Ricardo Valenzuela

Hace unos dias, en mi ya larga lucha por la verdadera libertad, tuve una experiencia de las desagradables de mi vida la que, como siempre lo hago, después de alguna de esas tormentas tan molestas, asumiendo mi auto crítica, busco algún beneficio del enfrentamiento. Y, sobre todo, lo hago de forma especial cuando, quienes las provocan, son mentes tan petrificadas, tan increíblemente lejanas del supuesto blanco hacia donde dicen apuntar, que, en lugar de aportar algo, estorban al percudir el agua de un pantano ya venenoso.
Esta persona, asumiendo una ciega oda en favor de, según ella, la segura presidencia de Ricardo Salinas Pliego, mi admirado amigo Alex Chuafen, haría un respetuoso señalamiento, al cual yo, casi en plan de broma, me dirijo a Alex, no a la promotora ni siquiera mencionando a Salinas Pliego, con tacto y no sonara irrespetuoso pues lo conozco. Esta guerrillera desarmada explota invadida de histeria, no contra Alex, sino contra mi persona. Y surge lo interesante, aunque su histérico mensaje era dirigido a mí, la retahíla de insultos que lo acompañaban era para Trump.