PILARES MENTALES DE LA PRISION MEXICANA. MISES Y LA ACCION HUMANA

Ricardo Valenzuela

Javier Milei and the resurgence of Mises: the Austro-libertarian praxis in  Argentina | La Derecha Diario en Inglés 

Lo que inicialmente definimos como el gran enfrentamiento entra la libertad y la fuerza que, con sus desarrollos a través de los años, fueron modificando el contenido de los dos elementos que participaban en esa eterna batalla. En el Concilio de Nicea sucedería algo muy importante, supuestamente, se le diera fisonomía clara y formal a los dos bandos que surgían, por un lado, el Imperio Romano en todo su esplendor, como un arrepentido tirano en busca de su redención. Por el otro, la nueva iglesia cristiana con la etiqueta formal, auténtica y legal, como la defensa organizada para protección de la libertad cívica, política y espiritual de todos los seres humanos. 

Algo que, para unos de la falange de la libertad, consideraban era un gran triunfo y se terminarían los enfrentamientos, pero, para otros, había sido una gran derrota y debían pasar el resto de sus vidas en la clandestinidad. Porque, aquellos evangelios que ellos habían ofrecido, tanto para el Imperio como los que habían recibido la bendición para su iglesia, eran tan peligrosos para las verdaderas intenciones de su proyecto de tiranía legal, que los habían convertido en blancos para ser eliminados. Además, sus documentos presentados deberían ser destruidos.

Lo que había provocado este evento que enfrentaran a estos nuevos enemigos, era el inicio de otra larga lucha en donde estaba en juego algo de un valor incalculable. Algo que cientos de años después, un economista filosofo llamado, Ludwig Mises, lo bautizara como esa “Acción Humana”. Esa conducta consciente, movilizada, voluntad transformadora actuando para alcanzar los fines y objetivos precisos; una reacción consciente del ego ante los estímulos y las circunstancias del ambiente; reflexiva adaptación a la disposición del universo que influye en la vida del hombre. 

Es decir, la acción humana es la creadora del mundo real que conocemos. Por eso, desde el final del Concilio, se iniciaba una lucha mucho más feroz y sangrienta que las anteriores por la conquista de ese elemento vital, “la acción humana”. Pero, lo surgido de aquella convocatoria, no sería precisamente un bello escenario de un celestial mercado libre, todo lo contrario. Eran dos poderosas fuerzas unidas—imperio e iglesia—para el logro de un infernal propósito, el monopolio global de esa acción humana. Y tenían muy claro que la conducta humana era consecuencia de intenciones cimentadas en valores. Debian controlar esos valores para controlar al mundo. 

Y el nombre de la condena que estaba naciendo sería, monopolio global de preferencias subjetivas, instaladas con nuevos valores. Con el paso del tiempo, la sociedad imperio e iglesia, sufría una modificación pues la iglesia habría ya alcanzado un nivel global, inmensas riquezas y, sobre todo, ese monopolio total de la mente global de sociedades dictando sus valores. La libertad tan ansiada por tanta gente, no la habían encontrado en la iglesia pues lo único que había establecido era una verdadera prisión espiritual cada día creciendo. Siglos después emergerían quienes identificarían lo que llamaran la santa mentira de la mano con su moral de esclavos.   

El que la mentira se permitiera para fines piadosos era algo que siempre distinguía a todos sus sacerdotes. Pero también se incluía en esta avanzada a los filósofos compitiendo, con intenciones ocultas, por el control y la dirección de las sociedades utilizando también las mentiras. Y preguntamos ¿hasta dónde han llegado las mentiras piadosas de sacerdotes y filósofos en ese mismo equipo? ¿Qué formación tuvieron para impartir educación, que dogmas tuvieron que inventar para cubrir sus huellas? 

En primer lugar, debían tener de su lado el poder, la autoridad total avalando su absoluta credibilidad. En el segundo, deberían tener en su poder el curso de la Naturaleza, de tal forma que lo que se refiriera a cincelar al individuo luciera siempre necesario e indiscutible gracias a sus leyes establecidas. Finalmente, deberían poseer una vasta zona de dominio cuyos controles estuvieran ocultos para la mayoría de los participantes: la amenaza del castigo esperando en el más allá después de la muerte y, para dejarlo cimentado, ellos mismos deberían de indicar los únicos medios que conducían a la salvación y eran de su propiedad.   

Debian lograr que se olvidara el concepto del curso natural de las cosas, pero con gente reflexiva, prometerían una serie de efectos presentados naturalmente, como condicionados por oraciones, una fe total y una estricta obediencia de sus leyes.    

La santa mentira se refería principalmente al fin de la acción dirigida y etiquetada de un tinte moral, cumplimiento de la ley, un servir a Dios, las celestiales finalidades. Y la consecuencia natural de la acción se consideraría sobrenatural al igual que otras incontrolables. De esa forma se crearía una nueva idea del bien y el mal totalmente independiente de los conceptos naturales de la idea (dañino, útil, vital, no vital) dado que se estaría pensando en otra vida, lo que podría llegar a ser otra ecuación totalmente opuesta al concepto natural del bien y el mal, pero, el de ellos. 

Así se estaría creando la famosa conciencia; esa voz interior que mide cada acción, no por el valor de esa acción, sino con relación a la intención, las consecuencias logradas y la conformidad de la misma frente a cierta ley (si esta legislado, debe ser bueno). Una conciencia que se debería regir con la nueva tabla de valores que, de forma especial, se le habia fabricado con intenciones mundanas muy lejanas del espíritu. 

Así, la santa mentira inventaría: Un Dios que premia y castiga, que reconoce fielmente el código de los sacerdotes y los envía por el mundo como sus plenipotenciarios portavoces. Un más allá de la vida, en donde la maquina de castigo ya espera, para eso se inventó el alma inmortal. La conciencia instalada como el nuevo reconocimiento del bien y el mal; que es Dios mismo el que habla aconsejando aceptar preceptos de sacerdotes. La moral como negación del curso natural, todo condicionado a la moral recetada, esa moral como la única fuerza creativa de sabiduria. La verdad como un don, como una revelación, coincidente con sacerdotes, su monopolio, como condición de todo bienestar y toda la dicha en esta vida y en la otra. 

Entonces la pregunta ¿Con que se pagaría “tanta mejora moral?”  

 

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

LINCHAMIENTO DE HUACHICOLEROS