Ricardo Valenzuela
En una ocasión me reunía con Roberto Encinas Valenzuela quien, como nieto de mi tía Aurelia, una de las hermanas de mi padre, técnicamente era mi sobrino, pero, al estilo familiar, era algunos años mayor que yo. Y Roberto, habiendo estudiado leyes en el DF, había tenido la fortuna de frecuentar muy seguido al tío Gilberto por lo que llegara a ser, como yo, uno de sus grandes admiradores e, inclusive, tuvo la oportunidad de verlo en acción como ministro de la Suprema Corte de Justicia donde, sus opiniones legales, serian brillantes y legendarias.
Ya frente a Roberto le pregunto. ¿Cuál es el origen de esa virtud indescriptible combinada con moralidad que regía la vida del tío Gilberto? Me sorprende su respuesta cuando me dice. “Pues mira, yo también siempre me he preguntado pensando. Pues, ambos, mi tío Gilberto y mi tío Ricardo, tu padre, han sido hombres portadores de esas virtudes casi apostólicas y, que yo sepa, no iban a misa los domingos, no se confesaban ni comulgaban, pero jamás fueron actores de ningún asunto que hiciera dudar de su integridad y moralidad. Tanto”, me dice, “que yo siempre pensaba debían ser masones o miembros de alguna otra organización que no conocemos.”
Y para darle cierto perfil de broma cerraba. En aquellos años de las conductas escandalosas en tu adolescencia, la gente preguntaba, cómo es posible que ese muchacho con un padre ejemplar tenga esas conductas pugilísticas y escandalosas. Siempre habría alguien que afirmaba. Es que esas conductas de Ricardo siempre se las festejaba su abuelo materno porque era su nieto consentido. Y tú tío, el Prof. Salazar, siempre te defendía interviniendo, son travesuras que los años se las quitaran, pues mantiene firmes los valores de su padre y de su abuelo”.
Esa reunión con Roberto era el inicio de mi búsqueda tratando de entender lo que después conocería como la moralidad del rebaño. Algo que, en la nota anterior, al hablar de la voluntad de poder, desenfundo como nihilismo que un par de mis lectores me piden definir. Durante el siglo 19, mi filosofo favorito, Nietzsche, cimbraba a Europa con una afirmación supuestamente sacrílega; “Dios ha Muerto”, que al Vaticano le provocara un grave ataque de hipo y confusión para encontrar una respuesta adecuada al filósofo. Porque, la acompañaba con potentes elementos históricos, filosóficos, morales.
Pero Nietzsche con su afirmación no se refería textualmente al fallecimiento de Dios, sino al abandono de los valores, y lo ejecutaba con la ayuda de Baruch Spinoza y su grupo de pensadores, quien, como Nietzsche, había provocado el ataque más potente a la religión sin disparar un solo tiro, que le valdría la excomunión de cristianos y de judíos. Nietzsche afirmaba que ese nihilismo estaba en puerta y, con palabras de profeta, describía lo que sucedería en los siguientes doscientos años, porque no podría suceder de otra manera, finalmente llegaría a Europa esa plaga que ya se había anunciado.
Y ese destino que había anunciado ya presentaba cientos de signos por donde quiera y afirmaba. “Para esta música del porvenir ya estaban agudizadas todas las orejas para sintonizarse”. Pues la cultura europea se habia estado agitando ya durante mucho tiempo con una tensión torturadora y una gran angustia que no dejaba de crecer, señalando ya una ruta hacia una catástrofe, intranquila, violenta, atropellada, un gran torrente con prisa por llegar a su destino, que ya no reflexionaba porque le daba pavor reflexionar. Lo que el filosofo estaba anunciando era el infierno siglo 20 con sus dos guerras mundiales y el marxismo.
Ese filosofo anacoreta que, para haber logrado la claridad de sus ideas, las buscaba en la soledad, al margen, con paciencia, con gran demora y el rezago. Como un espíritu investigador y atrevido que ya se había extraviado en todos los laberintos del futuro, como aquel pájaro espectral, ilusorio y profético que mira hacia atrás cuando cuenta lo que seguramente vendrá mañana, el primer nihilista perfecto de Europa, porque ya había superado ese asesino mal que estaba destruyendo a la humanidad. El nihilismo conformista aceptado que había residido en su alma, viviéndolo hasta el fin, dejándolo tras de sí, debajo y fuera de sí.
Eso lo llevaría a ese evangelio futuro; la voluntad de poder. El ensayo de una trasmutación de valores. Un contramovimiento con relación al principio como la tarea, así, en cualquier clase de futuro, se debería destruir ese nihilismo perfecto, que con fuerza lo presuponía lógica y psicológicamente y no podría venir sino de él y por él. Solo así se podría llegar a las ultimas consecuencias, los valores que se habían tenido eran los que hacían necesario el ejercicio, porque el nihilismo había sido ese resultado lógico de nuestros grandes valores y de nuestro ideal fracasados. Solo habiendo aprendido lo fatal de ese juego, es cuando entre nosotros mismos podría surgir el ubermensch, el superhombre.
El Nihilismo había sido consecuencia de la interpretación de los valores de nuestra existencia. Es cuando los valores supremos perdieran validez. No había metas, ni respuestas al por qué. Nada tenía sentido, surgía la desconfianza en todo lo que nos habían instalado pudiera ser falso. Fue cuando los juicios de valor cristianos aparecieran en los sistemas socialistas y positivistas. Las consecuencias nihilistas en política y economía caerían en interpretación teatral; el aliento a la mediocridad, mezquindad, hipocresia. Anarquismo, búsqueda del justificador y el redentor. Ese sentimiento de debilidad, de incapacidad, y dependencia. Y así era el nacimiento del rebaño con su moralidad de esclavos entreguistas.
La raíz de los grandes males de la humanidad es que la moral de los esclavos, de los conformistas, de la humildad, de la castidad, del desinterés, de la obediencia absoluta, haya triunfado y los gobiernos la aprovecharan para su dominación. Por eso las naturalezas fuertes fueron condenadas a la hipocresia y sentir culpa de su éxito, atacadas con los tormentos de la conciencia, las naturalezas creadoras se sintieran rebeldes ante Dios, obstaculizadas. Porque siempre los amenaza el envilecimiento colectivo producto de ese nihilismo y fingen para sobrevivir.
La suprema misión del gran líder debería ser “prava corrigere, et recta corrobare, et sancta sublimare". "Corregir lo que pudiera estar torcido, fortalecer lo recto, y elevar lo sagrado." Y, “en vista que en Europa se había estado ya desarrollando el tipo animal de rebaño, sería conveniente intentar una educación especial y, consciente del tipo opuesto y de sus virtudes, evitar el nihilismo futuro del mundo.
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