SIRVIERON LOS MENSAJES DE JESUS (SEGUNDA)

Ricardo Valenzuela

Constantino I 🔻El primer EMPERADOR CRISTIANO de Roma y su impacto en la  historia    

Si la materia prima de esta corporación global estaba defectuosa, nos deberíamos preguntar ¿Debemos darle los santos óleos al enfermo que Jesús quería rescatar de las fauces de los arcontes? Una pregunta de una amplitud difícil de responder, porque, para hacerlo responsablemente, hay que tener un gran caudal de información de una materia prima que debería de involucrar historia, geografía, filosofía, psicología, religión y muchas otras áreas que han cincelado ese monumental producto que son los seres humanos que forman la humanidad. 

Creo que debemos de partir dejando claro que, el cerebro humano tiene 100 billones de neuronas y cada una de ellas con una capacidad mayor de cualquier computadora, de las cuales solo usamos menos del 10%. Por eso en sus mensajes Jesús insistía en llamar la sociedad, cerebro, corazón, glándula pineal, como ese reino celestial en nuestro interior. Y el claro objetivo era alcanzar esa conciencia superior que no teníamos, pues el cerebro era solo el lugar donde se alojaría al haberla logrado.

 Hay una corriente de pensamiento que culpa al desarrollo del cristianismo de la caída del imperio romano. En la presentación de su caso, se afirmaba que el espíritu guerrero, invencible del soldado romano, había desaparecido, pues, muchos de los elementos de sus falanges, desertaban para convertirse en monjes. En el año 415, cinco después de que los godos tomaran Roma, Agustín de Hipona anunció un futuro en el que la sociedad estaría compuesta exclusivamente por personas que escrutarían a diario su conciencia y sus pecados mientras rezaban el Padrenuestro. Primer paso de lo que se pretendía. 

Próspero de Aquitania, hablaba del siglo V, no como el siglo de la caída del Imperio Romano, sino del agresivo ascenso de la Iglesia cristiana. Trescientos años de sinsabores necesitaron los cristianos para afianzar su posición, y siglo y medio más de difíciles transacciones para conseguir la hegemonía. Desde que Pedro bautizó al primer gentil, un centurión romano de nombre Cornelio, la nueva fe solo se dedicó a exponer el relieve de sus ansias universalistas, no solo equiparables a la voluntad integradora del propio Imperio, sino muy superiores y más potentes. 

Por más que los cristianos insistieran en que, para ellos, solo la transcendencia y la salvación del alma tenía importancia, era claro sus ideas constituían una clara amenaza para el orden establecido. Al proclamar la igualdad total de los hombres y la ilegitimidad de la riqueza –los primeros cristianos iniciarían su defensa de un comunismo en una sociedad en la que la posición social dependía del patrimonio– socavaba los fundamentos del sistema romano y explicaba, sin duda, las agresivas persecuciones sin efecto que provocaban los horrores del imperio decadente ante ese cristianismo creciente. 

El historiador, Peter Brown, famoso por interpretar el declive del Imperio Romano como una metamorfosis, no como un proceso en decadencia, analizó la ruta desde el orden romano hasta el orden cristiano siguiendo las huellas del concepto de riqueza. El resultado de su investigación fue que, entre el siglo IV y el VI, se pasó de una visión pagana de la riqueza, cuando esta era considerada un resultado que justificaba el lujo de quienes la lograban, a una visión cristiana en la que la riqueza solo era aceptable si era transferida. El tesoro en la tierra debía viajar hacia al tesoro del cielo. 

El ocaso de la aristocracia romana y la afluencia masiva de riqueza hacia la Iglesia, entendida como medio para la salvación, provocó una riqueza infinita de la iglesia y la convirtió en el poder económico más grande de aquella era. Todo este proceso tendría consecuencias. Una de las más interesantes fue en ese nuevo papel del clero. El clero se convirtió en una clase sagrada que impusiera ciertos rasgos distintivos, desde la renuncia al mundo y al ego, hasta la continencia sexual, como sus armas de control. Desde el momento en que sus miembros constituyeron, no solo una elite propietaria de la palabra de Dios, sino un grupo de entidades santas elegidas en virtud de sus votos, el dinero que inicialmente se dedicaba a los pobres y las iglesias fue desviado hacia su sostenimiento material de su elite. 

Las investigaciones clásicas concluían a mediados del siglo VI, pero si analizamos el papel de la iglesia, durante la edad media, entre la población romana y los bárbaros teniendo en mente que, en el Antiguo Régimen, la división de la sociedad se constituía en tres niveles, dos basados en la sangre –nobles y pueblo, bárbaros y romanos– y otro en el espíritu, el clero, nació en esa realidad y muestra que el período recorrido era esencial para su comprensión. Y al haberlo analizado en claves históricas y políticas, no teológicas, mostraría una realidad muy distinta. 

La piedad cristiana por el destino del alma, al identificar los demoniacos peligros de esa ruta, colgaba la culpa a la riqueza y la pobreza elevada a virtud, y el reparto de riqueza era pasaporte al cielo. Ello produciría una radical mutación en la concepción de la riqueza que provocaría un sangriento combate durante siglos. Un periodo conocido como el milenio de oscuridad. Pero, en un cierto punto de la historia, la enfrentaría a la naciente ciencia económica y su principal actor, el nuevo consumidor-productor representado por el individuo. A finales de la edad media, la iglesia había envejecido y ya era contra productiva. 

Una de las respuestas más poderosas sería la de Adam Smith afirmando: “No por la benevolencia del carnicero, del panadero, ni del lechero, es que tengo la cena sobre mi mesa. Si no por su ambición de lograr una ganancia y, al perseguir un objetivo tan personal, sin proponérselo, estarán aportando al beneficio de la comunidad, siempre guiados por de esa mano invisible.” Nacía el liberalismo original, no solo rescatando el concepto de ambición, sino también a la mitad de la población vetada por la iglesia, las mujeres, y se le declaraba enemigo de la humanidad.

 Arribaba una nueva era cuestionando las prácticas de la iglesia que vendía el cielo a través de los diezmos y primicias y, sobre todo, indulgencias, para reducir el tiempo de las almas en el purgatorio a cambio de dinero, donaciones. El lucrativo tráfico de Reliquias milagrosas, que generaban grandes ingresos y poder, aunque causaron abusos y fraudes, criticados por figuras como San Agustín, afirmando que las indulgencias eran un acto de misericordia y no una entrada garantizada al cielo. Se iniciaba el combate moderno entre libertad y opresión, entre individuo contra el estado-iglesia.

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