Ricardo Valenzuela

Después de una semana en Etiopia y ya al final de esa jornada, Jung emergía verdaderamente transformado. Se daba cuenta de que Jesús había sido un pastor de la psicología espiritual usando las mismas herramientas, pero con 2,000 años de diferencia. Tenía frente a él una visión totalmente diferente a la que portara la humanidad desde que Jesús apareciera sobre la faz de la tierra. La iglesia durante siglos se había dedicado a la formación de rebaños mientras que Jesús había creado la individuación, ese mandato para que el individuo asumiera la responsabilidad para lograr su transformación. Era una cascada de información que lo abrumaba, pues, chocaba lo bueno y lo malo.
Pero, en esa cascada encontraba partes que, de forma especial, habían tocado su nueva perspectiva y lo sensibilizaban de forma muy diferente. Lo primero que identificaba era que la persecución de Jesús desde el inicio del primer siglo había sido causada por sus mensajes liberadores, no solo contra el imperio, sino también contra la propia religión judía. Porque esos mensajes eran especiales para fortalecer al individuo que, como siempre mostraba la historia, había estado desarmado frente a la autoridad de los gobiernos, y cuando los líderes romanos sintieran ese peligro latente, responderían con el concilio de Nicea creando una organización para nulificar el esfuerzo de la individuación de Jesús, y surgiera la nueva manada. Ese ataque sería el reforzamiento de los arquetipos del consciente colectivo que, ya con la iglesia operando, crecería en números y en la potencia de las cadenas que persisten hasta el día de hoy.
Sin embargo, Jung en su último día en Etiopia estaba frente al monje líder cuando, con gran solemnidad, le dice; “Dr. Jung, lo que usted verá hoy creo que es la parte más importante de los mensajes y advertencia de Jesús”. Responde Jung, “estoy listo, monseñor y, después de lo que he descubierto, créame que nada me sorprenderá ni agitará”. Le entregaba unos pergaminos en los que aparecía una sentencia de Jesús: “A futuro, mis mensajes serán manipulados y se formará una iglesia para ello. Se construirán grandes templos en mi nombre con su distorsión de mi verdad. Y quienes no acepten los mandatos de esa iglesia, serán perseguidos hasta desaparecerlos”.
“Tomarán mi figura para establecer un control enfermizo sobre la humanidad. En todos esos templos se estarán manipulando mis mensajes siempre impregnados de mentiras. Habrá grandes guerras que siempre utilizarán mi nombre, pero solo para buscar ese control. Se llevarán a cabo grandes eventos (concilios) para asegurar esa nueva esclavización creciente y, al avanzar esos procesos, harán que se olviden mis verdades. Pero, ustedes harán esa sagrada labor para que nunca mueran. Y llegará el momento de la pudrición de su iglesia que, como yo lo hice, inicie el proceso de su muerte para que, con su transformación, de nuevo surja la verdad para la salvación”.
Jung, entonces, iniciaría su regreso portando una serie de sentimientos que lo cimbrarían por el resto de su vida. Él ya se había dado cuenta del proceso destructivo que vivía la iglesia en Europa. Y aquel sentimiento original que provocaba su viaje a Etiopia, aquella voz interna señalándole la psicología requería el complemento espiritual, no con solo esa fe ciega, ni con una autoridad burocrática para “proteger”, claramente se daba cuenta de que era todo lo contrario. Pero, no declaraba su derrota, y al final de su vida, sembraría la semilla con la esperanza de que debería germinar en la psicología espiritual.
Y para darle fuerza a ese nuevo propósito, tomando todo lo que había aprendido en Etiopia, aun ante el umbral de su muerte, le daba una potente fuerza para crear un proceso similar al de Jesús. Iniciaría con la autoobservación que la individuación le debería surtir para ese viaje a su interior. El segundo debería ser el reconocimiento de su sombra, no para enfrentarla, sino para trabajar con ella y darle luz. El tercero debería ser, dialogar con el animus y anima, para conjugarlos e integrarlos en una gran fortaleza. El cuarto sería identificar los sueños porque son llamados de atención del alma, listarlos, entenderlos y usarlos. El quinto sería aprender la meditación contemplativa y penetrar ese universo. Acudir, no a la iglesia, sino a un maestro que ya haya recorrido ese camino espiritual y tener intercambios profundos.
El sexto debía ser el uso de una gran paciencia para no abandonar un proceso que debería ser de toda la vida. El séptimo era tener claro que no debería buscar la perfección sino la totalidad del self. El séptimo tener la seguridad de que no estamos solos, porque siempre podemos acudir a nuestro Cristo interior. El octavo sería reconocer la crisis de la civilización ya claramente a la vista, producto de ese gran monopolio que controla las masas. El noveno debería ser usar esa grave crisis como oportunidad trascendente para avanzar ese urgente cambio y no fenezca la humanidad.
Finalmente, Jesús señalaba que surgiría un nuevo cristianismo, pero, debería seguir el mismo proceso del individuo. Debería de morir para llegar a ese lugar donde moran las sombras que lo han cubierto durante siglos, para enfrentarlas, y que ese enfrentamiento fuera el capullo que le diera vida a lo nuevo, a lo verdadero. Y así surgiría la resurrección, su asunción y transformación. La emergencia del verdadero Jesús. En esos momentos, mi nuevo asesor, Peterson, me afirmaba que Jung, operando por cuenta de Jesús, había creado una nueva Biblia, pero, no con la misma nebulosidad anterior, sino una más práctica y accesible para los seres humanos, y, con el atractivo de ser personal
Sin embargo, Jung, ante las reacciones tan negativas que provocara con sus iniciales pronunciamientos, no solo de una iglesia sintiendo la amenaza, sino de la sociedad en general, y, sobre todo, sintiendo la muerte ya en el umbral de su puerta, decidió simplemente archivar todo su expediente de lo que llamara Cristianismo de Etiopia, para, como sus evangelios etíopes, pasaran a formar la letra esa muerta siempre esperando. Porque eso que condenaba al desconocimiento, era la demostración de la verdadera grandeza de ese hombre.
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