Ricardo Valenzuela
En la historia de Europa hay infinidad de eventos de los cuales han surgido grandes lecciones. Una de las más excitantes fue la relación especial de Federico el Grande de Prusia y el filósofo renacentista Voltaire, hombres tan distintos que difícilmente alguien hubiera previsto tal relación. Una relación que se iniciara con la gran admiración del emperador por la mente filosófica, libertaria y artística de Voltaire.
Federico desde su niñez mostraba un espíritu artístico con amor por la música, pintura, literatura, y también mostraba cierta feminidad en sus conductas. Eso enfurecía a su padre, que lo trataba con una crueldad sangrienta; pues él quería verlo con los atuendos de guerrero y, ante la falta de respuesta del príncipe, su crueldad llegaba a niveles de salvajismo. Era la gran preocupación de un padre que quería tener la seguridad de que, a su muerte, Federico tuviera todas las armas, no solo para mantener el imperio, sino hacerlo crecer, y un líder afeminado, para él, era una desgracia.
En los años en que Luis XV gozó de gran popularidad, sobre todo después de la victoria francesa en la batalla de Fontenoy en Bélgica, Voltaire dedicó al monarca un pasaje tan zalamero que, desconfiando de palabras lisonjeras, el rey lo ignoró. Pero, al poco tiempo, tal vez para nivelar la mezcla de su coctel, Voltaire llevaría a cabo una agresiva crítica, con evidencias, de la corte de Versalles, por su corrupción y la debilidad de los poderosos ante los halagos, y cargaría luego contra la enorme riqueza mal habida, que vuelve a tantos seres humanos avaros y crueles.
Ante la frialdad y el disgusto de la Corona, Voltaire dio un paso del que se arrepentiría toda su vida: aceptó la propuesta de Federico de Prusia, ya emperador, para sumarse a un grupo élite de sus consejeros y se trasladó a su corte de Potsdam, en el corazón de Prusia. Fue el inicio de un destierro que duró casi toda su vida. Podría decirse que Voltaire fue un apátrida, si no fuese porque su patria fue siempre la lengua, y en aquellos momentos en el castillo de Sanssouci, sede de la corte del monarca prusiano, solo se hablaba francés.
El joven rey componía sus versos siguiendo a Racine y Corneille, que Voltaire le corregía (limpiaba la ropa sucia del rey, decía a sus colegas, sin poder contener su lengua). Pero muy pronto descubrió que, si Luis XV era sensible a los halagos, Federico el Grande lo era aún más, y aquella corte, donde se había reunido a filósofos y matemáticos de cierto renombre, era también un auténtico nido de envidias. Era despotismo ilustrado en su estado más puro. Ya presente en la nueva posición, empezaría a escuchar rumores de la posible homosexualidad del heredero, y era obvio que sus movimientos eran femeninos, no los de un fiero guerrero que su padre siempre quiso.
Sin embargo, el debutante emperador, sorprendiendo a todo el continente, archivaba su amor por todo lo que lo hacía lucir femenino, para convertirse en el guerrero que su padre había querido. Había heredado un imperio muy rico, una tesorería cargada de oro sin posibles aplicaciones y un ejército considerado uno de los mejores de Europa. Y, lo más interesante, la frontera con una región de Austria de gran riqueza, que, si la conquistaba, acrecentaría la cantidad del oro ya acumulado en su tesorería, impulsivamente decidía conquistarla con las armas.
De inmediato, iniciaba la invasión liderada por él mismo, resultando en una vergonzosa derrota que cobardemente lo obligaba al abandono de sus tropas. Ya en su palacio, a punto del llanto, le llega el mensaje de que, después de su huida, su ejército siguió peleando hasta ganar esa batalla. Al amanecer, aparece en el campo de batalla para resumir el liderazgo de sus tropas, sorprendiendo por su valor y sabiduría natural en estrategias de combate. En esos momentos nacía el Federico el Grande, vencedor en tantas batallas, para llevar a Prusia a un olimpo nunca considerado.
Pero no se daba cuenta de que se había convertido en lo que tanto despreciaba; asumía la personalidad de su padre con toda esa ambición de conquista, con esos ánimos de guerra y destrucción, con toda su crueldad abusiva. Ya no consultaba a sus consejeros. Algo que sorprendía a su héroe, Voltaire, y su relación con Federico se deterioró tanto que incluso llegó a temer por su vida. Ya no era aquel joven soñador, amante de la poesía, de la música, filosofía y del arte.
Cuando consiguió escapar de la corte prusiana, se refugió en el País de Gex, una tierra franca entre Francia y Suiza con las huellas rebeldes de Spinoza y Leibniz. Sería el monarca de su pequeño reino; allí llevó a cabo su viejo sueño ilustrado, promoviendo el progreso y bienestar del pueblo de Ferney con las ideas de libertad que tanto amaba. Voltaire había vencido a todos, y su fama de garante de la justicia y de la libertad fue creciendo de tal forma que, al poco tiempo, ya era muy conocido como Le roi Voltaire. Emperador de la mente.
En este lugar se enteró, con espanto, del proceso contra la familia Calas. Jean Calas era un próspero comerciante de telas de Toulouse, la ciudad más clerical de Francia. Era protestante y tenía cuatro hijos y dos hijas. La noche del 13 de octubre de 1761, el hijo mayor apareció ahorcado en la tienda familiar. El magistrado que instruyó el caso, presionado por el ambiente antiprotestante de Toulouse, concluyó que se trataba de un asesinato y acusó a la familia de haberlo matado para evitar que se convirtiera al catolicismo, como lo había hecho otro de sus hijos.
Destacando algunas incoherencias en la declaración de los Calas, que intentaba disimular el suicidio de su hijo para así proceder y darle un entierro digno, la justicia decidió que el padre, la madre y su hijo debían ser ejecutados. Al final, la sentencia se aplicó solo al progenitor, que fue torturado, expuesto durante dos horas y después fue estrangulado y quemado en la hoguera. Voltaire envió una carta calificándolos como enemigos de la humanidad.
Voltaire asistió espantado al proceso. Empezó a recabar información y llevaría a cabo una colecta entre sus amigos y conocidos para ayudar a la viuda. Diderot escribía a su amiga Sophie Volland: “Es Voltaire quien ha escrito a favor de la pobre familia. ¡Oh, amiga mía! ¡Qué maravilloso despliegue de la inteligencia y de humanidad! ¡Si Cristo existe, os aseguro que Voltaire se salvará!
Voltaire escribía. “Hubo una era en la que era obligatorio promulgar decretos contra quienes enseñaban doctrinas contrarias a las categorías de Aristóteles, al horror al vacío”. Federico moría sin heredero.
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