Ricardo Valenzuela
Los últimos meses de su vida, Cayce, quien habia abrazado la espiritualidad de muchos sabios como Jung y sus discípulos que abrazaban ideas se aproximaban a las de Santo Tomas o a las de San Agustin. Y ya al final de su vida, después de buscar lo que siempre habia intuido, afirmaba haber logrado leer los mensajes de Jesus con ojos y, sobre todo, con una actitud muy diferente, ello le habia permitido entender sus enseñanzas secretas. Afirmaba haber conocido a un Cristo diferente, un Cristo más grande que el cristianismo, un pastor que tenía otros rebaños además de los cristianos, porque, como lo afirmaba, todas las almas de este mundo estaban destinadas a lograr su iluminación y su resurrección espiritual, diferente a lo tradicional.
Cayce estaba totalmente convencido de lo que afirmara Jesus, que el reino de los cielos está dentro de nosotros, que tenemos a Dios en nuestro interior lo que tanto repetía Juan; “yo os digo que sois dioses. Somos hijos e hijas de lo más alto”. Esa espiritualidad con tintes libertarios y la gran individualidad de Jung, y Einstein con su física cuántica, de inmediato le creaba enemigos poderosos que, con su conocido estilo, con furia lo atacaban para destruir su credibilidad. Casi para fraseando a Jesus repetía nuestra obligación de encontrar nuestro dios interior. Algo que en el proceso sus enemigos se elevaban hasta en el Vaticano.