Ricardo Valenzuela
Después de llegar a esa fuente de donde fluye un manantial de incongruencias, de la consolidación de una nueva religión de lo ilógico, de lo irrazonable, de la destrucción, de la cual han bebido durante mucho tiempo los apóstoles morenistas con su especial clasificación de lo bueno, lo malo, pero, aun cargando con ese viento negro, por increíble que parezca, han sido exitosos al haber conseguido, como en la era de James Bond, licencia para destruir, pero, en este caso, destruir México.
Entonces, hay que cavar más profundo y tener el panorama completo hasta llegar a saber, cómo, dónde se formaron estos elementos que, es muy claro, una creciente civilización en sus extravíos trae consigo: el aumento de los elementos psicópatas, inmorales, resentidos, criminales con cargas emocionales destructivas. Además, con su nueva calificación de lo bueno y malo, el centro de gravedad finalmente caería, ya no en los mediocres, sino en los criminales y, con ello, se da un paso más hacia la consolidación de esa mediocridad criminal como garantía depositaria del porvenir.
Con este nuevo elemento en el poder ha nacido un maquinismo de intereses, prestaciones, premios, sólidamente entrelazados que no ha tenido oposición alguna. En esta ruta nace una nueva adaptación (todos llegan a Morena): el aplanamiento, la poquedad suprema, la modestia del instinto, bienvenida al empequeñecimiento del hombre. Un viento que apunta hacia la administración colectiva del mundo (gobierno global); la humanidad encontrará, como mecanismo a su servicio, su gran significado. El envilecimiento colectivo, la degradación del valor del hombre, el fenómeno de regresión en gran escala.
Yo creo haber encontrado la raíz de este mal, la fuente y su manantial; ha estado alimentando esa mortal avenida de la moral de los esclavos, la moral de la humildad mal entendida, de la castidad, del desinterés, de la obediencia absoluta, de la entrega de sus vidas sintiéndonos incapaces. Esa moral que en la vieja Roma destruyó a sus invencibles soldados con sus tormentos de conciencia, que los grandes filósofos creadores de ideas se sintieran rebeldes a Dios, sociedades inseguras y paralizadas por la gran transmutación de sus valores, temían y difamaban las pasiones y los impulsos de la naturaleza. Nacía la administración por culpa, la avalancha de pecadores.
Todo acompañado de la sospecha de que cualquier moderación era una debilidad, un envejecimiento, un cansancio. Hasta llegar La Rochefoucauld a sospechar que la virtud era una bella palabra para quienes el vicio ya no les divertía. El mismo sentido de la medida fue etiquetado como debilidad, de la constricción de uno mismo; se describía como un sentimiento acético, lucha contra el demonio, etc. El natural bienestar de la naturaleza estética como espectáculo de la miseria, el goce de la belleza, era despreciado, porque se pretendía una moral antieudemonística. En resumen. Las cosas buenas se difamaron y las cubrieron de sombras. Los derechos del hombre solo en relación con la cadena.
La preocupación moral (culpa) degradaba al hombre respecto a la jerarquía, al especial, al sentimiento de libertad de las naturalezas creadoras, de los hijos de Dios o del diablo. La moral dominante que lo condenaba al rebaño. Debía sustituir su moral con la voluntad de los fines de esos nuevos amos. Surgía el hombre mediocre aceptando calamidades como si no se pudieran evitar. Las cosas deseables para los mediocres eran combatidas por esas nuevas fuerzas. Le dictaban a lo que debía estar adherido, todo en beneficio de los nuevos amos. Era evitar el desarrollo del potencial del hombre, que fuera eternamente mediocre.
La lucha pasaba contra esos solitarios que no se sumaban al rebaño, siempre en contra de sus instintos. Los nuevos amos pretendían que los hombres domesticados hicieran voluntariamente las cosas desagradables. El empequeñimiento del hombre tendría que ser considerado durante mucho tiempo como único fin, pues debían crear una amplia base para que sobre ella se pudiera sustentar su clase de amos fuertes con su permanente control. La forma más despreciable de su idealismo. Era formar y luego separar a los mediocres y dejarlos sin influencia. Pero, no sin sus necesidades, nacería la política de los ofrecimientos.
Y surgía el campeón mundial de la demagogia, Almo, quien, además de identificar las grandes necesidades nacionales, surgía armado con sus ejemplos del, “si pierdo, arrebato” y, sobre todo, un nivel de inmoralidad infinito, pero también algo grave, el haber “manejado” responsabilidades con nula experiencia de lo que exigen los proyectos que deben ser calificados. Pero, no importaba, era algo que sucedía en todo el mundo. Y además, ya tenía algo imparable, una sociedad amaestrada y hechizada tal vez con los chamanes de Hugo Chávez, esas turbas descerebradas que, parecería, las había reclutado de ese vil mundo empequeñecido donde la etiqueta de mediocres era una alabanza.
Y con los arreos aztecas y su economía espiritual inspirada en el hombre primitivo, le inyectara pesimismo, miedo a su inventado mal y complementar lo que ya existía. Miedo al futuro, al fracaso, a la incertidumbre. Para, con su magia totonaca, lograba que la solución la identificaran con su persona—algo parecido a lo que provocara Hitler cuando afirmara: “Nazismo no es partido político, es una religión”, y Hitler se convertía en el Papa de esa nueva religión. El Peje firmaba contrato espiritual con las turbas que le creyeron que los llevaría a su paraíso. Y para el “mal” que de inmediato provocaba, le daban interpretación religiosa y eso lo reforzaba.
El Peje, asumiendo su nuevo papel como el gran tlatoani, ha creado a ese hombre trágico que todo le cree porque lo considera divino, aprueba el sufrimiento sagrado, porque su tlatoani lo ha hecho fuerte, completo, divinizador, muy feliz y su tránsito es igualmente sagrado. Es el falso pensamiento victorioso que ha sido siempre el aviso de las tragedias que, ni la virgen de Guadalupe, que le diera poder al Peje, la podrá evitar, porque no se han dado cuenta de que el Peje y su sustituta, ya han condenado a México, ya no a la eterna mediocridad eterna que anunciara Milton Friedman, a una derrota mucho peor. Es cuando todos los deshonestos desertores de otros partidos para sumarse a Morena estarán abandonando la nave que, repito, está a punto de naufragar.
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