Ricardo Valenzuela
En el largo y penoso camino que la humanidad tuvo que transitar para abandonar el control de la monolítica iglesia y sus pesadas cadenas, tan potentes como los mandamientos que se le instalaran hace tantos siglos y, sobre todo, la amenaza ante el incumplimiento de sus reglas, se iniciaba un periodo que su etiqueta lo describiría con claridad, renacimiento. Una nueva era donde la gente se atrevería a mirar hacia otros lugares que desde el inicio de la historia, no le fuera permitido, hacia la liberación.
Y en ese entorno surgía René Descartes, un filósofo matemático considerado padre de la geometría analítica y la filosofía moderna, así como uno de los protagonistas con luz propia en el umbral de la revolución científica. Un hombre de cuna noble que, dirigido por su padre, recibiría una educación superior hasta terminar recibiendo el título de abogado. Sin embargo, su inquieta mente constantemente lo dirigía a mantener una serie de dudas sin resolver. En sus inquietudes identificaba la filosofía como un edificio que se había construido con cimientos arenosos donde nada se comprobaba.
Fue cuando descubriría el poder de las matemáticas que para él representaban lo evidente. Esa gran lógica de los números sentía se debían aplicar más ampliamente. Las matemáticas, la geometría, la física era el camino hacia una verdad para, de esa forma, conjugar la teoría con la práctica. Al graduarse como abogado, se daba cuenta de que la teoría del derecho y la filosofía estaban incompletas y decidía orientar su vida hacia esa inquietud. Cambiaba su residencia hacia el lugar ya coronado como el más libre de Europa, Holanda. Y, siendo que sus ideas ya brotaban, recibió una invitación para unirse al segmento de constructores del ejército, con la libertad de aplicar sus ideas lo que le valdría ser llamado el filósofo constructor.
Fue donde, en sociedad con un viejo soldado constructor y, ante una convocatoria, identificaba y resolvía un problema requiriendo las matemáticas al servicio de la filosofía de construcción, la comunión de lógica y filosofía, esa música numérica, y ganaba el premio. Con ello le daba vida al mundo de la razón. Un sistema gobernado por leyes automáticas. Un método filosófico y científico expuesto en sus “Reglas para la Dirección de la Mente,” y más explícitamente y preciso, en su “Discurso del Método,” así iniciaba una clara ruptura con la escolástica que se enseñaba en las universidades.
Un genio caracterizado por la simplicidad de sus ideas basadas en la razón como lo único confiable. Así construía su propio edificio intelectual matemático, fusionando la lógica con la intuición—con las que rompió con los razonamientos escolásticos. Tomaría como modelo el método matemático en un intento de acabar con el silogismo aristotélico. Su edificio tendría sus paredes en las matemáticas. Con esa intuición mezclaba física cuántica con filosofía en algo similar a los mensajes de Jesús. En su obra, “Reglas para la Función del Espíritu,” exponía sus bases matemáticas que llamaba Arquitectura mental de la deducción.
Su filosofía natural rechazaba cualquier apelación a juicios finales, divinos o naturales, al explicar los fenómenos naturales en términos mecánicos y cuánticos antes del surgimiento de la física cuántica, al parecer la adivinaba. Como devoto católico su teología insistía en la libertad absoluta del acto de creación de Dios. Descartes siempre con claridad distinguía sus puntos de vista de los filósofos ateos que lo precedieron. Rompió con la tradición aristotélica estableciendo un dualismo sustancial entre alma, el pensamiento, y cuerpo— la extensión.
Para continuar el proceso de su nueva filosofía y desechar los pensamientos insalubres, buscaría una absoluta soledad en donde, afirmaba, pudo observar el comportamiento de la materia, de nuevo cuántica—y el fruto sería su obra “La Esencia de la Vida.” También en soledad nacía su obra “El Mundo,” afirmando la materia se podía organizar (cuántica) con el impulso divino inicial de ese cuerpo que Jesús afirmaba era residencia del reino celestial. Descartes afinaría la teoría del conocimiento, tan escaso, con su principio idealista de que los objetos de la conciencia deben estructurarse al modo de cognición del sujeto.
Este campo lo desarrollaría más profundamente con su declaración filosófica más conocida “Pienso luego existo,” que se encuentra en su “Discurso del Método y en Principios de la Filosofía,” un elemento esencial del racionalismo occidental contrario a la escuela empirista inglesa, y así formuló el conocido método cartesiano. Se identificaba como un exponente moderno de la filosofía de San Agustín.
Consciente de las penalidades de Galileo por su apoyo a Copérnico, intentó sortear la censura, disimulando de modo parcial la novedad de las ideas sobre el hombre y el mundo que exponen sus planteamientos metafísicos. Unas ideas que apuntaban hacia una verdadera revolución filosófica y teológica que fuera abortada. La influencia de René Descartes en las ciencias y matemáticas es muy evidente y admirable. Hizo contribuciones en física, la óptica. Se le acredita como el padre de la geometría analítica, el puente entre el álgebra y la geometría. Un hombre siempre en busca de la libertad que lo llevaría a peregrinar por toda Europa y la muerte lo encontrara en Dinamarca.
Al hablar de Dios afirmaba. "La existencia de Dios es más cierta que el más potente de todos los teoremas de la geometría. La inmensidad de Dios es tan evidente que nada puede existir que no dependa de Él. Esto es cierto no solo de todo lo que subsiste, de todo el orden, de toda ley, y de toda razón. La determinación de Dios no se mira, se siente en todas las cosas de su creación y son buenas; es decir, la razón de su bondad es el hecho por el cual Él decidió crearlas así."
En mi opinión, Descartes era un genio que no solo conjugaba lo espiritual con lo material, sino que también había penetrado lo que siempre hemos buscado. Lo que Jesús afirmaba acerca del reino celestial que mora en nuestro interior y pocos entienden. Y la sabia afirmación del gran Yogui Paramahanda Yogananda; “eso que tanto has buscado, únicamente lo podrás encontrar penetrando esa gran oscuridad que se te presenta al cerrar los ojos.” Y, sobre todo, Descartes fue moderno descubridor de nuestra celestial glándula pineal, que describía como el “asiento de Dios.”
La teoría del alma de Descartes es una de las más importantes en la historia de la filosofía y de la humanidad.
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