Ricardo Valenzuela
En el segundo día de un mundo ya con la noticia del arresto de un ser demoniaco como se define a Maduro, el tratar de describir las explosiones provocadas por el evento, se ha convertido en una tarea casi imposible cuando, grandes segmentos de la gente, exhibiendo cerebros petrificados, no solo la condenan, sino que agresivamente exigen su liberación. Y es cuando pregunto ¿cómo ha sido posible esa programación? Porque no solo presenta la ausencia de sentido común, de razonamiento lógico, que los lleva a convertir lo diabólico en virtud admirada. Hay dolo.
Porque, todavía más increíble es el cinismo de otros que, conociendo bien ese diabólico comportamiento y, sobre todo, lo que ha provocado, lo defienden con la misma pasión de esos programados que les han cambiado su capacidad de distinguir lo bueno de lo malo, lo injusto de lo justo, para ciegamente orar en el altar de su nueva religión de la ignominia. Y eso me hace regresar a la sabiduría natural de los hombres que, en su soledad del monte, fueran vacunados contra tal pandemia.
En el mundo ranchero los buenos vaqueros se distinguen, especialmente, por la forma en que amansan los potros brutos. Los buenos vaqueros producen potros nobles, alertas, obedientes a la rienda, de buen paso. Y, sobre todo, receptivos de su participación con su vaquero para desarrollar acciones necesarias de acuerdo con esa responsabilidad que se requiere para que un rancho marche bien. Los malos vaqueros producen potros de conductas fellinescas, desobedientes, furiosos, ineficientes y muy peligrosas.
