Ricardo Valenzuela
“El mejor argumento contra la democracia es una conversación de cinco minutos con un votante”. (Winston Churchill)
Desde que me liberé de ese yugo, como yo definía el sistema político mexicano, ya operando fuera del país, empecé a leer a los grandes teóricos filosóficos y políticos que, al tocar el concepto de la democracia, lo hacían con admiración. Pero esos grandes expertos me parecían impresionados con esos simbólicos argumentos no sustentables. Ellos habían construido un esquema que contenía un idealismo exagerado del proceso democrático que nunca se asemejó a la realidad que el mundo estaba experimentando. Fue cuando me di cuenta de que había que buscar en otras fuentes.
El gran economista y filósofo moral John Stuart Mill argumentaba que se debía establecer la forma de gobierno que produjera los mejores resultados. Pero aconsejaba analizar “todas” las consecuencias. No había que enfocarse solo en las cosas obvias como crecimiento económico, etcétera. Especialmente se debería examinar cómo las diferentes formas de gobierno afectaban las virtudes morales e intelectuales de la gente. Pues aseguraba que algunas formas pueden generar gente lenta y pasiva, otras generan gentes alertas y activas.
Mill creía que involucrando a la gente en la política los haría inteligentes, solidarios con el bien común, mejor educados y nobles. Él pensaba que la participación política fortalecería las mentes y ablandaría sus corazones. Esperaba que la participación provocara que la gente mirara más allá de sus intereses inmediatos y adoptara una perspectiva más amplia y a largo plazo. Pero había que entender: Mill era un pensador científico y, en su era, la participación política era campo de la gente altamente educada.
Pero, en la actualidad, los resultados nos muestran una realidad diferente y alarmante. Todas las formas de participación política no solo han fallado en educar o ennoblecer a la gente, sino que la han embrutecido y corrompido. La verdad está más cercana a la queja de Schumpeter: “El ciudadano típico, al entrar a la política, siempre ha caído al más bajo nivel de su competencia mental e intelectual. Argumenta y analiza de una forma tan infantil dentro de la esfera de su interés rural. De inmediato surge ese nuevo hombre salvaje de las cavernas”.
Entonces, si la hipótesis de Mill estaba equivocada y la verdadera fue la de Schumpeter, debemos preguntar: ¿Realmente qué tanto queremos que la gente participe en la política y qué tan amplia debe ser esa participación?
Porque está totalmente comprobado que la gran mayoría de votantes son ignorantes, irracionales, mal informados. ¿Habrá alguna esperanza de la emergencia de sabiduría colectiva y contagie al rebaño votante a pesar de la ignorancia individual? Un buen ejemplo de sabiduría colectiva es la forma en que se establecen los precios, rápida y de forma efectiva, coordinando las mentes y acciones de billones, a pesar de que ningún individuo o grupo podría planear la economía a gran escala. Es el famoso milagro narrado por Bastiat en su escrito ¿Quién alimenta a París?
Los filósofos políticos describen la política como una gran esfera de amistad y cooperación. Otros se imaginan discusiones políticas del más alto nivel moral, filosófico, de gran apertura. Consejos para decidir todo lo que requiere la justicia. Grandes concesiones para las mejores ideas, aceptaciones de errores. La realidad es muy diferente. Al mundo lo han dividido entre malos y buenos para enfrentarnos. Pero tal escenario es para los ilusos y, sobre todo, para esos mercenarios aspirantes a vivir de la política, portadores de disfraces que les permitan hincarse ante cualquier partido.
La realidad es que los banqueros globales, en su empeño para destruir EUA y su república, que ha sido la gran necesidad para establecer su gobierno mundial, se les ha resistido y eso los ha frustrado. Y como ellos son expertos estableciendo gobiernos para esclavizar gente—esa gente que siempre depende del gobierno—, el comunismo ha sido el vehículo que eligieron. Ellos siempre han controlado gobiernos a base de comprar a sus políticos. Pero controlar a las masas ha sido algo que no les agrada ejecutar. Y la esclavitud del comunismo era ideal para el cóctel que preparaban.
Cuando Mill expusiera su sueño de rescatar gente de su pobreza, de su ignorancia, de sus derrotistas ideas y poder avanzar por la vida hacia sus propósitos, lo hacía porque el mundo ya ofrecía esa oportunidad. Ahora los hombres libres, íntegros, morales podrían escalar esa pirámide social hasta la punta, lugar que siempre fuera privilegio para aquellos que, por derecho de nacimiento, lo podían lograr. Que la riqueza no era algo estático, se podía crear y todos tendrían oportunidad de participar. Había surgido una sociedad con valores que la impulsaban a crear el país más poderoso del mundo. Esa que tanto impresionara a Tocqueville, la sociedad buena y moral de EUA.
Y esa virtuosa sociedad debía ser destruida. Y aquí es donde surgía el gran valor de la democracia. El instrumento adquirido por las élites globalistas para darle el vehículo a las nuevas generaciones que estaban programando. Esa generación de valores contorsionados. Ahora ya nada sería bueno o malo, todo sería relativo; se les había enseñado a odiar a su país y a sus antepasados, se les había instalado la gran culpa de ser americanos, la injusticia de la riqueza acumulada. Y les entregaban la democracia financiada y al estilo mexicano: “Si pierdo, arrebato”, y le agregaban el control de los dos partidos, control global, asunto concluido.
En 1906, Theodore Roosevelt afirmaba: “Detrás del ostensible gobierno se alza entronizado otro poder invisible que no debe lealtad ni reconoce responsabilidad alguna ante el pueblo. Destruir este gobierno invisible y romper la alianza impía entre los negocios y la política globales y corruptos constituye la tarea primordial del estadista en estos momentos”.
El pecado que se cometió en EUA fue obra de esa nueva generación que rechazó esa libertad plena. Creyeron posible un compromiso entre su nueva versión de libertad y el gobierno que idealizaron, considerando este último ya no un mal necesario, sino como una obligación votada, y en el momento en que sus votos valieran con su nueva democracia, comenzó a crecer todo el monstruo engendrado de tiranía mundial actual. Los instrumentos que se establecieron para salvaguardar los derechos se convirtieron en el mismo látigo con el que se golpea a los que añoran ser libres.
No hay comentarios:
Publicar un comentario