Ricardo Valenzuela
Para quien conozca un poco de historia de EU, tendría muy claro que, primero las colonias y después EU como país, siempre habían sido motivo de gran preocupación para las monarquías de Europa y, de forma especial, para los emergentes oligarcas globales. Porque, ambos, se habían convertido en un capullo de ciudadanos libres en donde, por gracia de su libertad y gran interés en la buena educación, los surtiría con sus famosos padres fundadores, construyendo los cimientos de la primera república, pero, muy diferente a la de Napoleón. Porque, esta portaría algo verdaderamente novedoso, un gobierno supeditado a la gente.
Y, ante tal peligro, nacía aquella sociedad entre la monarquía inglesa, los Rothschild, el oligarca Cecil Rhodes y su grupo conocido como los elegidos, con el propósito de subvertir al nuevo país con su republicanismo dirigente, sus libertades comerciales, cuya principal consecuencia, sería ese ciudadano libre que tan bien había definido Tocqueville y le asignara su desconocida ciudadanía para convertirlo en el milagro del siglo 19. Por eso, sus agresiones llevarían etiqueta especial para ese ciudadano. Una agresión con resultados hoy día a la vista. Y ya habían probado su poder en España destruyendo su primera república.
Así, en estos momentos estamos atestiguando algo increíble. Una sociedad que no se da cuenta que el gran peligro de los derechos de los ciudadanos está en su casa. Con ataques como los de septiembre 11 del 2001, en los que murieran unos 3,000 americanos y atentaran la fábrica social y económica del país. Cuando las elites han establecido el interés global por encima de los intereses nacionales que han erosionado la salud financiera, las libertades y la seguridad de los ciudadanos, siempre habrá graves consecuencias.
Pero, en este caso, el peligro para la ciudadanía ha estado llegando no de países foráneos restringiendo nuestras libertades, sino de parte de los propios estadounidenses que deliberadamente han ampliado la idea de ciudadanía para incluir gente de todo el mundo, lo que convierte a los estadounidenses en personas, en su mayoría, que les están diluyendo su condición tan especial de excepcionalismo. Y esto es algo que nunca había sido una realidad tan clara y contundente, como la que se está desarrollando en este proceso como activo con ese peligroso objetivo de esa nueva era de globalización ya tan avanzada.
El globalismo no es algo nuevo. Ha sido un fenómeno recurrente, cíclico, en su mejor versión, un fenómeno neutral de moralidad, y en la peor, un destructor de costumbres locales, tradiciones y ciudadanía. Es un claro esfuerzo-ataque-de unificación que siempre ha sido, cuando menos en términos relativos, que llega dentro y fuera como la moda de los últimos 2,500 años de la civilización. Pero, las recientes manifestaciones del globalismo han provocado graves posibilidades de consecuencias peligrosas para la ciudadanía de EU en esta era de interconexiones electrónicas instantáneas. Todo lo podemos encontrar en la historia y veremos es la eterna lucha de poder
En este novedoso proceso los globalistas han incluido a sus revolucionarios. Esos soberbios grandes arquitectos para el desmantelamiento constitucional de ciudadanía, desmesuradamente representados por activistas políticos, magnates de los medios, profesionales de la ley y académicos. Como progresistas, ellos sienten los americanos actualmente están obstaculizados por un lastre constitucional del siglo XVIII colgados de sus cuellos, un hombre blanco demasiado viejo y con un olor peculiar, valores cristianos que no tienen relevancia hoy día. Que la constitución es un viejo pergamino obstructivo y debe remplazarse. Y todos ellos reciben órdenes de Soros con su filosofía hegeliana de Skull & Bones.
La historia señala la emergencia de muchos fracasos del imperialismo global. Califatos islámicos, mongoles, Otomanos, británicos y Napoleón, Stalin y Hitler—por algún tiempo borraron las fronteras nacionales, propagaron costumbres, cultura, usualmente por la fuerza. Pero, eventualmente, sus sueños se desmoronaron. Esos fracasos deberían habernos dejado claro que globalización ocurre siempre por coerción, y provoca fiera resistencia regional. Para resolver el chauvinismo trivial y políticas de identidad, usualmente naciones-con fronteras definidas que comparten tradiciones-fueron más exitosas que la abstracción globalista universal.
Trump en 2015 y 2016 en sus mensajes ofrecía restaurar los elementos de la clásica ciudadanía americana, que es su profunda creencia, también porque encontró la forma para reclutar los votantes que habían perdido la esperanza. Pero, fuera un populista con ideales o un cínico empedernido, un pragmático astuto, no era ninguna de esas cosas, o una combinación de todas, Trump claramente buscaba transformar profundamente el partido republicano y regresarlo a sus orígenes. Pero cambió, a pesar de ser billonario, su visión ahora sería basada en el antiguo populismo bueno de Roma y Atenas, preocupado por ese hombre olvidado y sacrificado.
Con sus mensajes, comportamiento y agenda favorable para la clase media, ante la furia de Wall Street y Silicon Valley que le advertían de ese peligro, siguió adelante. Pudo rescatar el voto de ese ciudadano portando los valores tradicionales. Porque también veía con claridad la forma en que estaban destruyendo ese ciudadano herencia del gobierno de los padres fundadores. Iniciaría la restauración del concepto de la ciudadanía de EU. Rescataría Venezuela de manos criminales operando la confederación de narcoestados en gran parte del continente. Ha puesto a México sobre aviso, con 2,000 kilómetros de frontera, en manos de la misma banda y nadie se atrevía a enfrentarlos.
Entonces me preguntan ¿Qué futuro le espera a la ciudadanía americana y a la mundial tan agraviadas? Quizá no será tan sombrío como aquel del 2020. Quizá una Cuba libre después de casi 70 años de esclavitud. Quizá los Soros fuera de EU con su dinero sangriento expropiado. Quizá la celda de Maduro invadida por Lula, López Destructor, la Sheinbaum, Obama, Zapatero, Ortega y su doncella. Quizá un Abascal en la Zarzuela ya sin rey. Quizá un Marco Rubio en la Casa Blanca. Y ya entrado en sueños que parecieran imposibles, un México en manos de Ricardo Salinas Pliego, solo por ser hijo de un gran hombre y estoy seguro de que algo le debe haber tocado.
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