Ricardo Valenzuela
“El enano dispone de un medio excelente para ser mayor que los gigantes: solo se encaraman sobre sus hombros para gritar”.
Victor Hugo
Cuando a mis 16 años y ya en puerta mi viaje a Monterrey para iniciar mi educación profesional, con la clásica confusión de un chamaco de esa edad, le informaba a mi padre que había decidido estudiar economía. Me respondía sabiamente ese hombre educado en Europa entre el Liceo Real de Bruselas, la Universidad Libre de Bruselas, y el London School of Economics de la siguiente forma. “Un economista en este confundido pais, si no porta credenciales marxistas, no tendrá oportunidades porque, entre otras cosas, es una carrera que apenas está debutando y el sector privado no la entiende. Me parece que la carrera de negocios te daría herramientas más demandadas”.
Pero, después de analizar la posibilidad y con mi gran interés por la economía, para decidir equitativamente, le informaba que estudiaría ambas puesto que, los primeros cinco semestres, sus planes de estudio eran casi idénticos. Y, acudiendo a los programas de verano, podría terminar las dos carreras. Mi padre había sido alumno del gran Hayek en el LSE, entendía mi entusiasmo y me hacía algunas recomendaciones. Porque, según él, la economía requería también el estudio profundo de otras ramas como filosofía, historia, sociología y, sobre todo, psicología citando la obra de Mises, la Acción Humana, que claramente la definía.
Sin embargo, portando en sus títulos de abogado la materia complementaria de filosofía y letras, no me extrañaba que pasara a sugerirme el leer con profundidad a ciertos filósofos especiales como Spinoza, Locke, Nietzsche, Schopenhauer, y otros de ramas diferentes como Cantillon, Turgot, JB Say, Voltaire. Pero, más me extrañaba su insistencia en los escritos de Nietzsche que el regularmente leía. Y, al preguntarle por que su insistencia, me respondía que Nietzsche habia dedicado gran parte de su vida al estudio de algo tan importante como la moral y, si de algo requería una economía para ser exitosa, era de la verdadera moral.
Desgraciadamente el manantial de sabiduria para definir la verdadera moral, sus cristalinas aguas se han emporcado por tantas manos sucias que las han tocado. El mismo Nietzsche confesaba que en su primer intento había sido invadido de lo que lo llevaría a leer algo que definiría la moral como algo perverso y vicioso. Y, como es natural, provocaba esa atracción que ejerce lo que es totalmente opuesto y antitético a esas ideas reales. Y se enfrentaba a su maestro Schopenhauer analizando el valor de los instintos no egoístas, compasión, abnegación, entrega, sacrificio que su maestro los habia divinizado y a él le repugnaban.
Pero Nietzsche finalmente explotaba en contra con gran desconfianza y un escepticismo cada vez más profundo. Y claramente veía el gran peligro de la humanidad, su tentación y seducción a nivel de sublimación hacia nada. El veía en ellos el principio del fin, el agotamiento que mira hacia atrás, la voluntad que se volvía contra la vida, la ultima enfermedad anunciada con su propia melancolía. Y con horror comprendió que esa moralidad de la compasión, que se extendía y contagiaba hasta a los filósofos, era un funesto síntoma, el camino por el cual la civilización se deslizaba. La errónea valoración de la compasión era algo nuevo, que antes la consideraban inútil y ahora amenazaba.
Y esa poderosa plaga dando nuevos valores a la compasión y su moralidad compasiva, era la infame emasculación moderna de nuestras emociones. Una nueva perspectiva inmensa provocando un vértigo de dudas, desconfianza, temores, la fe en esa moralidad vacía y su nueva exigencia. Sin conocer las circunstancias que le dieran vida, como se desarrollaron, se deformaron y la máscara que surgia como enfermedad. La moralidad como causa y remedio, como condena, como droga. El valor de estos valores se daba como hecho indiscutible y nuca se debía dudar que el “hombre bueno” era superior al “hombre malo”, de forma especial respecto al progreso humano, sus avances y la prosperidad, sin olvidar el porvenir.
Y surgía la pregunta ¿Y si fuera todo lo contrario? ¿Y si en el nuevo hombre bueno se ocultara el síntoma de regresión, el peligro, el veneno, un narcótico, mediante el cual el presente se alimentaría del futuro? ¿No recaería sobre esa moralidad la culpa de nunca alcanzar su máxima potencia y esplendor de la humanidad? ¿No sería esa moralidad el peligro de los peligros? Son preguntas que nadie se atreve a ponerlas sobre la mesa. Y al evadir esa responsabilidad el mundo ha sido atrapado por en nihilismo donde los valores supremos han perdido su validez, y le han dado vida a este mundo de la mediocridad sintiendo la merecemos.
Porque con ese nihilismo llegaría luego la moral de los esclavos, de los sometidos, de los castrados. De ese largo despilfarro de fuerzas, la tortura de que todo ha sido en vano, la inseguridad para que luego surja la entrega, sentir no merecemos y aceptar cualquier cosa, el sentir somos incapaces y necesitamos ayuda de algo superior y, aun sintiendo vergüenza, lo aceptamos y la gran duda se habría ya propagado. La archivada idea con la que nos engañamos de una posible trascendencia fue espejismo. La idea de otro mundo superior donde reina el bien, la verdad y la justicia, ha sido una falsa proyección inexistente.
Y es cuando ese nihilismo provoca la inconciencia de los seres humanos que ignoran su propia mentira y su verdadera realidad, surge lo que Nietzsche describiría como la muerte de Dios, que nuca hemos entendido su significado. Así la historia de la humanidad dese Platon, el cristianismo hasta este presente inconcebible ha sido siempre la historia de un Tedium Vitae. Ese estado de profundo hastío, apatía y aburrimiento existencial, donde hemos llegado a sentir que la vida carece de sentido, de propósito, de futuro, es monótona y sentimos es una carga demasiado pesada que no podemos soportar. Es lo que en Mexico le dio vida al Mexicano Enano culpando a España por nuestras desgracias.
Ese sentimiento de ir por la vida siempre sufriendo de una silenciosa desesperación. Y surgen las caricaturas de esos salvadores estilo Fidel Castro y el Che Guevara en Cuba, Chavez en Venezuela, el Peje en Mexico, Obama y Biden en EU, Sanches en España. Y, no solo los sufrimos, los elevamos a los recintos de ese Olimpo donde reinan los peores masoquistas de la democracia fallida.
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