GRAN DESCUBRIMIENTO, MI SENTIDO DE PERCEPCIÓN

Ricardo Valenzuela

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Siempre he sido gran admirador de Ayn Rand, especialmente en su invasión de esos campos secos acerca del conocimiento que, en cierto momento, me llevarían a los terrenos de otros genios malentendidos como fue el gran Tesla y, como un agradable rebote, hacia Einstein, pero, no al sabio de la física, sino a quien yo lo identificaba con ambos, Spinoza y Tesla. Porque, en diferentes latitudes los tres, en sus aportaciones al conocimiento con potencial de sabiduría, tocarían un punto que me llevaría años darle la importancia que merece, la percepción humana. 

Durante todo momento consciente en nuestra vida, todos nosotros somos parte de una transacción asombrosa. Vivimos nadando en ríos de energía física, poderosas olas cuánticas, campos electromagnéticos, potentes fuerzas mecánicas. Y toda esta energía pasa frente a nosotros sin dejar rastro discernible. Pero algo de esto, en cada momento, provoca reacciones en nuestras células que llamamos receptores, y ellos, a su vez, provocan impulsos electromagnéticos que reverberan a través de la estructura física que conocemos como sistema nervioso. Como radios nosotros estamos sintonizados a una “porción de energía” que forma potentes remolinos alrededor del mundo.

 Pero estamos mal sintonizados por alguien muy tramposo y, sin utilizar la sintonía reverberan con una complexidad más allá de cualquier sueño que los mejores ingenieros hayan pensado construir. Somos potentes receptores de alta fidelidad con un increíble alcance. Entonces, el acceder al uso de los 100 billones de células que tiene el cerebro humano, de las cuales usa el 10%, depende de nuestros mapas mentales construidos por la percepción tan equivocada y, sobre todo, también de ello depende la posibilidad de conectarnos al universo de sabiduría de Tesla, universo que Grinberg conociera bien. 

Y hay algo todavía más increíble. A diferencia de cualquier aparato electrónico, el sistema nervioso ofrece entregarnos la experiencia consciente del mundo que nos rodea. La resonancia de mi cerebro al flujo de energía me avisa que hay un mundo para mí, mundo que puedo ver, oír, tocar, probar, oler.  Un mundo en el que vivo y me muevo, mundo en medio de una trayectoria que ningún físico podría calcular ni con inteligencia artificial; un mundo que me invita a comprenderlo y a transformarlo, planteando miles de proyectos. Un mundo que puedo conocer y cuidar. Un proceso que llamamos percepción, y es la encrucijada de nuestro secreto con este mundo. 

¿Qué es y cómo opera esta percepción? Todavía estamos en pañales en este campo. Neuro fisiologistas tienen una idea de cómo los receptores transforman la energía convirtiéndola en impulsos nerviosos, pero apenas iniciaron la exploración de los circuitos neurales con esos impulsos que los alimentan. Se ha podido aislar muchas de las dimensiones de la experiencia sensorial y han conectado algunas, pero han estado tratando de encontrar las categorías propias, los métodos, ante la complejidad del fenómeno. Los filósofos no han podido contestar preguntas de lo que es. Ellos quieren saber si la experiencia consciente es distinta de los eventos neuronales. 

Según Aristóteles la percepción es lo único que permite adquirir conocimiento y al hombre lo rescató de las cavernas. De la percepción surge el recuerdo, de los recuerdos repetidos surge la experiencia, de la experiencia proviene el principio de la técnica y de la ciencia. Para David Hume percepción era todo lo que podía estar presente en la mente, ya fuera por la acción de los sentidos o por la reflexión. En ese sentido, todas las percepciones parecen compartir al menos esta característica: que existen para la mente con un potencial infinito y, sobre todo, el hombre que la controle controlará su destino. 

Para Platón la percepción constituía uno de los instrumentos más importantes del hombre para emprender el camino al conocimiento y sabiduría, por lo que Platón le otorgaba la capacidad judicativa que le permitía atribuir cualidades sensibles a objetos o reconocer los propios objetos. Platón, como buen discípulo de Sócrates, aplicaba su mayéutica para percibir la realidad a base de preguntas. Aunque muchas veces el cinismo de Diógenes le redituaba. Le preguntaban a Diógenes ¿Por qué estás comiendo en la calle? Respondía, porque aquí me dio hambre. 

Para Jacobo Grinberg la lattice era una matriz invisible que comparaba con el Akashi hindú o el campo cuántico, algo utilizado por Jesús que vemos en los evangelios gnósticos. Era su holográfica y cada punto suyo contenía toda la información del universo. Nuestro cerebro, al interactuar con ese universo, “extrae” datos para construir la realidad. Tus 100 mil millones de neuronas generan un campo electromagnético que distorsiona la lattice. Esta interacción crea lo que llamamos “realidad”. Grinberg lo resumía así: “No vemos el mundo real, lo inventamos en lugar de construirlo a nuestra medida” 

Pero, surgiría un discípulo de Ayn Rand que, en mi opinión, ofrece la teoría más interesante. David Kelley, sostiene que la forma mas efectiva en la naturaleza de la percepción sensorial y sus objetos, la suya es la más cercana al sentido común, el realismo. Porque directamente percibimos objetos existiendo independientes de la mente, ese sentido es una ventana abierta en un mundo que es lo que parece no lo que creemos. Toda teoría de percepción debe basarse asumiendo la naturaleza del conocimiento y la relación de la mente con la realidad, así como la percepción honesta de uno mismo. “Yo solo sé que no sé nada.” Pues se conjuga con el racionalismo que defiende la idea de que el conocimiento humano proviene de la razón y de nuestra capacidad para razonar. Esto constituyó en sí mismo un cambio de pensamiento sustancial respecto a la Edad Media, tiempo en el que la fe religiosa cumplía ese rol. 

Si alguna vez el mundo vivió una era de percepción ridículamente errónea de la realidad, debe haber sido cuando los Annunaki abandonaron este planeta, hartos de la prehistoria mental del Homo erectus. Pero, un momento, el mundo actual, sin duda y por mucho, se erige como la era de la humanidad que ha plagado el mundo de los peores pendejos que se pudieran fabricar. Bien dicen los expertos que, al marcharse los Annunaki, nos desconectaron la conexión a los poderes que ellos mismos nos habían otorgado. Pero, se les fue la mano.     

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