LA REVOLUCION DE LA MEDIOCRIDAD

Ricardo Valenzuela

Equality, the Third World, and Economic Delusion — Harvard University Press 

Al inicio de los años 90 en Mexico atestiguábamos los cambios políticos, económicos más importantes desde que, en 1917, en el pais se aprobara la primera constitución marxista del mundo. Una condena, inclusive, anterior a la que le dictaran a la URSS aprobada años después. Pues la nuestra había sido elaborada en la embajada rusa bajo la supervisión de Leon Trostky, quien, huyendo de las garras de Stalin, se asilaba en Mexico en donde falleciera en 1940.  En aquella década tuve la oportunidad de conocer a un gran economista, Paul Craig Roberts, quien, habia sido subsecretario del Tesoro de EU en la administración de Reagan. 

Y después de 35 años, de nuevo me contactaba con él para, de alguna forma, evaluar lo sucedido. Para la reunión solo me pedía una cosa que me dejara un poco sorprendido. Que regresara a las lecturas de mi olvidado héroe, Peter Bauer, a quien, según el, era obvio que en mi inconciencia lo habia abandonado. El gran estandarte del desarrollo económico internacional. 

Mi primer encuentro con él fue motivado por la publicación de su libro titulado: La Revolucion Capitalista en America Latina. En el cual señalaba como, importantes actores globales, en aquellos dias expresaban su entusiasmo ante los acontecimientos que presagiaban los novedosos vientos de cambio apuntando hacia la URSS y sus satélites en Europa Oriental, pero estaban ignorando la importancia de los increíbles cambios en AL donde, él señalaba con entusiasmo y gran seguridad, finalmente germinaría la semilla del capitalismo con sus mercados libres.

En su obra, etiquetada como iluminadora, afirmaba que la transformación económica y política que ya estaba en marcha en AL era real, profunda, hasta temeraria. Y, de forma especial sostenía, que paises donde, a pesar de las conocidas ortodoxias referentes al desarrollo internacional, la vieja y popular regulación de los mercados, algunos habían sido “exitosos” en la privatización hacia la edificación de la libre empresa especialmente en paises como Argentina, Chile y Mexico, como precursores del brillante futuro económico de todo el continente. 

Con entusiasmo señalaba la fuerza económica potencial de toda AL siempre habia sido obvia. Sus abundantes recursos naturales, sus grandes extensiones de tierra fértil, y una sofisticada cultura social relativamente cohesionada, se encontraban a través de toda la región. Pero, con cautela, pasaba a señalar que todas las naciones de AL habían permanecido lentas para desechar lo que habían heredado de los españoles, porque habían regido sus colonias a base de mercantilismo, gobiernos vendiendo situaciones especiales—una red de privilegios—y la supresión del desarrollo de los mercados de bienes y servicios y capital a través de mandatos y regulaciones abusivas. 

Y la actitud en la región siempre había sido hostil a los negocios privados, comercio global, al mercado libre de trabajo. Era claro, socialmente era más aceptable buscar el privilegio gubernamental en lugar de competir en los mercados libres. Al estar discutiendo ese punto, yo lo sorprendo al decirle, “lo que me estas definiendo me parece el reino de la moral de los esclavos que señalaba Nietzsche con la transfiguración de valores.” Con una gran sonrisa me revira, “ya lo has entendido y, mira Ricardo, eso es el gran peligro de esta región donde, desde los tiempos coloniales, el virreinato y la iglesia eran todo”. 

A ese punto, apartándose del tema me dice. “Algo que durante mucho tiempo ha agravado ese problema, han sido los paquetes de ayuda de EU (Banco Mundial, FMI, BID) han sido cadenas para mantener ese estado de la dependencia, han reforzado la cultura de privilegios y nunca han permitido el surgimiento de la economía libre.” Le señalo, “en el libro describías los esfuerzos de Salinas, Menem y Pinochet supuestamente para combatir los intereses del grupo de poder, de las elites locales y de las agencias internacionales, para establecer mercados independientes”. Me mira con un halo de tristeza y revira. 

“El único exitoso fue Pinochet y Salinas, Menem, Fujimori tuvieron destinos muy tristes, a su receta le faltó moral. Y ante paises atrapados, como tu bien lo dices, con esa moral de los esclavos, donde la transfiguración de valores ha sido tan cruel. Un nuevo clima de libertad, capital privado, la moral donde el emprendedor debía ser admirado. Un nuevo clima en donde “capitalismo” no fuera diabólico sería difícil.” Fue cuando me enseña una carta que le dirigía Peter Bauer, el gran economista del desarrollo. 

Bauer trató de convencer a los expertos en desarrollo de que la planificación central, la ayuda exterior, los controles de precios y el proteccionismo perpetúan la pobreza en lugar de eliminarla, y de que el aumento de la intervención gubernamental politiza la vida económica y reduce la libertad individual. Bauer influyó en el pensamiento sobre los factores determinantes del progreso económico. Por ejemplo, el Banco Mundial, en un informe sobre el desarrollo mundial, reflejó el punto de vista que Bauer había defendido durante años, al afirmar que la noción de que “buenos asesores y expertos técnicos formularían buenas políticas, que a su vez buenos gobiernos implementarían para el bien de la sociedad”, jamás había operado”. 

Los supuestos implícitos en esta visión del mundo eran demasiado simplistas. Los gobiernos se embarcaron en planes quiméricos. Los inversionistas privados, ante la desconfianza en los gobiernos o en la moralidad de los líderes no invirtieron. Gobernantes poderosos actuaron de manera arbitraria. La corrupción se volvió endémica. El desarrollo se estancó y la pobreza persistió. Para Bauer, el desarrollo residía en la ampliación de las opciones individuales, y el papel del Estado fuera proteger la vida, la libertad y la propiedad para que los individuos pudieran perseguir sus propios objetivos y deseos. Un gobierno limitado —y no la planificación central— constituía su principio fundamental. 

Sostenía que los cargados con culpa occidental adoptan una actitud paternalista hacia el Tercer Mundo al decidir que su suerte económica —pasada, presente y futura— está determinada por Occidente; que la explotación pasada por parte de Occidente explica el atraso del Tercer Mundo y que su futuro económico depende en gran medida de las donaciones occidentales. El circulo vicioso de la moral de esclavos donde reina la culpa y la pobreza.

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