Ricardo Valenzuela
En esta era de confusiones en donde se ha estado retando y cuestionando desde la veracidad de los dos sexos, hasta la configuración de nuestro planeta, la tierra, ahora con los nuevos abanderados afirmando no es un globo, es una superficie plana. Y, sobre todo, ese tornado que ha retado los valores y reglas tradicionales, para asomarnos a un laberinto en donde ya nada es bueno o malo, todo es relativo de acuerdo con los abanderados de moda y su novedosa religión del Woke. Una tendencia de tal poder que sigue avanzando sin rienda por el bosque de Fellini.
En estos momentos vale la pena asomarnos hacia donde podríamos, antes de tirar la espada para seguir el cencerro de una caponera, caminar la ruta que, a través de los siglos, como el sistema británico de la Common Law, establecido por decisiones de los tribunales, costumbres y no en leyes promulgadas por un legislativo. Podamos revisar y evaluar los esquemas sobre los cuales hemos construido la estructura y los cimientos de nuestro mundo. Y pienso que nada podría ser más beneficioso que vestir los ropajes de los verdugos que nos condenaran.
Y al avanzar en esta ruta estoy seguro llegaremos a expresar: “ya estamos maduros para “no ser,” porque resultaría sensato para nosotros ya “no ser.” Y ese lenguaje de la razón en este caso deberá ser el lenguaje de la naturaleza selectiva. Porque, lo que resulta verdaderamente inaceptable, es esa cobarde ambigüedad e insuficiencia de la rama falsa de la religión cristiana que protege mal habidos poderosos y fomenta la reproducción del débil. Y su gran ofensa ha sido haber fomentado el nihilismo purificador, la esperanza de resurrección por lo que debía pagar sufriendo. Un suicidio lento, gradual; una vida pequeña, infeliz, aunque duradera, una vida enteramente vulgar, mediocre, aburrida.
Luego surge con su compasión y el desprecio en una mezcla variada. El error se convertía en deber, en virtud, la equivocación en sostén, el instinto de aniquilación sistematizado como redención, extirpación de los órganos vitales que nos podrían retornar la salud perdida. Y este disparate, esta violación y castración de la vida, fuera considerado algo santo, vivir para servicio sin alternativa, autómata de su tratamiento, supuestamente para elevarnos, hacernos venerables, santos, inviolables y solo una divinidad podría ser autora de tal sanación, la salvación, acto de gracia, regalo inmerecido de un infeliz ser defectuoso.
La salud del alma sería considerada sufriendo siempre la enfermedad de ganas de libertad. Los supuestos para vida vigorosa y floreciente, las pasiones y deseos violentos, se admitirían como objeciones hacia una vida de pureza y prosperidad. Todo peligro que amenazara al hombre, lo que podría dominarlo y destruirlo era malo, recusable, y debía desenraizar de su alma. El hombre al que se había hecho inofensivo para si mismo y para los demás, a quien se había hundido en la humildad, en la duda y la modestia, consciente de su debilidad, el pecador, era el hombre deseable, el que con un poco de cirugía del alma se podría producir en serie.
Pero ¿a cambio de qué? De esa mediocridad, ese equilibrio de un alma que no es capaz de conocer los grandes estímulos, de promover y ejecutar grandes acontecimientos, taciturna, apagada y sin luz, que pueda ser considerada como una creación suprema, como la medida del verdadero hombre. Bacon afirmaría; “Las virtudes más bajas son elogiadas por la gente común, el vulgo, la plebe; las intermedias son admiradas; las más elevadas no provocan ningún sentido ni comprensión en absoluto.” La plebe siempre ha querido circo y lo sigue queriendo.
Pero el cristianismo de Constantino, como religión, pertenecía al vulgo para su desarrollo, crecimiento y la reconstrucción de esa plebe con cargas adicionales; para ellos la máxima virtud de la especie no tendría cabida en sus huestes. Ese cristianismo, no el de Jesús de Nazaret, ensuciaba la belleza, el esplendor, la ambición, la riqueza, el orgullo, autoestima y seguridad, ese conocimiento, el poder, la totalidad de la cultura: su objetivo era siempre la negación de que todo esto tuviera un significado ni alguna aportación. Le darían los últimos toques con sentimientos de culpa, temor, inseguridad, sumisión absoluta.
El gran logro en la historia de la moral ha sido el llevar sus valores morales a una hegemonía sobre todos los demás, para que sean no solo guías y jueces de la vida en general, sino también, del conocimiento, las artes, de aspiraciones políticas y sociales. Llegar a ser mejor (en su concepto) como única tarea que se debería lograr a costa de lo que fuera, y todo lo demás solo un medio para semejante fin. Perturbación, dificultad, peligro en contra del objetivo: deberían combatirse hasta la destrucción y reine siempre la moral de los esclavos.
Esto mutaría en darle a la voluntad de poder, de parte de los valores morales inventados, tres potentes fuerzas ocultas. El instinto de rebaño contra los fuertes e independientes. El instinto de los que sufren contra los que logran la felicidad. El instinto de los mediocres contra los privilegiados. Esta tendencia contaría con injustas ventajas artificiales, pues cualquier dosis de crueldad, falsedad, espíritu limitado de que se hubiera dado muestras—dado que los resultados históricos de la lucha de la moral contra los instintos fundamentales de la vida, habiendo siempre destruido las aspiraciones de grandeza de los pocos, ha sido la mayor inmoralidad que se ha atestiguado en la historia.
Y ante esa falsa aspiración de igualdad, debemos señalar que los hombres grandes siempre se distinguen, y es cuando deberían exigir lo que les corresponde ya no permitir la igualdad sea la medida ni tampoco el rango superior. El sacrificio, la abnegación ya no deben ser objetivos, tampoco la obediencia dictada por moral de esclavos con su regla de igualdad. La ordenada negligencia y el abandono del bienestar y aspiraciones, la renuncia a la nuestra valoración, ya no se deben permitir. Porque cuando el valor de las acciones ha sido determinado y la regla para medirlas es la igualdad, se inicia la muerte de las sociedades.
Esta fue la moral y los valores con los que se edificara la unión europea fundamentada en el valor del rebaño, la fatalidad de los grandes es que, al destacar, los hace blancos a destruir. El rebaño es alegre, conformista, sin dignidad y se horroriza con la aparición del hombre fuerte, porque causa tempestades en su pequeño continente que cada día se hunde más.
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