DIÓGENES, EL CANTINFLAS DE ATENAS

Ricardo Valenzuela

The Living Philosophy of Diogenes the Cynic 

Siempre que se pronuncia la palabra, filosofía, de inmediato acude a nuestra mente las figuras de los grandes pensadores que, con cierta capacidad monopólica, nos los mostraban como los cinceladores de la humanidad en aspectos políticos, retóricos, militares, moral etcétera. Así hemos conocido a Sócrates, su alumno Platón, Aristóteles y muchos de sus seguidores ya en el Partenón de la inmortalidad.   

Sin embargo, pocos han conocido a Diógenes de Sinope. El discípulo más destacado de Antístenes, fundador de la escuela cínica. Dado que no existe ningún escrito suyo, ha sido posible reconstruir sus ideas a través de múltiples anécdotas que reflejan más un modo de vida que un discurso filosófico articulado, pero, de gran profundidad. Bautizado por Platón el “Sócrates en la locura,” Diógenes siempre descalzo y vistiendo una capa vivía en un tonel, rechazando los convencionalismos, los honores y riquezas e incluso toda tentativa de conocimiento; para él, la virtud era el bien soberano. Objeto de burla y también respeto de los atenienses, para el estoico Epicteto fue un gran modelo de sabiduría.

Miembro de una distinguida familia su padre sería acusado de falsificar la moneda de Sinope, perdieran su fortuna y Diógenes llegaba huyendo a la gran Atenas. Después de una molesta insistencia, conseguía ser aceptado como estudiante de Antístenes, fundador de la corriente filosófica antigua conocida como cinismo o escuela cínica, designación sin relación con el significado moderno de las palabras cínico o cinismo. Diógenes le construiría el verdadero significado que llevaría a un extremo de locura. 

 Diógenes convertiría su destierro en grandes enseñanzas de vida. Él abogaba por un estilo de vida ascético y lo ponía en práctica; se basaba en la autosuficiencia y en un riguroso entrenamiento del cuerpo para tener las menores necesidades posibles. Con esto rompía con el ideal del hombre como animal político que mantenía Aristóteles. Creía que la felicidad se lograba mediante la satisfacción exclusiva de las necesidades naturales, sin estar condicionado por el peso de las instituciones. Consideraba que las convenciones contrarias a estos principios no eran naturales y debían ignorarse. 

Diógenes pretendía mostrar autenticidad, modestia, pobreza, totalmente lejos de los estilos cristianos del futuro. Para él serían herramientas de agresión a la hipocresía de la gente. Afirmaba que la libertad se conseguía al literalmente no tener nada que te pudieran arrebatar. Sería su sabio proceso que lo llevaría a confundir a la gente que no sabían si era un mendigo, un gran sabio, o un santo. La incomodidad sería su marca afirmando, grandes necesidades causan grandes sufrimientos porque de esa forma la gente despreciaba las necesidades del alma. 

Él estaba fabricando un proyecto filosófico afirmando que la esclavitud surgía con las olas de necesidades inventadas por la misma gente. La austeridad era su norma de vida, y ello le permitía ser independiente de cualquier necesidad. Con su ejemplo exagerado Diógenes le refregaba en la cara a toda Atenas la hipocresía de su sociedad. Era predicar con el ejemplo. Platón en su academia educaba a los hijos de ricos cobrando grandes sumas. Diógenes educaba a la plebe en las calles sin cobrar y, sus conductas, por más escandalosas que fueran, plantaban profundamente sus mensajes. 

Llegando como triunfador a Corinto, Alejandro Magno, conociendo su fama, sintió deseos de conocer al gran filósofo y sus soldados lo localizaban. Alejandro lo encontró sentado calentándose con el sol, Diógenes miró al rey con indiferencia y Alejandro se presentó, “soy Alejandro, el rey,” Diógenes le contestó: “Yo soy Diógenes, el perro.” "¿Por qué te llaman el perro?" Diógenes respondió: "Porque alabo a los que me dan, ladro a los que no me dan y muerdo a los malos." "Pídeme lo que quieras" le dijo Alejandro. Diógenes sin inmutarse le contestó: "Muévete a un lado que me estás tapando el sol." 

Alejandro, sorprendido, le preguntó: "¿No me temes?" Diógenes sereno le contestó con otra pregunta: "Alejandro, ¿tú te consideras un buen hombre o un hombre malo?" Alejandro le respondió: "Por supuesto que me considero un buen hombre," por eso Diógenes le respondía: "Entonces ¿por qué habría de temerte?". 

La gente se escandalizó con la respuesta del vago. Alejandro que sonreía reviró: “Si yo no fuera Alejandro, me gustaría ser Diógenes." Diógenes respondió: "Y si yo no fuera Diógenes, también querría ser Diógenes.” Cuando el viejo le preguntaba por sus planes, Alejandro le respondía, “voy a conquistar Egipto, luego voy a conquistar todo el medio oriente, después será toda Europa.” ¿Y luego qué? Pregunta Diógenes. Responde Alejandro; “voy a relajarme y disfrutar.” Le responde el mendigo. “Por qué no te relajas y disfrutas ya, y así te evitas tantos viajes.”   

En este evento habría una gran lección. Alejandro expresaba envidia del mendigo que solo necesitaba la luz del sol para calentarse. Gran choque de percepciones de la libertad que solo sus protagonistas entenderían. Alejandro con su ambición global no provocaba envidia a Diógenes porque él tenía algo muy valioso, la verdadera libertad, la del interior. Alejandro tenía un reporte de frases que le escuchaban a Diógenes y, tal vez envidiando esa vida, seguido las analizaba. 

“La pobreza autodidacta es soporte para la filosofía, porque las cosas que la filosofía trata de enseñar con el razonamiento, la pobreza nos obliga a practicar”. “Para llegar a la perfección, un hombre debe tener amigos muy sinceros o enemigos empedernidos y traicioneros; porque se daría cuenta de su buena o mala conducta, ya fuera por las censuras de unos o por las agresiones de los otros.” “Los que tienen la virtud siempre en la boca, pero también siempre en la práctica la ignoran, son como un arpa que emite un sonido hermoso para los demás, mientras que ella misma es insensible a la música” 

Alejandro partiría impresionado por ese hombre tan especial, conquistaría todo lo que le anunciara a Diógenes, el mundo entero que había sido su ambición, pero moriría lejos de su imperio a 32 años y nunca se habría relajado ni disfrutado como le aconsejara aquel viejo pensador. Diógenes sería el manantial del cual emergían sabios como el mismo Marco Aurelio y, sobre todo, el gran Epicteto que lo consideraba, junto a Sócrates, los autores del sabio modelo estoico, de esa verdad imperturbable, siempre acertados en sus juicios y sus comportamientos, modelos que Epicteto se consideró incapaz de alcanzar y que difícilmente alcanzarían sus discípulos. Ese fue el cantinflas de Atenas.

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