Ricardo Valenzuela

Para iniciar este tenebroso tema hay que sentar bases importantes que nos deban de auxiliar a entender la infinidad de ángulos que, a pesar del tiempo transcurrido y, ante la soberbia de unos, la ignorancia de otros, y la inmoralidad de muchos, son lugares que permanecen impenetrables ante el grosor de las murallas que se han tendido a su alrededor. Y hay un lugar especifico al que quiero penetrar, porque detrás de esas murallas existe una realidad que ya es hora de conocer. Dicen que las grandes cosas exigen que nos refiramos a ellas con grandeza, pero, lo que en realidad significa es hacerlo cínicamente y con inocencia.
Inicio con varias preguntas ¿Qué tienen en común la revolución mexicana, la francesa, la rusa, la cubana, la sandinista de Nicaragua y muchas otras? La respuesta debería ser muy obvia. Todas fracasaron porque jamás cumplieron lo que ofrecían, destruyeron la poca riqueza que había y, sobre todo, las tiranías que combatieron y derrotaron fueron sustituidas por otras peores, con diferentes disfraces, pero siguen siendo tiranías destructoras.
Y surge la siguiente pregunta ¿Qué fue lo que verdaderamente las provocaron? Y no quisiera oír ese cinismo ancestral que ha sido su eterna bandera. La explotación de los pobres por los diabólicos ricos, la concentración de la riqueza, la explotación de los indígenas y toda esa letanía interminable y vacía. Porque, siendo esto hechos reales, fueron situaciones que se aprovecharon por quienes han sido expertos en esa industria, Revoluciones Corporation. Una industria que tiene importantes accionistas cuyo gran secreto es lucrar de las tragedias, y han lucrado durante muchos siglos porque ellos mismos las provocan.
Y surge otra ¿Qué es lo trágico? Y aquí yo siempre he tenido un gran desacuerdo con Aristóteles, que llegó a reconocer en el error y la compasión, emociones deprimentes, las emociones trágicas. Si tuviera razón entenderíamos que se habría convertido en un arte peligroso para la vida, sobre todo cuando no convencen que es medio de purificación y pase hacia la salvación. Pues, como afirmaba Schpenhauer, de ella se deriva la resignación, la renuncia a la felicidad, a la esperanza. La tragedia es cincelar a las sociedades con el temor y desesperanza que fueron las bases para establecer la moral de esclavos, que ha sido el secreto para la subyugación del mundo.
Ante este cuadro surge en concepto de los fuertes y los débiles. Lo importante es saber dónde hay gran fuerza y donde se debe utilizar. El rebaño siendo la suma de los débiles lo tiene, pero no actúa, nunca crea nada, no avanza, pues para eso lo programaron, no sabe y no entiende. Y surge el gran peligro que niega al enemigo fuerte, porque el rebaño, empoderado, es el que mueve todo hacía cierta dirección. Con el transcurso del tiempo el rebaño ha crecido y la diferencia entre el fuerte, creador, impulsador, y ese rebaño del débil, más inepto, más entregado, más ignorante, se ha multiplicado al infinito. Y ahora surge una pregunta, no de mi parte, sino de Nietzsche.
¿Por qué los débiles son los victoriosos? Los débiles y los pobres despiertan simpatía, son múltiples, son malignos. Ellos tienen una fascinación especial pues son propietarios del poder para despertar lástima y compasión. Por eso también ha nacido la industria de “redención de los pobres” como el disfraz para estallar y justificar esas revoluciones. El esquema medieval de esa sociedad que representaba a los fuertes entre monarquías y la iglesia, y los débiles que se conocían como ciervos, cambió.
La creciente civilización con su tecnología ha traído consigo el aumento de los elementos desequilibrados, de neurasténicos, los psicópatas y la criminalidad de cuello blanco, negro, y de todos colores. Han aumentado los locos, los delincuentes, signo de una cultura enferma que avanza, el deshecho, la escoria, los inmorales desalmados han adquirido importancia y poder que nunca se debería haber permitido. Y con esa corriente ha surgido algo aterrador, la indiferencia de las sociedades permitiendo desastres tan grandes que no creemos sean realidad.
La mezcla social, lógica de la revolucion de la igualdad económica, la supersticiosa creencia de la igualdad de los hombres. Los representantes de la decadencia, del resentimiento, desconcierto, de la invitación a destruir, de la anarquía del socialismo generando la invisible esclavitud, la holgazanería, de la canallería de los estratos sociales bajo sus órdenes, se mezclan en la sangre de todas las clases y apuntan a sociedades como las turbas romanas hechas plebe. Y surge el instinto colectivo contra la selección, contra el privilegio merecido, hasta llegar a someter hasta esos privilegiados como Alfonso Romo.
Y todos los que se han hecho de ese poder destructivo, para conservarlo adulan a la plebe, operan con la plebe, saquean con la plebe, deben tenerla de su parte y, sobre todo, fabricar genios, esos serán los heraldos de los sentimientos que incendian a las masas descerebradas, de la creación de notas sentimentales, de la compasión y buenaventura de los que sufren, de los despreciados, porque ellos son espirituales. Y la moderna ascensión de la plebe tecnológica es el reforzamiento de todo lo que dictan sus antecedentes criminales.
Y en este nuevo despertar tan intenso, se desplaza al centro de gravedad de esos hombres especiales: aquellos que importan más que todos, a los cuales corresponde el deber de compensar todo el gran peligro de semejante movimiento pecaminoso; ellos serán esos retardatarios ungidos, los que deban asumir lentamente y abandonar difícilmente, lo duradero en medio de este prodigioso cambiar que embriaga. Por eso, el centro de gravedad ya a caído en manos de los mediocres para consolidar la mediocridad como garantía del porvenir. Y es cuando para esos verdaderos hombres nace un nuevo enemigo o una seducción.
Y de esto surge la respuesta a los cambiadores de partidos. Suponiendo no se sumen a la plebe ni entonen himnos inmorales, por necesidad, deberán ser mediocres y positivos. La mediocridad es también aurea, solo disponen del dinero y del oro (de todo lo que brilla) Y de nuevo, en la vieja virtud, y, en general, en todo ese mundo del ideal superado, quedan bien dotados. Así la mediocridad adquiere espíritu, agudeza, genio y gran seducción. Una cultura elevada sobre una mediocridad consolidada fuerte y sana. Y el mundo sigue avanzando hacia ese abismo de revolucionarios inmorales.
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