Ricardo Valenzuela
El haber encontrado a Joran Peterson, con el transcurso de los días he remachado mi confirmación de lo milagroso que se pueden tornar algunos eventos. Porque, además de una gran admiración por Carl Jung, nos une otro simbolismo importante, los dos somos sobrevivientes de adicciones que, siguiendo uno de los consejos de Jung, bajamos a ese horrible infierno decididos a enfrentar nuestros demonios para derrotarlos, y así emerger transformados.
Porque, como me afirmara Larry Kudlow hace años, otro sobreviviente de adicción y exasesor económico de Trump, los exadictos tenemos tesoros especiales porque, en estas batallas cuando emergemos victoriosos, además de una nueva perspectiva de la vida, desarrollamos un lenguaje especial que nadie entiende. Y ese lenguaje ha facilitado que, en una segunda tanda, regrese a los mensajes de Jung con la ayuda del más importante de sus discípulos para entenderlos mejor. Jung no buscaba milagros, sino la verdadera psicología cuántica y sagrada de Jesús. Y solo una mente, como la suya, podría interpretarlos.
Así, de nuevo acudía al viaje de Jung a Etiopia en los años 50, que, solo por petición del Emperador, había logrado que lo recibieran en el monasterio donde el maestro tuviera acceso a esos evangelios que habían sobrevivido la destrucción ordenada por tres concilios. Y partíamos analizando las reacciones de ese hombre sabio, quien, al estar frente al rector del monasterio, Aba Paulos, con asertividad le decía; “Dr. Jung, he leído todo acerca de su trabajo y esa fue la razón para aceptar su visita.” Un complacido Jung afirmaba sentir estaba penetrando a un espacio celestial. Minutos después, le mostraba el primer libro.
Al tener en su poder ese hermoso libro, el Libro de la Luz, que narraba los 40 días de enseñanzas a sus discípulos después de su resurrección, una bella obra con pinturas de Jesús en diferentes actividades, esa noche Jung registraba en sus notas que, ante su increíble sorpresa, comprobaba que Jesús había enseñado una psicología verdaderamente profunda del SELF, lo mismo que él enseñaría dos mil años después. En esos 40 días, en su primer mensaje, Jesús les decía; “no lloréis por mí, celébrenme con una alegría que será pequeña con la que les espera. Yo he muerto y resucitado para mostrarles que, si ustedes siguen mi ejemplo, esa alegría será de celestial magnitud con sus logros.”
No les había notificado que moría para salvarlos, no, ellos deberían salvarse a sí mismos con las herramientas que les daría. En esos momentos, Jung afirmaba Jesús utilizaba el concepto que él llamaría Individuación y fuera la piedra angular de sus teorías 2,000 años después. Continuaba Jesús; “he venido a enseñarles el camino, pero son ustedes quienes lo tendrán que caminar.” Hablaba de muerte y resurrección, refiriéndose a una transformación espiritual para lograr la conciencia elevada como la de él. Esa individuación consistía en una ruta de varias etapas.
Primero era el descenso hacia el lugar de las tinieblas para enfrentar sus enemigos. Pero, para continuar, debían acudir a lo que sería la coordinación de los opuestos, noche y día, lo bueno y lo malo, abajo y arriba, gozo y sufrimiento y, de forma especial, lo masculino y lo femenino que era indispensable para trascender. Era solo la enunciación de principios del camino que debería seguir. Pero, muy claro, era responsabilidad de cada uno, porque Jesús sabía, todos teníamos esa capacidad. Nada de esto aparecía en los evangelios aprobados en el Concilio de Nicea.
Ese concilio que, ante la preocupación de Constantino de un joven judío afirmando a la gente que dentro de ellos residía una divinidad infinita, hablaba del gran poder del individuo para buscar y encontrar su trascendencia, pero, sin intermediarios ya fueran emperadores, iglesias, sacerdotes, ceremonias. Constantino veía claro, era un ataque a su poder para controlar, y arremetía con el concilio de Nicea. Pero, Etiopia tan independiente, estando tal lejos, sin comunicaciones, esas enseñanzas de Jesús permanecerían intactas y era lo que Jung tenía frente a él.
Jesús complementaba su mensaje y el proceso. Primero sería el descenso a esas oscuras sombras que él había experimentado afirmando; “decidí bajar a lo más profundo de “mi mismo” donde moraban mis sombras, y así vi de frente al peor de mis enemigos, el que mora en mi interior. Había muchas voces que me gritaban, no lo hiciera, pero las ignoraría, y fue cuando me abrazó la Noche Oscura del Alma. Pero no hui de la oscuridad, la enfrené, me invadía el sufrimiento y algo sucedió. Debía reconocer esas sombras, tomar esa oscuridad para que fuera parte del SELF para domarla, y fue cuando se inició mi resurrección, la transformación de mi conciencia hacia lo celestial.”
En el proceso había confrontado los opuestos y debía alinearlos. Y en esa ruta había guerra y paz, oscuridad y luz, bueno y malo para no los ignoraría, los enfrentaría.” En esos momentos el gran Jung lloraba emocionado porque se daba cuenta era lo que él enseñaba. Era la única ruta hacia esa sublimación ausente del SELF, el yo mismo, en toda la dimensión, era el Ubermensch de Nietzsche, ese objetivo que debería ser la perfección. Esa integración de los opuestos para ubicarnos al centro. Pero, lo increíble era que Jung ya lo había encontrado y lo llamaría la Fusión Trascendente y Jesús lo llamaría Integración Consciente.
Continuaría con el descubrimiento del animus incompleto. La ausencia de fusión de lo masculino y femenino que todos deberíamos tener. Anima sería la imagen femenina en el hombre, y animus la figura masculina en la mujer. Una conciliación celestial que tanto se había combatido a través de la historia. Y es la única forma que el ser humano sea completo, pues, necesitaba los dos. Jesús utilizaba a María Magdalena como el gran ejemplo de integración y era la más desarrollada ante los celos de Pedro.
Jung había leído el encabezado del evangelio de Tomás: “Quien encuentre la interpretación de estas afirmaciones, no conocerá la muerte,” y llegaba preparado, pues entendía la advertencia, se daba cuenta de que todos los mensajes de Jesús estaban encriptados. Jung estaba consciente de que apenas había rascado la gran superficie del mapa hacia el tesoro y todavía algo más grande lo esperaba. Confesaba a su amigo diplomático, lo difícil que se le hacía creer y aceptar que, hacía 2.000 años, Jesús había aplicado todas sus técnicas supuestamente nuevas y desconocidas. Y se preguntaba ¿Por qué nunca se habían desarrollado?
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