Ricardo Valenzuela
Creo que a todos nos ha sucedido lo que llamo encuentros milagrosos accidentales que dan a la vida rumbos especiales y diferentes. A mí me sucedió para conocer a Arthur Laffer en San Diego en los años 90, a John Gavin en Los Angeles en los 70s, al mismo Donald Trump en Tucson al inicio de los 80s. Creo que el haber encontrado a Jordan Peterson, fue otro de esos milagros, pues me ha llevado a un nuevo estadio de su sabiduría para entender mejor la naturaleza humana. Pensé mucho acerca de lo que he decidido compartir. Una experiencia increíble que, conociendo la naturaleza humana, tal vez me cuelguen la etiqueta de locura.
Pero, lo hago también impulsado por algo más grande, porque lo que estoy describiendo, estoy seguro de que se puede aplicar al infierno que vive la humanidad en estos momentos de gran oscuridad, y tanta gente cegada para no ver la luz que pudiera surgir.
En mi larga búsqueda de una conexión espiritual más mundana que los mandatos obligatorios de la iglesia, di con la primera pista en los evangelios znósdicos encontrados en 1947, después de haber permanecido 1,700 años en una cueva. En ellos se me revelaba un Jesús de Nazaret diferente al que la iglesia me había descrito. Ello, a su vez, me llevaría hacia la sabiduría de un Carl Jung, quien, siendo un gran admirador de Jesús, le provocaría viajar hacia Etiopia, en donde la iglesia cristiana de ese país había mantenido los evangelios que la iglesia, después del concilio de Nicea, había ordenado se destruyeran. Ese evento resultaría en un Jung ya convertido por la gran sabiduría cuántica y psicológica de Jesús, y surgiría una nueva avenida para sus teorías.
Y, a mi estilo compulsivo, de inmediato me volcaría a estudiar todo lo que estuviera disponible de esa mente ya intervenida por la de Jesús. Un psiquiatra filosófico y religioso quien, desde mi primera incursión a sus ideas, me cautivaría. Pero, Jung estaba muerto, debía encontrar alguien que heredara sus ideas que había bautizado como filosofía espiritual. Como uno de esos milagrosos encuentros algo me llevaría a Jordan Peterson, su heredero. Al inicio mi interés surgía buscando una fórmula para deshacerme de la rabia que el sapo Coppel me provocara con su robo y traición.
Sin embargo, sin tener la menor idea, se iniciaba algo verdaderamente celestial. Este hombre, no solo identificaría el odio del sapo que mutara en su traición. Me enfrentaba, sin ser el objetivo principal, al contenido profundo de mi interior para, no solo ver lo diabólico de ciertos seres humanos, sino también para descubrir mi grandeza archivada durante toda mi vida. Y con los pocos destellos de esa grandeza, nunca utilizada, ante los ataques ocultos de ese diabólico sapo, emergían débiles destellos de esa dignidad y, con esa chispa, provocaba emergiera su odio desbocado.
Pero, también, me enseñaría el verdadero concepto de dignidad, puesto que, como muchos otros, la gente siempre los manosea para adaptarlos a sus condiciones. La dignidad, lejos de ser esa soberbia de los pendejos, es simplemente una fidelidad a uno mismo, es abandonar el ego luchando contra el alma (en su concepto psicológico) esa dignidad que, aun en hogares defectuosos, si el hogar lo forman gentes de sólidos valores, en medio de sus tempestades la dignidad queda instalada y, aunque, muchas veces permanezca ausente, en esa soledad consciente debe emerger.
Porque la dignidad es un valor intrínseco que no busca validación y, en los momentos más críticos, desde lo profundo de su portador, emerge con tenues destellos que, aun con esa tibia luz, ciega de rabia a cínicos como el sapo y les provoca la negrura de su sombra. Porque esos cínicos son como los vampiros viviendo en la oscuridad y alérgicos a la luz. Pues la luz los enfrenta con su enanismo. Y ellos solo se desarrollan en la oscuridad, pues la luz les muestra ese vacío que aparece en el espejo iluminado. Pero, nunca responden con algún tipo de confrontación, pues son cobardes, regidos por el miedo y envidia. Y lo que ven en su odiado, esa firmeza, aun en medio de sus tempestades, a los cínicos les provoca sufrir y explotar.
Y al surgir esa dignidad, como lo afirmaba Tesla, es cuando encuentran su vibración y su energía que tanto odia el cínico al sentir ya no te pueden manipular y explotar. Porque con una aliada como la dignidad, aceptas la realidad que transforma, puesto que el negarla es lo que te hunde. Es cuando el alma toma el lugar del ego como timón de la vida. Es, también, cuando la tenue luz empieza a brillar con más potencia y el cinco no soporta ese reflejo. Es el momento que te deshaces de la sombra de los sapos y te odiaran por el resto de sus vidas.
Y regreso a Tesla quien afirmaba que, ante los cerebros petrificados, siempre debemos pensar en vibración y energía, porque nos puede conectar con ese universo de la sabiduría. Pero, primero, debemos despertar para, como afirmaba Jesús, el reino celestial siempre ha estado en nuestro interior, y es nuestra obligación encontrarlo. Y un alma madura no reacciona, responde. Y hemos estado respondiendo porque nuestras vidas están regidas por el ego, no la sabiduría del alma. Y dignidad es enfrentar la verdad, no que nos la dicten. Y, en mi caso, el inicio de mi despertar provocaría la histeria del sapo con su ego criminal.
Todo este proceso era lo que Jung bautizaría como la Alquimia del Alma, la sabiduría y fortaleza para confrontar la verdad, pues, los verdaderos cambios fortalecen, a veces duelen, pero ese dolor es la medida de nuestro avance hacia la libertad. Yo, con humildad afirmo, siento que finamente mi vida ahora ya no la controla ese ego, pues, para neutralizar a esos sapos, creo haberme convertido en capitán de mi nave, el alma. Y no necesito convencer a nadie, yo estoy convencido, ni que se me acepte, pues me acepto yo mismo, ni que me entiendan, me entiendo a mí mismo. Ya no me seducen las cosas artificiales, creo haber encontrado mi frecuencia.
Trato de eliminar de mi vida el odio, no aceptación de sapos que lo provocan, los conflictos que están fuera de mi poder de solución, de vivir solo por hoy. El sapo Coppel fue mi llamado para despertar. Me ha llegado la energía después de larga lucha. La traición del sapo no fue la medida de mi vida ni de mi dignidad, es la medida de la sombra de su infierno y su mediocridad. Su crimen lo he convertido en mi sabiduría, me robó mucho, pero no mi dignidad que sigue intacta. Ahora esa nueva dignidad que aprendí de Jung es mi arma. Porque, finalmente, he podido abrazar el poder de la individuación del mismo Jung y, en mi hermosa soledad, encontré la ansiada paz.
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