SOCIALISMO. CONDENA DE LA BORREGADA

Ricardo Valenzuela

¿QUÉ ES EL NIHILISMO? | cap 1 (Nietzsche) 

Para poder entender el comportamiento de la modernidad escenificada por una humanidad que parece una manada de mulas desbocadas, creo haberlo logrado cuando cayeron en mis manos las obras de esos tres filósofos especiales, Spinoza, el primero que descubriría el verdadero Jesús en evangelios de Etiopia, Schopenhauer quien odiaba el optimismo sin bases de Europa y, sobre todo, Nietzsche quien descubriera el Nihilismo que lo describía como la condena más grande de la humanidad y, que en estos momentos, ya la atestiguamos. 

Todos los temas filosóficos de Nietzsche, que son muchos, se darían cita en su obra tal vez más grande, un trabajo cuyo nudo argumental lo constituye el título de su libro, La Voluntad de Poder, que después, en sus Fundamentos de Nueva Valoración, apuntaría a dos blancos. La voluntad de poder como el principio para determinar valores. Y el segundo sería la necesidad de una nueva valoración alertando de que un fantasma criminal había ya cubierto a toda Europa, el Nihilismo.

 Ese Nihilismo que señalaba que todos los valores supremos estaban perdiendo su validez, pues lo que el cristianismo dictaba con su moral y su filosofía establecida con carácter de leyes intangibles, absolutas, estaban perdiendo su virtud imperativa. Y como gran consecuencia surgía ese Nihilismo como un largo despilfarro de fuerzas, la gran tortura del “en vano”, la imposible seguridad de una oportunidad para rehacer lo destruido, la vergüenza y gran culpa de los seres humanos que ellos mismos se hubieran mentido durante tanto tiempo. 

Y se propagaba la noticia: Dios había muerto, y con él todo el reino de valores de Constantino, normas y los fines que habían regido la existencia humana. Ya no sería posible engañarnos con el espejismo de la trascendencia. La idea del prometido mundo superior donde reinaban desde siempre y para siempre el bien, la verdad, la justicia, para revelarse solo como proyección de nuestras ciegas aspiraciones más allá de lo existente. 

No había nada detrás del telón: ese mundo sin cambios, sin muerte, sin dolor, donde la mentira no existía. Un ideal vacío, una mentira piadosa que los mismos humanos habían inventado invirtiendo los caracteres de nuestro mundo real que era indigno de ser vivido. Y se hacía claro el falso origen de esos valores, el universo se devaluaba perdiendo su sentido. 

Y se debían enfrentar dos formas opuestas de negación de vida, pero eran complementarias: el nihilismo pesimista, y el de ese optimismo metafásico del idealismo. La primera consecuencia lógica de la segunda, en sí misma, era la semilla del nihilismo, pero con ese fundamento de sus valores inexistentes (nihil). Un nihilismo inconsciente que ignoraba su propia mentira. Pero al develarse esa mentira, surgiría el verdadero nihilismo. Pero, en definitiva, la historia de la humanidad desde Platón hasta el cristianismo había sido siempre la historia de un tedio vital cada vez más profundo. Todo perdía sentido. 

Sin embargo, para Nietzsche constituía un estado transitorio. Pues su perspicacia filosófica le impedía caer en lo absurdo. Ya que lo que se escondía tras de lo absurdo era un resentimiento inconfesado contra el ser, en tanto este ser no sucumbiera a nuestros cánones morales. La vida estaba desprovista de sentido porque se pensaba que debería de tener sentido celestial. Y Nietzsche siempre advertía contra los peligros de una agresiva ficción de la finalidad para hacer de nuestras deseabilidades los jueces del ser. Pero, el asesino de Dios, aquel “hombre superior”, era muy débil para afrontar las consecuencias de su crimen y decidía adorar nuevos becerros de oro.        

Y en medio de un panorama tan negro, Nietzsche, seguro no se cambiaría, contaría la historia de los siguientes dos siglos. Así, iniciaría describiendo lo que sucedería, lo que no podría suceder de otra forma: la verdadera destrucción del nihilismo. Una historia que ya puede contarse, porque la necesidad misma ha estado en acción por un tiempo. Este futuro hablaba ya con miles de signos, el destino se anunciaba por doquier; para la música del porvenir ya estaban aguzados todos los oídos. Toda la cultura europea se había estado agitando con una tensión torturadora. La angustia había aumentado sin detenerse, era la ruta segura hacia una gran catástrofe; intranquila, violenta, atropellada, ese torrente que le urge llegar y no reflexionaba, pues temía hacerlo. 

El nihilismo ya tocaba la puerta sin saber de dónde llegaba este huésped destructor. Señalaba que sería un error asignar culpa a las crisis sociales, la degeneración fisiológica, la corrupción. La miseria corporal, intelectual y espiritual, no tenía la capacidad para provocar ese nihilismo criminal. Las mismas necesidades seguían permitiendo interpretaciones nebulosas. Sin embargo, en una interpretación certera, el cristianismo moral, se había asentado sobre el nihilismo. 

La decadencia del cristianismo, con su moral inamovible, se volvería contra el Dios cristiano—el sentido de la verdad desarrollado por el cristianismo se transformaría en engaño ante su falsedad al interpretar el mundo y toda su historia, no era la de Jesús. La figura del Dios de la verdad se convertía en creencia fanática manipulada. Lo decisivo sería el escepticismo ante la moral del mundo cínico, algo que ya no tendría sanción alguna, después de intentar huir hacia un más allá, acabarían cargando ese nihilismo. La inconsistencia de su interpretación del mundo despertaría una gran desconfianza en todas esas afirmaciones falsas. 

Contra la falta de sentido, por una parte, contra esa clara falsa apreciación de los juicios morales, por otra, era consecuencia de la ciencia y la filosofía que habían estado demasiado tiempo bajo la influencia de esos juicios morales de la iglesia. Y sin tener en cuenta toda la hostilidad hacia la ciencia ni las críticas certeras del espinosismo. Veríamos juicios de valor cristiano apareciendo por todos los sistemas socialistas. 

Las consecuencias nihilistas de las formas equivocadas de pensar y actuar en política y economía, afirmando todos los principios, deberán llegar milagrosamente, entonces caerían en esa interpretación teatral; aliento de mediocridad, de la mezquindad, de falta total de integridad. El nacionalismo falso, anarquismo. Y ante la sequía del Ubermensch se inventaran los ideales populares, el sabio, el santo, el líder, todos con etiquetas de sus falsedades. Así, el nihilismo será un estado psicológico, advertía Nietzsche; será la consecuencia de juicios sin valor, de esa falsa moral como renuncia a la voluntad de existir. El mundo estará camino a su infierno. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

IRAN AL BORDE DEL GRAN ABISMO