucionales, han transformado la ciudadanía en libertades más allá de una superficial apariencia. Es una cualidad más importante que una religión común y la geografía colectiva. Ciudadanos no deben ser meros residentes buscando solo recibir más que dar. Ellos no son gente de tribus que se unen por apariencia ni ligas de sangre. No son campesinos ignorantes controlados por la gente rica. Tampoco debe ser su principal motivo ser parte de una abstracta y no entendida mancomunidad mundial.
El filósofo político alemán del siglo 18 en la iluminación inglesa, Emanuel Kant, quizás fue quien hiciera la mejor interpretación de esos excepcionales derechos que, él pensaba, algún día podrían definir al ciudadano occidental, cuando menos era su esperanza para surgimiento del ciudadano europeo ideal. Kant veía un ciudadano gozando de libertad amparada por la ley, con el atributo de no obedecer ninguna otra ley, más que la que él hubiera aprobado dando su consentimiento. Es decir, un rey o dictador no podría forzar su voluntad sobre quienes no lo habían elegido. Y algo revolucionario, los ciudadanos debían tener garantizada su igualdad civil ante la ley.
Ellos no deberían reconocer a nadie superior, esbozando la capacidad moral para atarlos como su derecho propio, de tal manera que ellos tampoco podrían, a su vez, de la misma forma atar a los demás. El estado no debería proceder con el rey, ricos, nobles, mejor que con los pobres. Finalmente, Kant acudía al atributo de independencia civil. El objetivo del ciudadano sería lograr ser dueño de su existencia y su preservación ligado a sus propios derechos y deberes como miembro de la comunidad, no a la voluntad de otros. El ciudadano no debería agradecer a nadie por sus derechos. Porque eran naturales, innatos, de su propiedad y haría buen uso de ellos.
Estas visiones de Kant en el siglo 18 no serían establecidas ni aplicadas en Europa hasta los finales de los 90, con las democracias parlamentarias remplazando los regímenes comunistas de Europa Oriental—más de dos siglos después del nacimiento de la democracia americana. Pero, sus creadores nunca mantendrían las promesas de la ciudadanía occidental y así caían en la trampa de su unión.
Un ciudadano libre, con igualdad ante la ley, y políticamente independiente, era la versión EUA que significa los ciudadanos no seguirían cualquier ley, más que las autorizadas por sus representantes electos. Los reguladores, no electos, podían emitir ríos de edictos, pero, no necesariamente obligatorios por ley. Ningún alcalde podría declarar las leyes federales de inmigración no obligatorias. Ningún senador ni presidente otorgaría nada en Estados Unidos, porque es un servidor, no un amo de la gente.
Los ciudadanos de EUA eran poseedores de esos derechos naturales e inalienables otorgados por una deidad suprema, y solo serían responsables ante sí mismos. El ciudadano de EUA, desde su nacimiento como país, había sido el más libre y poderoso de todos los países del mundo. Puesto que todo se habia escrito con sangre en su bella Constitución libertaria. Una carta magna con impresionante similitud a la individualización de Carl Jung y los mensajes de Jesús. Por eso aquel gobierno ejemplar estaba supeditado a la gente, no al revés como en Europa.
Pero, este ciudadano está a punto de fallecer por los ataques que ha sufrido durante tanto tiempo y, lo más trágico, gran parte de la gente, no solo lo ha permitido, lo han provocado por la horrible corrupción de aquel gobierno ejemplar de sus fundadores. Los globalistas lo dicen claro, EUA está transitando hacia la conversión del ciudadano libre en esclavo de su gobierno mundial. Es la lucha de Trump que les quita el sueño.
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