¿SIRVIERON LOS MENSAJES DE JESUS PARA RESCATAR A LA MUJER?

Ricardo Valenzuela 

Pistis Sophia | The Forgotten Gospel of the Soul's Fall and Divine Return!  - YouTube 

En mi tránsito tratando de arribar al conocimiento de los verdaderos mensajes de Jesús y su interpretación. Debo repetir que, el haber acudido a la sabiduría de Jacobo Grinberg me ha llevado a un descubrimiento verdaderamente celestial, el rescate de la figura de María Magdalena de las garras de una iglesia claramente misógina que, solo con una declaración papal, la condenaran como una vil pecadora prostituta para despojarla de su verdadera historia que la ubicaba como la consentida de Jesús. Pero, además, siendo la más desarrollada espiritualmente, sus credenciales le valieron ocupar ese privilegiado lugar. 

Entre los evangelios gnósticos encontrados en 1945, surgiría el que la debería rescatar. La pista hacia un milenario escrito titulado Pistis Sophia, una verdadera joya espiritual totalmente ausente durante 1,600 años. Al iniciar la lectura de su contenido, me invadía un sentimiento, creo yo, similar al de alguien que transitara toda su vida alrededor del mundo perdido al no saber que era lo que buscaba y, de repente, se da cuenta de que una luz lo habría iluminado y había encontrado eso que siempre buscara. Y lo que tendría ahora ante su vista, lo definiría como respuesta a su confusión que finalmente lo iluminara. 

Encontré Pistis Sophía, una parte del alma en el ser humano. Era la chispa divina desprendida del alma. Y, cuando Pistis Sophía fue arrojada del Absoluto, quedó inmersa en las tinieblas exteriores y sometida a las leyes mecánicas que la alejan de ese Absoluto, sintiéndose perdida.

 Y al ir avanzando, la protagonista, Sophia, se me develaba como la inspiradora historia de muchas almas que, en algún punto de su camino, se habían extraviado cayendo en ese profundo pozo de negra oscuridad del mundo material. Y, más importante, la búsqueda incesante de Sophía para, no solo abandonar esa oscuridad, sin emerger transformada por ese sufrimiento que a tantos destruye, pero, a través de un proceso impregnado de una nueva sabiduría, Sophía emergería radiante con la espiritualidad de una fuerza indestructible. Y, me develaba algo todavía más importante, Jesús reconocía a María Magdalena como la resurrección de Sophia con todos sus poderes. 

Porque Sophia, no había caído en esa oscuridad guiada por la maldad, sino guiada por amor, que a veces confunde, y una conducta que la llevaría a cometer errores. Y lo primero que haría Sophía, era aceptar con una humildad digna y especial, pidiendo, no ser perdonada, sino ser entendida e iniciaba afirmando, “yo sabía esa luz celestial me aprobaría para poder avanzar recuperando mi ruta.” Como María Magdalena, no fue perdonada, sino comprendida por Jesús. Es decir, cuando un alma pura cae en el caos y olvida la realidad de quien es, los arcontes atacan con toda su furia. Y, ante tales ataques, solamente los héroes purificados se fortalecen. Cuando María Magdalena leía la historia de Sophia lloraba al leer los trece cantos que la rescataran. 

Porque la historia de Sophia era similar a la de muchas almas que enfrentan sus caídas, pero, también las oportunidades para sus redenciones. Tantas almas que cometen pecados tradicionales, pero, si son almas purificadas, como sabiamente lo había hecho Sophía, pueden lograr sus regresos a la luz armadas de fe, pero no una fe ciega, sino apoyada con esa profunda intuición divina para llevar a cabo sus decretos, igualmente profundos, no suplicas, sino con esa seguridad que expresara Sophía al afirmar que esa luz celestial la probaría y así podría regresar a la luz. 

Pero, habría mucho más en esta historia. Sophía claramente representaba el poder de las mujeres en este proceso que Jesús llevaba a cabo con el objetivo de un despertar de nuestra divinidad interior. Un proceso en el cual la mujer debería tener una aportación especial, el gran temor de los arcontes. En aquella era, ya había muchos grupos de mujeres cristianas operando con una espiritualidad ausente en los hombres. Y, claramente, Jesús ya había decidido, su heredera sería María Magdalena, a quien él definía como la perfección de todas las perfecciones. Ello provocaría un gran problema que enfrentaría a María con Pedro. 

Porque Pedro, invadido de envidia y ambición, representaba su intención de formar una iglesia burocrática, esclavizadora, para concentrar todo el poder en una institución, la de él. María representaba esa espiritualidad divina y el poder celestial en el interior del ser humano, el verdadero mensaje de Jesús cuando afirmaba; “el reino de los cielos está en vuestro interior.” Él no había venido a establecer mandatos, reglas, amenazas, castigos, tampoco una burocracia monopólica, él vino para despertar a los seres humanos y recordaran quienes realmente eran, dioses derrumbados. María Magdalena tomaba la batuta de Sophía.

Sophía, como muchos seres humanos, había cometido un error, pero iniciaba ese celestial proceso al reconocerlo y, sobre todo, entender había olvidado quién era y perdería su centro cósmico. Así había caído frente al poder de los arcontes que le provocaran dudar perdiendo su fe. Pero, al darse cuenta, casi derrotada, empezaba a recordar y, utilizando sus 13 cantos, pedía ser escuchada, no perdonada. Y lograba su regreso a la luz rescatada por Jesús, y llegaba acompañada de un manual cuántico con instrucciones precisas de cómo lograr esa conciencia celestial. 

Además de su convicción total y el compromiso de seguir predicando el mensaje de Jesús, todo esto lo heredaría María Magdalena, es decir, el manual de guerra cuántica para enfrentar a esos demonios, los arcontes, con armas especiales para neutralizarlos. Y, lo más importante, los demonios cobardes disfrazados ya estaban identificados por Jesús. 

El primero era la arrogancia. Esa soberbia de los sapos destructores. El segundo era el creador del mundo material en donde se pierden tantas batallas, olvidando hay otro superior, el espiritual. El tercero era la ira que nos priva de buen juicio, la justicia, la verdad. El cuarto la ciega ambición siempre queriendo más y corrompe los valores. El quinto, ese miedo que nos inmoviliza y nos desarma, nos condena. El sexto, la ignorancia para nunca abandonarla, y, como pretendían los arcontes, nos mantiene en la oscuridad. El séptimo era la envidia que nos produce dolor frente al éxito de otros, moralmente destruye. Y el perdón no sería la confesión ni la compra de indulgencias que inventaría la iglesia. 

Pero en esta batalla surgía victorioso Pedro para condenar la humanidad a la esclavitud y cadenas especiales para las mujeres.

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