Ricardo Valenzuela

Al descubrir ese Jesús diferente que encontraría en los evangelios gnósticos perdidos durante 1,700 años, un Jesús con el cual yo me podría contactar, en mi escéptica mente se abría un gran apetito para encontrar quién realmente era Jesús y, sobre todo, cómo ese supuesto hijo de un carpintero había adquirido esa sabiduría increíble, cómo un hombre había sido capaz de ejecutar acciones “milagrosas” las que, para mí, durante toda mi vida serían solo inventos de mentes portadoras de una gran imaginación. Habiendo resuelto esas dos interrogantes, debía ahora pasar para, con una nueva actitud, conocer la realidad de los tres años finales de su vida.
Y sintiendo mi glándula pineal rescatada, lo primero que pude ver es que Jesús fue un ser más humano que divino, lo que de inmediato me atraía más hacia él. Acudí a muchas fuentes, pero, el historiador de aquella era, Flavio Josefo, fue la gran referencia que me indicara otros caminos a seguir. Me di cuenta de que los mensajes de Jesús no eran tan dulces como me lo habían enseñado. Sus palabras eran dinamita con tintes de ternura como cuando afirmaba; “el templo no es el único mediador,” no decía, el templo es falso etcétera. “Los últimos serán los primeros,” no insultaba a los originales, afirmaba que se podía llegar a ese lugar que había sido exclusivo.